Es un hombre, es un bandoneón y es una curda. El escenario tanguero perfecto. La angustia, la música y el alcohol. El alcohol y la lucidez, ese momento de revelación donde un hombre descubre, tal vez por un breve instante, una verdad o la verdad de su vida que se revela como un relámpago o una iluminación. El poema pertenece a Cátulo Castillo. Pudo haber sido escrito en 1956 o antes. No es un problema de fechas. Lo seguro es que la primera grabación fue en agosto de ese año, el 8 de agosto si no me falla la memoria. Aníbal Troilo, su orquesta y la voz de Edmundo Rivero. Ocho años después, Troilo lo grabará con el Polaco Roberto Goyeneche.
No es el primer tango en el que el fueye es el protagonista. “Bandoneón arrabalero”, “Fueye”, “Mi bandoneón y yo”, “Che bandoneón”, por mencionar algunos de los más conocidos, se inspiran en ese verdadero ícono del tango que es el bandoneón. No, no es el primer tango en donde el fueye es un personaje, pero creo no subestimar a nadie si digo que “La última curda” es el más profundo, el que va más a fondo y, también, el más bello.
Como se dijera en algún momento -medio en broma medio en serio-, “La última curda” es un poema que podría haberlo firmado Jean-Paul Sartre. ¿Tango existencialista? Puede ser, pero también podríamos decirle tango discepoliano y no nos equivocaríamos, aunque, para qué buscarle otras fuentes si no hay mejor presentación que decir que lo escribió Cátulo Castillo, el mismo autor de poemas que dialogan con “La última curda” como es el caso de “Desencuentro” o “A Homero”. ¿O acaso el personaje del tango no es muy parecido al hombre cuya “frente triste de pensar la vida tiraba madrugada por los ojos”?
Los grandes poetas son creadores de una obra. Ése es el rasgo que los distingue. En el caos que nos ocupa, Manzi y Discépolo, por ejemplo, valen por cada uno de sus tangos, pero valen sobre todo porque en la totalidad de su obra hay una visión del mundo, una mirada sobre la vida y sobre la muerte que los distingue. Lo mismo puede decirse de Cátulo Castillo. “La última curda” en ese sentido es el eslabón, el último eslabón, de una obra perfecta por su coherencia interna.
Este tango, dicen algunos críticos, puede ser también el último tango. No olvidemos que Castillo es el poeta donde la palabra “último” está siempre primera. Pensemos si no, en “El último farol” o “El último café”. ¿Y “La última curda”? Es como que allí el tango agotara sus posibilidades poéticas. No es un problema de inspiración, es una cuestión de ciclos, de ciclos internos que se cumplen y que en este caso lo hacen con una expresión que clausura un tiempo, una sensibilidad, una manera de percibir la vida y el dolor de la vida. ¿Complicado? Tal vez. Pero Castillo era un tipo complicado. Si no lo hubiera sido no habría escrito lo que escribió.
Después, está la riqueza del lenguaje, la destreza para construir imágenes definitivas, imágenes que se parecen a conceptos, a definiciones que no se pueden expresar de otra manera. Imágenes que sólo un poeta es capaz de construir con las palabras. “La ronca maldición maleva” del fueye, es de una precisión maravillosa. Como lo es “la lágrima de ron” o “el hondo bajo fondo donde el barro se subleva”.
Uno de los rasgos que distinguen a los grandes poemas populares es su capacidad para transformar algunos versos en refranes o aforismos cargados de sabiduría popular. “La vida es una herida absurda”, es un giro incorporado a nuestro habla popular. O, “Y es todo, todo tan fugaz que es una curda, nada más, mi confesión”.
Se dirá que estamos ante el tango que se solaza con el espectáculo de un hombre derrotado, de un hombre vencido. Puede ser. Pero, aunque a algunos amigos de cierta literatura de autoayuda esta verdad les moleste, nunca está de más recordar que en la vida el dolor, el fracaso y la culpa existen. También la derrota y la muerte, la sensación de que la función termina y la caída del telón es eso, el final.
En “La ultima curda” no hay lugar para la sonrisa o las distracciones livianas. Es un poema que a sus oyentes no les da tregua. Se canta con los labios apretados y se lo escucha en silencio. Goyeneche lo interpretó muchísimas veces, incluso cuando ya no le quedaba voz, pero en todos los casos la ceremonia se cumplía al pie de la letra. “La última curda” es un caso serio. El público sabía que estaba viviendo un momento sagrado, escuchando una confesión: “Contame tu condena, decime tu fracaso, ¿no ves la pena que me ha herido? Y hablame simplemente de aquel amor ausente tras un retazo del olvido. ¡Ya sé que te lastimo!, ¡ya sé que te hago daño llorando mi sermón de vino!, pero es el viejo amor que tiembla, bandoneón, y busca en el licor que aturde, la curda que al final termina la función corriéndole un telón al corazón”
Y después ese final que es una metáfora de la soledad, la pena y la melancolía, pero también, por qué no, una metáfora de los argentinos: “No vez que vengo de un país que está de angustia siempre gris tras el alcohol”.
