martes, 19 de abril de 2016

Argentino Luna, el Gaucho de Madariaga

Para el Documento Nacional de Identidad, Rodolfo Giménez. Para el folklore de todos los tiempos, Argentino Luna o, simplemente, el Gaucho de Madariaga. Aquel que, a puro sentimiento, ofrendó a su patria los inolvidables cantos que versara su alma de payador.Bajo el sol del interminable horizonte que ofrece la verde pampa, Argentino Luna asoma al mundo un 21 de junio de 1941. Fue en los pagos gauchos de General Madariaga, tierra bonaerense.El viento del Atlántico y la Pampa extensa moldearon su estilo. “Nunca estudié música”, confesó en 1978. De los montes del Tuyú y de mujeres como su propia madre, Esperanza Castañares, y su papá Juan Lino, tomó los personajes de peonada, lavanderas y cocineras que poblaron sus letras amadas por la gente.
Grabó más de 300 canciones: huellas, milongas, zambas, triunfos, cifras y poemas entre otros ritmos criollos. Se plasmaron en casi 50 discos. Llegó a Buenos Aires en los 60 y llegó a la TV en 1968. Su otra patria chica fue Quilmes.
Recorrió varios países y hasta en Brasil grabó “Milonga de tres banderas”, del riograndense Caetano Braum. El “misterio de la milonga”, con apenas un bordoneo, lo aprendió de los criollos de Madariaga. Y con esa escuela recorrió el mundo, dejando una huella.
Le fluían recuerdos del Madariaga natal, donde cada año se realiza la “Fiesta Nacional del Gaucho”. Un viento salobre la cruza y Luna dijo que lo inspiró el paisaje pampeano, que hacia el norte tiene el sello de la cuenca del río Salado.
Y para explicar cómo era su “sala de grabación”, contó: “Tirado panza arriba, bajo la celeste techumbre del cielo, gastaba los días mirando el vuelo de los pájaros y en el profundo silencio de la campiña bonaerense, el canto de los grillos, el grito de los teros, el mugir de las vacas, el relincho de los baguales, y el torear de los perros, mis amigos primeros e inolvidables”.
“Moriré con una milonga”
A “Un cielo limpio repartiendo estrellas” quizás su verso más logrado, sumó otros bellísimos. Ya en los 90 tenía 45 discos. También actuó en Japón, EE.UU., Costa Rica, Panamá, Brasil, Uruguay y Paraguay.
Padre de cinco hijos de dos matrimonios, compuso más de 300 canciones, como “Zamba para decir adiós”, su primer gran éxito, “Mire qué lindo es mi país paisano”, “Mirá, lo que son las cosas”, “Pero el poncho no aparece”, y “Me preguntan como ando”. Logró La Palma de Plata, El Limón de Oro, Gardel de Oro, y El Charrúa de Oro, entre otros galardones.
“Me voy a morir tocando una milonga, o con un poema de Yamandú Rodríguez que aprendí cuando corría a atar el caballo con mi padre, en Madariaga”, contaba nostalgioso.

Carlos Gardel, entre la leyenda y el mito

Hay algunas fotos de Gardel que me gusta mirar. Una es la que le sacaron en Medellín pocos minutos antes de la tragedia. En la foto creo que están Le Pera y Aguilar. También hay algunos chicos y dos o tres admiradores. Él está en el centro de la foto. Serio, algo desganado, el sombrero reclinado sobre la derecha; un cigarrillo en la mano. Él no sabe que es la última foto de su vida, que minutos después estará muerto. Está en su plenitud. En la plenitud de su carrera artística, en la plenitud de su vida, en la plenitud de su pinta. Más allá lo aguardan la leyenda, el mito.
Me gusta esa foto. Es un Gardel sobrio, austero, bien plantado. Es un Gardel que John Huston habría querido para alguna película; es un Gardel diferenciado del personaje de la farándula que luego de su muerte se instalará como mito, leyenda o ícono consumista. Observo algo. En la foto no hay ninguna mujer. Hombres sin mujeres, diría Hemingway, que sabía de esas cosas. Otro detalle. No es la foto de un hombre feliz; es la foto de un hombre seguro, íntegro, pero no feliz. La foto es un contraste con el ícono gardeliano de la eterna sonrisa. “Señor de los tristes”, dirá con precisión poética Paco Urondo.
Sigo mirando esa foto. Está algo cansado. No ve la hora de llegar a Cali para acostarse y dormir. La noche anterior se había quedado jugando al póker en un hotel de Bogotá hasta las cinco de la mañana. Imagino la mesa. Los hombres en mangas de camisa, el humo de los cigarrillos y Gardel con las cartas en la mano bajando una escalera real o un full de ases. Si esa timba no se hubiera prolongado hasta la madrugada es probable que el avión no habría descendido en Medellín para cargar combustible y, por lo tanto, la tragedia no se habría producido. Pero eso se va a escribir luego, después del fuego, después de la tragedia.
Hay otras fotos de Gardel que me interesan. Hay una realmente extraña. Gardel está en mangas de camisa apoyado en la barra de un bar de París. Es la única foto que conozco que no está con su infaltable traje y su tiesa corbata. Lo que se mantiene intacto es el peinado a la gomina que le afina los rasgos y le otorga un insólito tono juvenil. La ropa es oscura, deportiva. Parece un muchacho algo insolente, algo desfachatado, que sonríe no a la eternidad, sino a una chica que lo mira desde alguna de las mesas.
Después están los relatos. Un santafesino viejo me contaba de una mañana de sol en calle San Martín. Él estaba parado en la esquina de San Martín y Mendoza y lo vio a Gardel que venía caminando con dos amigos desde el sur, tal vez desde calle Salta. Pasó a su lado. Es más morocho y robusto de lo que sale en las fotos, me dice. Viste un traje oscuro y lleva un sobretodo marrón echado sobre los hombros como si fuera una capa. No sonríe. Llega hasta la esquina de la Cortada Falucho y entra al Sportsman. Los curiosos se quedan en la puerta. Gardel saluda a los empleados y conversa con uno de ellos. Le pregunta por la carrera de caballos de la tarde. Después, compra un sombrero, un funyi gris. Sale.
Me gustan esos retazos de historia. A veces dicen más que muchas biografías. Son imágenes, pequeños flashes luminosos que revelan algo. Un fotógrafo relata cuando lo vio entrar a un bar. Eran como las cinco de la mañana. Las mesas estaban ocupadas por calaveras, trasnochadores y chicas del ambiente. “Vea. Yo lo vi sólo una vez y no cruzamos palabra. Esa madrugada yo estaba tomando un café con un amigo y lo vi entrar. Venía como iluminado. Todo el bar se quedó en silencio, o eso fue lo que me pareció. Él se llevó la mano al sombrero y con una sola inclinación todo el mundo se dio por saludado. Yo me paré, le saqué la foto y me quedé ahí contra el mostrador, envidiando al tipo que le daba la mano”.