No es fácil cantar este tango. No es un problema de dar con la nota justa, sino con la interpretación precisa. La tentación de caer en la sensiblería o el sentimentalismo es fuerte. Y para algunos cantores, irresistible. ¿Cómo cantar el dolor, el fracaso, la derrota y ser al mismo tiempo sobrio y trágico? Ésa es la gran pregunta que debe hacerse un cantor a la hora de cantar “La última curda”. A esa pregunta la pudieron responder muy pocos y, por las dudas no se haya entendido, reitero sus nombres: Rivero, Goyeneche y la Tana Rinaldi. Puesto a elegir entre los tres con un revólver en el pecho, me quedo con la versión del Polaco de 1964. Pero sólo si me ponen un revólver en el pecho.
De todos modos, este tango existe a partir del momento en que se juntan Troilo y Rivero. En su libro, “Una luz de almacén”, don Leonel Edmundo cuenta la historia de esa creación. Y lo hace muy bien. Recuerda que en esa época Troilo vivía en un segundo piso cuyo balcón estaba iluminado por el inmenso letrero luminoso del cabaret Chantecler. Una calurosa noche de verano, una noche, escribe, apenas enfriada por el hielo del whisky, empezamos a jugar con “La última curda”. En algún momento uno de los presentes dijo: “Gordo, chapa la jaula” y allí se inició la sesión entre Rivero y Troilo. Rivero cuenta que estuvieron varias horas ensayando y tomando whisky. Como hacía calor, la ventana del balcón estaba abierta y, según Rivero, estábamos tan concentrados en lo nuestro que si algún plato volador hubiera aterrizado no le habríamos prestado atención. En algún momento, sintieron un rumor que llegaba de la calle. Debe de haber sido fuerte, porque dejaron de ensayar y salieron al balcón. Como se dice en estos casos, alguien hizo correr la bolilla de que en ese departamento estaban Rivero y Troilo haciendo música y una multitud se había agolpado en la vereda de enfrente. Rivero y Troilo se miraron entre ellos y como en el truco se entendieron sin necesidad de hacer señas. La gente en la calle los aclamaba. Deben de haber sido muchos porque en algún momento se interrumpió el tránsito. De acuerdo con la versión de Rivero, “La última curda” se estrenó en esas circunstancias. Desde un balcón, Pichuco con el fueye y Rivero con su voz. No hacía falta nada más. Rivero concluye su relato a toda orquesta. La noche estaba tan linda -escribe- que cantar “la vida es una herida absurda” sonaba a macana.
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miércoles, 13 de enero de 2016
La música nacional de luto: murieron Eduardo Giorlandini, Juan Montalvo y Guillermo Rey
Eduardo Giorlandini el 9 de enero a los 80 años se entregò al descanso definitivo. Nacido en Bahía Blanca el 25 de noviembre de 1935, fue abogado laboralista, escritor, historiador, profesor universitario, periodista, conferencista y miembro de la Academia Porteña del Lunfardo.
Es el referente más alto bahiense en lo que a materia de lunfardo implique. Y en los últimos años, según sus propias palabras, abocado al análisis y crítica de las letras de tango.
Escribió muchos libros con temas referidos a su profesión, con especial atención al derecho del trabajo, a la educación laboral, a la economía y leyes del trabajo, al Mercosur, a la empresa cooperativa, entre otros.
Asimismo es muy interesante su obra sobre historia y política, por ejemplo: Parágrafos sobre la cuestión social, El Frontón, El pensamiento fundamental de Ricardo Lavalle, Movimiento de Reforma Universitaria de 1918, Perfil del Desarrollo Argentino, Ricardo Balbín, el Radicalismo y la República y Luis León, el Movimiento de Afirmación Yrigoyenista y la Unión Cívica Radical.
Su amistad con Edmundo Rivero lo llevó a la cumbre autoral con una de las páginas más reconocidas en el género del tango lunfardo: “Aguja brava”, grabado en 1967. Al respecto Giorlandini dijo alguna vez:
Si bien colaboré con el libro, junto a otros amigos y por lo cual el cantor nos agradeció en el final de la obra, no tuve oportunidad de contarle con detalles como escribí la letra. El personaje existió. La historia me la contaron. Yo la reflejé tal como la escuché, con alguna variante. En un café un día el amigo que me empujó a escribirla me dijo: “¿Ves ese tipo que está en esa mesa, de camisa blanca y pantalón oscuro?. Es “Aguja Brava”.
Yo le puse, o intenté ponerle humor al asunto. Hasta creí que era una historia de mala vida. Pero el periodista Miguel Ángel Cavallo expresó que era una historia de amor, en cierto ambiente y con un lenguaje lunfa de cripta.
El tango se estrenó en Caño 14. Desde ese momento Rivero debía cantarlo todas las noche. Y al igual que “Línea 9” antes de cantarlo lo explicaba. Eran los dos únicos temas que explicaba y que el público pedía insistentemente. Así continuó años después en “El Viejo Almacén”.
Se hicieron varias grabaciones y se incluyó en el álbum “En Lunfardo”.
Es el referente más alto bahiense en lo que a materia de lunfardo implique. Y en los últimos años, según sus propias palabras, abocado al análisis y crítica de las letras de tango.
Escribió muchos libros con temas referidos a su profesión, con especial atención al derecho del trabajo, a la educación laboral, a la economía y leyes del trabajo, al Mercosur, a la empresa cooperativa, entre otros.
Asimismo es muy interesante su obra sobre historia y política, por ejemplo: Parágrafos sobre la cuestión social, El Frontón, El pensamiento fundamental de Ricardo Lavalle, Movimiento de Reforma Universitaria de 1918, Perfil del Desarrollo Argentino, Ricardo Balbín, el Radicalismo y la República y Luis León, el Movimiento de Afirmación Yrigoyenista y la Unión Cívica Radical.
Su amistad con Edmundo Rivero lo llevó a la cumbre autoral con una de las páginas más reconocidas en el género del tango lunfardo: “Aguja brava”, grabado en 1967. Al respecto Giorlandini dijo alguna vez:
Si bien colaboré con el libro, junto a otros amigos y por lo cual el cantor nos agradeció en el final de la obra, no tuve oportunidad de contarle con detalles como escribí la letra. El personaje existió. La historia me la contaron. Yo la reflejé tal como la escuché, con alguna variante. En un café un día el amigo que me empujó a escribirla me dijo: “¿Ves ese tipo que está en esa mesa, de camisa blanca y pantalón oscuro?. Es “Aguja Brava”.
Yo le puse, o intenté ponerle humor al asunto. Hasta creí que era una historia de mala vida. Pero el periodista Miguel Ángel Cavallo expresó que era una historia de amor, en cierto ambiente y con un lenguaje lunfa de cripta.
El tango se estrenó en Caño 14. Desde ese momento Rivero debía cantarlo todas las noche. Y al igual que “Línea 9” antes de cantarlo lo explicaba. Eran los dos únicos temas que explicaba y que el público pedía insistentemente. Así continuó años después en “El Viejo Almacén”.
Se hicieron varias grabaciones y se incluyó en el álbum “En Lunfardo”.
En la mañana del miércoles 30 de diciembre de 2015 falleció el cantante de tango Juan Montalvo actuaba en boliches y cantinas porteñas y del gran Buenos Aires. También llegó a presentarse en la temporada de verano.
El 3 de enero de 2016 falleció Guillermo Rey ,canto con orquesta de Aminto Vidal y Carlos Cardone. Trabajó con C. Escaziota, Las Trillizas de Oro, El Flaco García en TV., recorrió el país, compartió escenario con María Garay en Rosario y los más grandes del tango. Trabajó con Olmedo, Sandrini, y muchos más.
Se inició en radioteatro con Chiape, estuvo en la Revista Dislocada, casi toda la comunidad artística fueron sus.amigos . Querido por todos, respetado y admirado. Humorista, mago, contorsionista, acróbata, domador de leones, locutor, conductor de radio, músico, compositor, bailarín y cantor. Un verdadero artista único.
Ignacio Corsini, el caballero cantor
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| Gardel y Corsini |
Carlos Gardel, Ignacio Corsini y Agustín Magaldi fueron las grandes figuras estelares del tango de los años treinta. A la lista podría agregarse el nombre de Charlo y el uruguayo Alberto Vila, pero ésa es otra historia. Los tres mencionados consagraron temas que los identificaron para siempre. Si Gardel fue por ejemplo- el creador de “Mano a mano” y “Tomo y obligo”; Magaldi se hizo inmensamente popular con “El penado catorce” y “Levanta la frente”, mientras que Corsini además de “Patotero sentimental” estrenó en 1927 en el Teatro Cómico su otro gran hallazgo: “Caminito”, el poema de Gabino Coria Peñaloza y Juan de Dios Filiberto, para no mencionar ese extraño tango abolerado escrito en España por Félix Garzo que se llama “Fumando espero” y que Corsini grabó en 1927.