Conviene recordar esa frase: “Venía como iluminado”. Así lo vemos, así lo evocamos. El salón puede estar a oscuras o en penumbras, pero la luz de Gardel siempre viene de otro lado, de otro lugar. Esa luz ilumina, revela, nunca encandila. Cadícamo recuerda una noche en Barcelona. Están terminando de cenar con unos amigos. El rumor del comedor se parece a las olas del mar: persistente y eterno. Gardel está alegre, divertido. Sonríe, no a los fotógrafos, sino a los amigos que lo acompañan. El mozo se acerca y sirve el café. Es tarde. Algunas personas se están retirando del salón. De pronto, Gardel corre la silla hacia atrás, estira las piernas, lleva las manos al bolsillo y empieza a cantar: “Esa colombina puso en sus ojeras/ humo de la hoguera de su corazón/ y aquella marquesa de la risa loca/ se pintó la boca por besar a un clown...”. La voz se desparrama suave como una brisa por todo el comedor. El silencio es absoluto. Una señora le pregunta al marido quién es ese morocho que canta tan lindo. El marido le hace un gesto con la mano para que se calle la boca. Cuando Gardel concluye, lo aplauden hasta las arañas del techo; él se para y saluda a todos con la copa en alto.
-Es Gardel -le dice un caballero muy bien vestido a otro caballero. Sin saberlo, ha pronunciado la frase, la contraseña que a los argentinos nos identificará hasta la fecha . “Es Gardel”, vamos a decir cada vez que ponderemos el éxito, la calidad, la excelencia.
¿Por qué lo queremos tanto?, se preguntará asombrado Osvaldo Soriano. No hay una sola respuesta. O tal vez, sí. Tal vez haya una exclusiva respuesta. Julio Cortázar recordará esa tarde porteña en que vio a un compadrito hacer cola en el cine para ver “una película del Mudo”. Juan Carlos Onetti nunca le perdonará haber filmado “Rubias de Nueva York”. Ortega y Gasset y Ramón Gómez de la Serna ponderarán las virtudes de su voz. Carlos García se hará una pregunta sugestiva. ¿Cómo sería Buenos Aires si Gardel no hubiera existido?
Gardel mito, Gardel leyenda, Gardel memoria colectiva. Todo puede escribirse y todo se ha escrito. ¿Existió o es una fantasía? “Para mí lo inventamos/ seguramente fue una tarde de domingo/ con mates, con recuerdos, con tristezas/ con bailables bajitos en la radio/ después de los partidos”. Fue la estrofa más hermosa que leí sobre un hombre del que se escribieron miles de estrofas. No hay vuelta que darle: fue un invento nuestro. No sabemos bien cuándo llegó al mundo, dónde nació, quiénes fueron su madre y su padre. No sabemos si fue triste o alegre, si fue santo o culpable. Lo único que sabemos es de la maravilla de su voz. Eso no es leyenda, no es mito, es arte. Un crítico musical me decía asombrado: “Lo suyo es formidable. No erra una nota ni en broma”. Otro tanguero me explicaba: “En el tango, las notas están desparramadas en todas las direcciones. Por eso es tan difícil cantarlo y por eso Gardel es un genio, un genio que dispara notas al aire y todas dan en el blanco”.
A su voz, a su expresividad musical le sumó su insólita capacidad de interpretación. Gardel fundó al tango. Él le dio ese tono, ese ritmo, ese gracejo inconfundible. Para lograrlo hacía falta algo más que tener buen oído; hacía falta calle, noche, mucha calle y mucha noche. Hacía falta haber vivido en el Abasto, haber padecido las humillaciones de la pobreza, haber chapaleado barro, haber sido guapo cuando era necesario y gaucho cuando la vida lo exigía. Como diría el Polaco Goyeneche: “Haber sido punto, nunca banca”. Y a propósito de ese maravilloso y generoso cantar que fue el Polaco. Una vez le preguntaron qué sería de él si Gardel viviera. La respuesta fue inmediata, como si ya se hubiera hecho la pregunta y la hubiese respondido en su intimidad: “Si Gardel viviera yo seguiría siendo colectivero”, recordando sus primeros años de chofer. ¿Exagerado? Creo que sí, pero preciso respecto de lo que realmente importa.
Durante años, Gardel trajinó con Razzano por pueblos y caseríos. A veces cantaban por la comida; a veces se escapaban de los hoteles sin pagar; a veces dormían en algún calabozo o en el banco de alguna estación de trenes. El pícaro, el amigo de ley, el atorrante, el timbero, el guapo, se fue haciendo en esa escuela de la vida. En ese amasijo de aventuras, andanzas y entreveros, se fue forjando de una manera asombrosa un modo, una manera de interpretar el tango.
Una multitud se amontonó en el Luna Park aquella tarde de 1936 para despedirlo. Como dijera Raúl González Tuñón: “Un pueblo lo lloraba/ y cuando un pueblo llora/ que nadie diga nada porque todo está dicho”. Una multitud lo llevó en sus brazos hasta la Chacarita. Una multitud lo lloró y lo bendijo. Una multitud lo hizo suyo. Nunca más lo abandonaron, nunca más lo dejaron solo. Todavía hoy lo siguen llevando.

sábado, 16 de abril de 2016

Roy Stahli revela en "Guarany. Toda una vida" el magnetismo de un ídolo

El libro de ediciones Fabro retrata las diferentes facetas de un artista masivo como Guarany (nacido en Santa Fe en 1925 y bautizado como Eraclio Rodríguez), aunque la condición declarada de Stahli de “fanático” de su “ídolo eterno”, no le facilita a ratos la distancia que necesita todo biógrafo para tratar a su personaje por fuera del mito.
Así y todo, el libro resulta de interés en base a las entrevistas con el autor de “Puerto de Santa Cruz”, “Si se calla el cantor” y “Cuando ya nadie te nombre”, entre muchos temas populares, y las numerosas anécdotas de sus allegados sobre un hombre que, nacido en la pobreza, debió lidiar con numerosas dificultades antes de consagrarse.
Sobre la trayectoria de Guarany dialogó Télam con el músico y escritor
- ¿Qué agrega este libro a la autobiografía "Memorias del cantor"?
- Aquella autobiografía de Horacio era más bien un relato basado en lo anecdótico, sin demasiada precisión temporal. En cambio este trabajo aborda su personalidad no solo desde sus propios relatos, sino también a partir de testimonios de personas que han sido o son allegados a él. Por otra parte, traté de precisar detalles, fechas, nombres, lugares que hasta el momento eran inciertos o desconocidos.
- ¿Cómo definirías a esta personalidad pujante de nuestro folklore, creador de muchos temas que van del amor a lo social?
- Guarany es la libertad personificada. Un ser que vive como piensa, y actúa en la vida en consecuencia con sus ideas. Se expresa sin cumplidos ni vueltas, dice y hace lo que siente sin pensarlo. Esta forma de ser le ha jugado en contra en varias oportunidades, pero no se arrepiente. Con Yupanqui tuvo varios cruces, sin embargo el propio Atahualpa lo describió en dos palabras “es auténtico” y eso lo define.
- Usted cuenta que vivió una infancia humilde y tuvo muchos oficios antes de comenzar con su carrera en bodegones de La Boca...
- Tantos oficios que parecen varias vidas metidas en una sola. A los 17 años, llegado de la isla de Alto Verde de Santa Fe, vivía en un conventillo en La Boca y buscaba changuitas; fue lavacopas, mozo de bar, cobrador de una empresa teatral, y siempre soñando con cantar. Así, se requintaba con pinta gardeliana (Gardel es su ídolo) y canturreaba en los bodegones; cuando bajaba del tablado la vitrolera, subía él y entonaba tangos, valses, rumbas, lo que le pidieran.
- ¿En qué momento hace contacto fuerte con su público, ¿los 60?
- Sí, en esa década. En 1961 tiene un despegue muy fuerte con la creación del festival de Cosquín, y en el 64 musicaliza los versos del “Martín Fierro, lo que para él es su mayor obra ; cuatro años después tuvo un pico de éxito al grabar tres LP y varios discos simples; en uno de ellos interpreta la obra del payador Martín Castro.
- ¿Podría decirse que él fue el creador del festival de Cosquín?
- Digamos que fue el creador tácito. El organizador oficial fue un hombre un tanto ajeno al folklore -se dedicaba al negocio inmobiliario- que le pasó ese encargo. Guarany entusiasmado le brindó mil sugerencias; muchas de ellas se llevaron a cabo. Siempre mantuvo un vínculo muy especial con Cosquín, un festival que se lo debemos a los grandes artistas que lo apoyaron cuando no era nada.
- No hay dudas de que mucha gente vio a Guarany a través de la idea de denuncia social y solidaridad que irradia su repertorio.
- Horacio entendió a la canción popular como un arma a través de la cual poder decir, denunciar, contar, lo que otras voces no podían. Se inició en la música con Herminio Giménez y José Asunción Flores, músicos paraguayos exiliados en Argentina, quienes lo acercaron al Partido Comunista. Horacio colaboró durante 40 años con numerosas causas, a veces pasando desapercibido por propia voluntad.
- Hablemos del tiempo de exilio, el dolor de estar lejos de su patria.
- El exilio fue para Horacio una aberración. Sufrió un despojo total de su tierra, de su gente. Lo canalizó al inicio escribiendo canciones que documentaban esos días de nostalgia. Estuvo en Venezuela unos días, en México un par de meses y casi 4 años en España, en Madrid y en un pueblito de Santander. Hospedaba en su casa a otros exiliados que llegaban; junto al actor Héctor Alterio trataban de conseguirles casa y trabajo, para lo cual armaron una red solidaria. Volvió a Argentina en diciembre del 78 y le pusieron una bomba; hasta el retorno de la democracia se dedicó a actuar en pueblitos.
- ¿Hay una distancia ideológica entre el artista que le dedicó un tema al sindicalista Agustín Tosco y el que dijo “Menen fue “el mejor presidente de los argentinos” y apoyó las leyes del indulto?
– Sí, hay una distancia abismal. Pero todo eso convive en Guarany. Él separa la ideología política de los valores, y sus valores esenciales no cambiaron nunca: honradez, honestidad, vergüenza. Pero en la política no se fija. Fue amigo de Cámpora, de Alfonsín, de Duhalde, de Menem. Quizás no supo diferenciar entre esa “amistad de asados” y lo referente a apoyar una política, o no supo diferenciarlo a tiempo. En la pared de su casa hay fotos con Osvaldo Pugliese, Pepe Mujica y mucha otra gente. Yo creo que Horacio ha rescatado de cada una de esas personas ciertos valores que trascienden sus ideologías políticas.
- Cómo explica el magnetismo que suscitan sus presentaciones?
- Siempre se brindó como artista tal cual es y por su personalidad generó grandes antinomias: amor u odio. Él dice no tener seguidores de término medio, lo aman o lo detestan. Hace 30 años que lo critican: que desafina, que ya no canta, etcétera, pero hoy día con 70 de trayectoria, aparece en el escenario con su poncho levantando los brazos y vibra el lugar. Hay gente que llora.