Gardel y Magaldi murieron relativamente jóvenes, pero Corsini se retiró del canto cuando en 1948 falleció su esposa, el amor de toda su vida y a la que le dedicó el poema “Aquel cantor de mi pueblo”, muy bien interpretado luego por Edmundo Rivero. Para esa época Corsini tenía alrededor de 600 temas grabados en los sellos más prestigiosos de su tiempo, participaba en los programas más taquilleros de la radio y su popularidad en algún momento llegó a competir con la de Gardel.
Hoy hay motivos para establecer las diferencias entre estos dos grandes cantores que, conviene insistir, siempre se respetaron. Sin duda hay en Gardel un profesionalismo, un esfuerzo por enriquecer el canto, que no está presente en Corsini. De todos modos, en su momento de esplendor, Corsini convocaba multitudes y Gardel era un gran cantor de tangos, pero todavía no era un mito. Los seguidores de Corsini -que en algún momento sumaron legiones- decían que a Gardel le favoreció la muerte trágica en el mejor período de su carrera, mientras que Corsini falleció en 1967, viejo, solo y bastante olvidado.
Es verdad que la muerte trágica en plena juventud contribuye a proyectar el mito, pero más allá de estas interpretaciones históricas o sociológicas, lo que importa destacar es que Gardel no está donde está porque murió joven, sino porque fue un cantor excepcional, el más dotado o, por lo menos, el que reunía las condiciones necesarias para proyectarse como lo hizo.
Así y todo, las coincidencias entre Gardel y Corsini fueron notables. Uno nació en Toulusse en 1890 y el otro en un pueblito de la provincia italiana de Catania, en 1891. Los niños no conocieron a sus padres y fueron criados por una madre planchadora y otra cocinera. Llegaron a la Argentina cuando tenían cinco o seis años; a uno le decían Romualdo y al otro Andrés; grabaron sus primeros temas en 1912. En 1916 Corsini filma su primera película “Santos Vega”; en 1917 Gardel participa en “Flor de durazno”. Los críticos entonces señalan las diferencias entre un Corsini elegante, delgado, rubio y de ojos azules y un Gardel que entonces pesaba más de cien kilos.
Detalles físicos al margen, lo que llama la atención son las coincidencias en las historias de vida y los itinerarios artísticos. Estas coincidencias no obedecen exclusivamente a la casualidad. En la Argentina de las primeras décadas del siglo veinte era más o menos previsible haber nacido en Europa e identificarse luego con los géneros musicales populares. Ser inmigrante o hijo de inmigrantes en el Buenos Aires de 1900 ó 1915 era algo que a nadie podía llamarle la atención. En los conventillos, en los barrios, en el mundo popular, el tango se imponía por su poesía, su música y la cadencia de su baile.
Gardel y Corsini se iniciaron, como no podía ser de otra manera, cantando canciones camperas. Algo parecido puede decirse de Magaldi. Sus influencias musicales provenían de la música lírica y de los viejos payadores como José Betinotti o Gabino Ezeiza. Esa mezcla de payada y ópera será importante en la formación de los primeros cantores de tango. Por lo menos lo fueron en Gardel, Magaldi y Corsini.
Después están las inevitables diferencias. Gardel fue el “Morocho del Abasto” y Corsini el “Caballero cantor”. Cabellos rubios, ojos celestes como la mítica pulpera y una voz de tenor delicada y sugerente a la que los críticos más exigentes le hallan algunas imperfecciones fonéticas, Corsini rehuyó el tango reo y nunca abusó de los giros lunfardos. Sus letras fueron más discretas, un tono más melódico, intimista si se quiere, aunque, a diferencia de algunos de sus contemporáneos, nunca cayó en el sentimentalismo fácil.
La infancia de Corsini transcurrió en Almagro donde se dice que conoció a Betinotti. Después vivió algunos años en Carlos Tejedor donde se familiarizó con los oficios rurales. Alguna vez declaró en una entrevista que aprendió a cantar escuchando a los pájaros, “lo hice naturalmente, sin esfuerzo”. Sus inicios de cantor están relacionados con el circo. Esto también era un clásico en los cantores populares de aquellos años: el circo, el teatro, la revista y, un poco más adelante, el cine y la radio. La otra alternativa para sobrevivir eran las interminables giras por las ciudades y pueblos de la Argentina. Se viajaba en tren en segunda, se dormía en pensiones y fondas baratas, en más de un caso se actuaba ante un público que todavía no solía ser respetuoso con los artistas y los honorarios eran modestísimos.