domingo, 10 de abril de 2016

Amelita Baltar: pasión por el tango

La excelente cantante, actriz y autora, Amelita Baltar, ofrece una clase magistral de interpretación, amor y pasión por el tango en el Café Vinilo de Buenos Aires, junto al pianista Aldo Saralegui con quien comparte escenario desde hace 14 años.
Recién llegada de Tokio, donde fue homenajeada por su espectáculo “Tangos de Piazzolla”, decidió brindar dos conciertos que muestran toda la gama de su repertorio, incorporando aquellos temas de folklore y boleros que canta en los tiempos libres junto a sus amigas, como cuando tenía 18 años. Así es como aborda varias formas de la canción popular, sin descuidar su especialidad que es el tango, género declarado como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2009.
La inconfundible voz de Amelita Baltar lleva 75 años vibrando y recorriendo el mundo tras medio siglo de trayectoria. Desde los míticos rincones porteños hasta países como Holanda, Alemania, Bélgica, Francia, Suiza, o Turquía, donde es considerada “la diva del tango”.
El espectáculo “De mil amores”, a modo de café concert, comenzó con unas variaciones tangueras al piano por parte del maestro Saralegui. La entrada de Amelita al escenario causó una ovación total seguida de alguna que otra risa por algunas letras impresas que venían, bailaban y venían, cayendo del atril a propósito de su entrada. El primer tango que interpretaron a dúo fue de Carlos Gardel. Amelita recordó su profunda admiración por “el morocho del Abasto” y mencionó un episodio del año pasado cuando había sido invitada al Festival de Tango de Medellín donde le pidieron algunos tangos del zorzal. Desde ese entonces, decidió meterse de lleno en emblemas del género nacional como “Volver” o “Melodías de arrabal”.
Así entre canciones y anécdotas va sucediendo su vida, la familia, los amigos… Y una carrera que nace con la aparición de su primer disco (publicado en 1968) al obtener el premio revelación en un festival marplatense y llegando a oídos del M° Astor Piazzolla, quien la convoca para protagonizar su ópera “María de Buenos Aires” compuesta junto aHoracio Ferrer. Es a partir de ese encuentro que ambos encuentran en ella la cantante ideal, por el carácter dramático de sus interpretaciones. “Con su voz misteriosa, tabacosa, sugestiva y distinta, con su temperamento y autenticidad de mujer del Buenos Aires moderno, creó una nueva manera de interpretar el tango. En su talento, nuestros temas encontraban el eco exacto que nosotros pedíamos” afirmaba el letrista que años más tarde intentaría prohibirle su participación en una nueva versión de la ópera en Japón.
Junto al dúo Piazzolla-Ferrer, formó un trío único que revolucionó el tango. Su peculiar registro de mezzosoprano y su histrionismo actoral en cada interpretación, le valieron memorables colaboraciones como “Chiquilín de Bachín”, “La bicicleta blanca”, “Balada para mi muerte”, o una versión de “Che tango che” que, a diferencia de la cruda pero intensa Milva, pudo demostrar su delicado fraseo en un francés fluido que también se hizo presente durante el concierto del domingo.
En la segunda parte del show, aprovechó para desahogarse ante la platea por las intrincadas y extenuantes letras de Homero Manzi, ironizando sobre uno de sus tangos que “se llama gota de lluvia, pero en realidad es una tormenta eléctrica”. Recordó al brasileño Vinicius con alguna que otra lágrima, y regaló un par de canciones de bossa nova, dejando como broche de oro su “Balada para un loco” con la esencia vocal y la fuerza actoral que la caracteriza. Aquella balada que interpretó por primera vez un 16 de noviembre de 1969 en el Luna Park y que por su carácter innovador, causó un revuelo entre adeptos y detractores de la vieja guardia tanguera.
Nombrada Mujer Destacada en el Ámbito Nacional en 1996, Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires en 2005 y Visitante Ilustre de Montevideo en 2014, cuenta con 17 discos en su haber. El año pasado recibió el Konex de Platino por tratarse de una de las 5 mejores cantantes femeninas de tango de la década en Argentina. Actualmente brinda conciertos en forma ininterrumpida, conduce su programa radial “El Nuevo Rumbo” en la FM porteña 92.7 (la 2x4) todos los jueves por la noche y a mediados de año presentará un CD y DVD grabado en vivo junto a la Orquesta Filarmónica del Teatro Solís de Montevideo.
Aquellos que se acerquen al Café Vinilo el próximo domingo, encontrarán no solo un dúo de grandes artistas, sino una voz surgida en ese tango que en los setenta se mezclaba con el jazz y la música académica, pero que ahora en su madurez vuelve a las raíces del tango original.

miércoles, 6 de abril de 2016

Gaby con su musical sobre Eva Perón en el aniversario de Bahía Blanca

Llega al Teatro Municipal “Tibio está el pañuelo todavía” un musical sobre la vida de Eva Perón en tiempo de tango. Será en el marco de los Festejos del 188 aniversario de la Ciudad de Bahía Blanca, el domingo 17 de abril a las 21hs.
Este musical fue escrito y es interpretado por Gaby, “La voz sensual del tango”, bajo una idea de José Valle, con la participación del pianista Víctor Volpe y los bailarines Natalia Gastaminza y Gustavo Rodríguez.
Gaby logra una íntima conexión entre el relato de la vida de Evita y las canciones. Su amplísimo margen expresivo y magnífica voz de ricos matices, se enriquecieron con una faena de maestría actoral poco común en cancionistas de tango.
Gaby da vida a una Eva de carne y hueso que poco a poco, va comprendiendo el momento histórico en el que vive, y nos ofrece también una impecable y aguda reconstrucción de los efectos emocionales que los acontecimientos históricos de esa época tuvieron sobre el pueblo argentino. Es un muy buen musical que sumerge al espectador en los episodios más escondidos de la abanderada de los humildes.
La puesta en escena es sobria, viva, de carácter altamente sugerente con pocos elementos inteligentemente aprovechados
Declarado de Interés Cultural por el Ministerio de Cultura de la Nación.
Declarado de Interés Provincial y Legislativo por la Cámara de Senadores bonaerense.
Declarado de Interés Municipal por el Concejo Deliberante de Bahía Blanca.

Raúl Iriarte

Los dioses le otorgaron todos los atributos para una fama perdurable: registro de barítono, afinación perfecta, dicción impecable y pinta ganadora que supo usarla en el escenario y fuera del escenario. Como los grandes cantores, instaló algunos tangos en el catálogo del género que aún hoy se disfrutan. Me refiero a, por ejemplo, “Mañana iré temprano” y “Cada día te extraño más”, ambos escritos por Carlos Bahr.
Su época de oro fue la que vivió con la orquesta de Miguel Caló. Allí ingresó a principios de 1943 y estuvo hasta fines de 1945. Todo lo que vivirá después será como consecuencia de su paso por la formación musical que con justicia era considerada la orquesta de las estrellas, porque allí participaban derrochando su talento Carlos Di Sarli, Domingo Federico, Osmar Maderna, Armando Pontier y Enrique Mario Francini. La participación de estos músicos exquisitos en la orquesta de Caló produjo como contrapartida una crisis, el día que éstos decidieron retirarse para formar sus propias orquestas.
Sin embargo, Caló superó el momento, entre otras cosas porque contó con cantores de la talla de Iriarte, Luis Toloza o Roberto Arrieta. Cuarenta y tres temas grabará la orquesta de Caló con su participación, un repertorio que se inicia en mayo de 1943 cuando graba “Es en vano llorar”, de Oscar Rubens y Alberto Suárez Villanueva, mientras que de la otra cara figura el tango de Piana y Manzi, “De barro”, cantado por Jorge Ortiz y concluye con la grabación de un tema de Homero Expósito y Enrique Francini, “Óyeme”. En el medio hay verdaderas creaciones vocales, como es el caso de “Nada”, “Tabaco”, “Trenzas” o “Marión”.
Raúl Iriarte nació en Barracas el 15 de octubre de 1916. Aún gateaba cuando su familia se trasladó a San Isidro, donde transcurrieron sus primeros años juveniles. Se llamaba Rafael Fiorentino, pero debido a la fama del cantor de Pichuco decidió cambiar su nombre por el de Iriarte. Algún día sería interesante narrar las peripecias de estos nombres artísticos. Se dice, por ejemplo, que Juan D’Arienzo no se resignaba a aceptar que uno de sus mejores cantores se llamara José Emilio Dattoli. “Con ese apellido, en el tango no vas a llegar a ningún lado”, le dijo el maestro una noche que viajaban en un ómnibus para actuar en el casino uruguayo de Carrasco donde las funciones del “Rey del compás” eran aguardadas por multitudes. La anécdota cuenta que de pronto D’Arienzo le preguntó al chofer del colectivo cómo se llamaba: “Armando Laborde”, contestó el hombre mientras continuaba manejando. “Ya tenés nombre nuevo”, le dijo D’Arienzo a su cantor.
En el caso de Iriarte, ocurrió algo parecido. Caló no encontraba el nombre justo para el cantor que acababa de presentarle y que exhibía el apellido de uno de los cantores más famosos de la década. La anécdota cuenta que una tarde, maestro y cantor salieron de la radio, caminaban por avenida Entre Ríos y al llegar a la esquina de Belgrano, Caló vio el inmenso cartel de una tienda de ropas llamada “Casa Iriarte”. A partir de ese momento Rafael Fiorentino se esfumó en el aire.
Iriarte se inició desde muy pibe en el ambiente del tango. Según se cuenta, a los diecisiete años debutó en Radio Prieto acompañado de las guitarras de Di Savio, Durante y Deluchi. Poco tiempo después fue convocado por el maestro Mario Azerboni y luego estuvo breves temporadas con las orquestas de Edgardo Donato y Enrique Forte.

Se dice que fue Oscar Rubens el que lo presentó a Caló. Alberto Podestá acababa de dejar la orquesta para sumarse a la de Pedro Laurenz y ese vacío había que llenarlo con un cantor muy bueno que se llamará Iriarte. Después se sumará a la orquesta Raúl Berón y cuando éste se vaya con Francini, se incorporará Tolosa y luego Arrieta.
Iriarte deja la orquesta de Caló y a partir de ese momento trajinará por las radios y los escenarios de la noche porteña. La fama adquirida con Caló garantizaba el éxito en cualquier parte. En 1948 debuta en Radio Belgrano como cantor de la orquesta dirigida por Ismael Spiltanik. Y al año siguiente pasa una temporada en la orquesta del maestro Armando Lacava.
Al iniciarse la década del cincuenta, Iriarte da una vuelta de página en su historia. Para esa fecha inicia sus prolongadas y reconocidas giras por América Latina. El escenario porteño se traslada a Santiago de Chile, Bogotá, México, La Habana. Como Carlos Gardel, Charlo o Alberto Gómez, entre otros, su fama lo consagra más en América Latina que en la Argentina.
En México, los trasnochadores del cabaret El Patio disfrutan todos los fines de semana de su presencia. En esa ciudad graba con la orquesta de Luis Alvarez “Prohibido” y “Noche de locura”, temas de Carlos Bahr y Manuel Sucher. Como se sabe, para esos años y para los posteriores, el tango es más popular en Bogotá, Medellín, Cali o La Habana que en Buenos Aires, una diferencia que aún hoy se mantiene. En ese escenario tropical Raúl Iriare luce su talento y su pinta, al punto que en los programas de tango emitidos por las radios, los únicos cantores que se escuchan son Gardel e Iriarte.
Mal no le debe de haber ido con las recaudaciones, porque para mediados de la década compra un restaurante en el centro de Bogotá. A ese comedor asistirá una amplia platea de comensales más interesados en escuchar los tangos de Iriarte que en saborear los platos del menú.
Además de empresario gastronómico y cantor, nuestro héroe se dedica a promover artistas que llegan de Buenos Aires con los bolsillos flacos, pero desbordantes de ilusiones. Armando Moreno, Roberto Mancini, Juan Carlos Godoy, son algunos de sus ahijados que, fiel a su ejemplo, divulgarán el tango por las principales ciudades de la región.
En 1972 el hombre regresa a Buenos Aires y, como no puede ser de otra manera, se suma a la orquesta de Caló con quien graba “La mentirosa”, “Flores negras”, “Un lugar para dos” y “Nubes de humo”. Poco tiempo después regresa a Bogotá y en 1977 se retira de los escenarios para dedicarse de lleno a su actividad de empresario y promotor de artistas. Lejos de su patria, Iriarte muere el 24 de agosto de 1982; cerca de nosotros quedan sus tangos granados con Caló: “Flor de lino”, “Trenzas”, “Fruta amarga”, “Cuando tallas los recuerdos”, excelentes interpretaciones, algunas algo llorosas para mi gusto, pero Iriarte podía darse esos lujos porque le sobraba cancha y calidad.

Antonio Bonavena, el tío de Ringo

Antonio Bonavena debió soportar la competencia post mortem de su sobrino Ringo, que identificó el apellido con el box, cuando en la década del treinta y el cuarenta ese nombre era sinónimo de tango y tango del bueno. Antonio murió en 1960 y no conoció la fama de su sobrino y, mucho menos, su desenlace trágico. Ringo era hijo de Vicente, que también cultivaba el tango, pero, como se sabe, su hijo en lugar del bandoneón prefirió los guantes.
Don Antonio no fue uno de los grandes consagrados, pero ocupó un lugar importante, y a lo largo de su trayectoria mereció el reconocimiento de las grandes figuras del género, algunas de las cuales aprendieron el abc del tango a su lado.
A la hora de escribir una historia del tango, siempre es aconsejable saber que en este universo, como en cualquier otro, se consagran los famosos y quedan postergados, en una segunda y tercera fila, pianistas, violinistas, cantores y directores de orquesta, muchos de los cuales, además de su talento, llegaron a ser importantes en la historia del género, pero carecieron de oportunidades, no fueron constantes o ambiciosos o, lisa y llanamente no tuvieron suerte. Sin embargo, en esos espacios alejados de las luces de la gloria y la fama, muchas veces el tango jugó sus mejores partidas y quienes luego serían famosos aprendieron en esas orquestas a hacer los palotes y allí ensayaron sus primeros pasos.
Bonavena se inició como bandoneonista en 1925 en Radio Prieto. Como Corsini, Centeya y Marino, había nacido en Italia, en Calabria para ser más preciso, el 14 de marzo de 1896 y llegó a estas costas cuando tenía once años. Boedo fue el barrio de su adolescencia y juventud. Siempre lo suyo fue el tango, pero como muchos músicos de entonces incursionaba en otros géneros por exigencia del público o de las programaciones bailables. El foxtrots, la ranchera, los valses y algunos temas camperos integraban su repertorio, como lo demuestra su primera presentación en el sello Electra en 1928, cuando graba dieciséis temas, de los cuales el único tango se llama Nicanora.
Después matizará algo más su repertorio y los tangos irán ganando su lugar, sin perder nunca el objetivo de componer una música bailable. Uno de sus primeros cantores, “estribillista”, como le decían en su tiempo, será Carlos Viván que ya se había lucido como estribillista de Juan Maglio. Célebre en su tiempo por su pinta y su labia, en el futuro será el compositor de temas memorables como “Hacelo por la vieja”, “Moneda de cobre” y “Como se pianta la vida”.

La orquesta de Bonavena en los inicios de los años treinta es una de las grandes formaciones musicales de la década. Sus actuaciones en la temporada de verano en el Hotel Casino de Mar del Plata así lo atestiguan. En Buenos Aires, los principales centros nocturnos de la ciudad cuentan con su calificada asistencia. El Chantecler y el Casanova, son los cabarets preferidos por un público decidido a disfrutar de la buena música. A disfrutarla y bailarla. Precisamente, será en el Petit Salón, de Montevideo y Corrientes, cuando una noche, ahora mítica, le presenten a un pibe de dieciséis años que, según se dice, es un fuera de serie. Canchero y curtido en su oficio, Bonavena lo pone a prueba con dos tangos que sólo pueden aprobarlo los más calificados. Se trata de “Alma de bohemio” y “Milonguero viejo”. El pibe acepta la apuesta y ni bien empieza a cantar, el maestro le comenta a un amigo: “Éste es un ángel cantando”. El pibe se llamaba Roberto Rufino y Bonavena pudo darse el lujo de decir que uno de los grandes cantores de tango de la historia fue un invento suyo.
No fue ni el primero ni el último. En la orquesta de don Vicente se iniciaron o se consagraron músicos memorables. El violinista Cayetano Puglisi, por ejemplo, que en sus inicios debutó con Roberto Firpo en el Royal Pigall, que se dio el lujo de protagonizar la primera grabación de La Cumparsita, al que en su momento Firpo le dedicó una de sus creaciones “El talento”, y que por esas cosas del destino y de las necesidades de la vida encalló en la orquesta de Juan D’Arienzo, donde despilfarró su genio en obras de poca monta. Puglisi, para los iniciados una leyenda viva del tango, adquirió la plenitud de su arte al lado de Bonavena.
Algo parecido puede decirse del “Gallego” Antonio Rodríguez Lesende, considerado por muchos como el mejor cantor de tangos después de Gardel. Rodríguez Lesende había sido coreuta del Teatro Colón y antes de sumarse a la orquesta de Bonavena había paseado su excelencia por las orquestas de Julio de Caro, Osvaldo Fresedo y el célebre trío integrado por Juan Carlos Cobián, Ciriaco Ortiz y Cayetano Puglisi. El “Gallego” más ponderado del tango lució sus virtudes durante diez años en el cabaret Lucerna. Allí fue donde Troilo se presentó una noche lejana de 1937 para solicitarle que ingresara como cantor a su orquesta. Rodríguez Lesende se dio el lujo de decirle que no y ese puesto vacante lo ocupó luego Francisco Fiorentino.
Las escasas, peor no selectas, grabaciones de este cantor emblemático no son fáciles de encontrar y los coleccionistas se sacan los ojos para acceder a algunas de ellas. Una de las más disponibles es “Almagro”, el tango escrito por Iván Diez y musicalizado por Vicente San Lorenzo. La orquesta que lo acompaña en la ocasión es, precisamente, la del maestro Antonio Bonavena.
El otro cantante que se lució con Bonavena fue Jorge Omar, en su momento apadrinado por Juan de Dios Filiberto y que luego de trabajar con Bonavena, donde entre otras joyas dejó grabado el tango “Lunes” de Francisco García Jiménez y José Luis Padula, se sumó a la orquesta de Francisco Lomuto, en la que se desempeñó durante ocho años, dejando grabado para la historia temas como el tango de Miguel Oses y José Ventura, “A la gran muñeca “ y “Mala suerte”, de Francisco Gorrindo y Francisco Lomuto.
Acompañando al fueye de Bonavena, estuvo en más de una ocasión Francisco Scorticatti, considerado por el crítico Oscar Zucchi como el mayor exponente de la técnica bandoneonística de la historia del tango. Por su parte, los pianistas de Bonavena fueron de lujo. Empezando por el rosarino Orestes Cúfaro, amigo de Gardel, pianista de Azucena Maizani y Tita Merello, y continuando con Manuel Sucher, otro de los grandes pianistas de su tiempo. El periodista y escritor Julio Nudler menciona a Sucher en su excelente libro “Tango judío”. Además de pianista, Sucher se destacó como compositor. “Qué me importa tu pasado”. “En carne propia” y “Muriéndome de amor”, son, por ejemplo, obras de su autoría. El otro pianista digno de destacar fue José Tinelli, compositor del tema escrito por Enrique Cadícamo, “Por la vuelta”. Por último, cómo no hablar del bandoneonista Gabriel Clausi, fogueado al lado de Roberto Firpo. Juan Canaro, Francisco Pracánico y Pedro Maffia.
Bonavena se destacó también como compositor. Pertenecen a su autoría, entre otros temas, “Pájaro ciego”, “Mala racha”, “Arlette”, “Pordioseros” y el vals “Llanto de madre”. Al poema de Francisco Gorrindo, “Disfrazate hermano”, él le puso la música. Cito su primera estrofa de memoria. “Disfrazate hermano que ha llegado el día, de olvidar la pena que te tiene mal, cambiá tu tristeza por esa alegría que hoy nos da la vida con su carnaval”.