En 1907, Corsini trabajó con José Pacheco. Allí conocerá a su hija, Victoria Pacheco, la mujer con la que se casará y tendrá un hijo, pero por sobre todas las cosas será el gran amor de su vida, al punto que cuando ella muera al año siguiente él decidirá retirarse del canto. Las crónicas registran que la despedida final se produjo el 28 de mayo de 1949, en el programa “La argentinidad”, de Radio Belgrano.
Decía que el circo y el teatro fueron sus escuelas formativas. También el cine. Después de “Santos Vega”, filma en 1917 “Federación o muerte”. Corsini no es un gran actor, pero su pinta y su modesta capacidad interpretativa le alcanza y le sobre para superarlo a Gardel. Con el inicio del cine hablado filma en 1934 “Idolos de la radio” y en 1941 “Fortín alto”, que cuenta con la participación de un cantor y músico notable, casi desconocido para el gran público: Edmundo Rivero.
El otro recurso artístico que abonará la popularidad de Corsini, serán los poemas de lo que se conoce como su “Ciclo federal”. La designación alude al puñado de tangos escritos por Pedro Blomberg y musicalizados por Enrique Maciel. Allí se distinguen: “La pulpera de Santa Lucía”, “La mazorquera de Monserrat”, “Tirana unitaria”, entre otros. Todos estos poemas, muy bien escritos, relatan historias de amor y coraje ocurridas en tiempos de Juan Manuel de Rosas. Los poemas hablan de los conflictos de hombres y mujeres cuyas vidas transcurren en una Argentina en la que las pasiones políticas y las privadas podían confundirse. No todos los tangos de Blomberg son federales. También merecen un destacado lugar en su repertorio “La canción de Amalia”, escrita en homenaje a la heroína de la novela antirosista de José Mármol.
Tan importantes como los tangos del “ciclo federal”, son aquellos otros escritos por Blomberg en homenaje a una mujer, a un amor perdido, o a una heroína muerta en una ciudad lejana. Nos referimos a “La que murió en París”, “Violines gitanos” o “Viajera perdida”. Algunos de estos tangos fueron cantados luego por Edmundo Rivero y Alberto Castillo, pero más allá de la calidad de estos insignes cantores, las interpretaciones que hace Corsini siguen siendo insuperables.
Su última presentación pública la hizo en 1961 en el programa de Canal 7 “Volver a vivir”. Tenía setenta años y ya era una reliquia. Hoy sus tangos se siguen escuchando con placer. Si bien su estilo, a diferencia del de Gardel, se revela como algo anacrónico, como algo que pertenece al más lejano pasado, esos mismos limites son los que le otorgan ese aura nostálgico, el aura de un tiempo en el que suponía que el tango se cantaba así: con ese fraseo, esa entonación y esas guitarras pulsadas por Armando Pagés, Rosendo Pessoa y Enrique Maciel. Basta para ellos escuchar “La que murió en París” o “La pulpera de Santa Lucía”, para recuperar un tiempo y un clima perdido en la niebla del pasado.
viernes, 25 de diciembre de 2015
Gaby "la voz sensual del tango" Con "Nostalgias" A La Costa Atlántica
Recién iniciado el 2016 la cantante se presentará el 03 de enero en el Bar El Argentino, reducto cultural que la recibe desde hace tres temporadas, ubicado en la esquina de Ayacucho y España. El 06 de enero ofrecerá su espectáculo en “Che Borges”, un pintoresco café de la ciudad de Necochea (Calle 61 2545) donde confluyen la gastronomía, el teatro, la música y la literatura. Seguidamente, retornando a Mar del Plata, Gaby se presentará en Ivo Café (Boulevard Marítimo 3027 e/ Güemes y Alvear) un lujoso rincón griego en plena rambla marplatense. Los días 08 y 10 de enero, Gaby actuará en la ciudad de Villa Gesell en el marco del 1° Festival Nacional de tango Itinerante Enrique Santos Discépolo dirigido por su productor y marido José Valle. El día 08 se presentará el libro “En el naipe del vivir” donde Gaby interpretará tangos relacionados con el turf y el box, en “La Casa de Antonia” (Calle 303 y Boulevard Norte) y el domingo 10 se realizará el espectáculo de cierre de las jornadas tangueras en la Casa de la Cultura de V. Gesell (Av. 3 N°874) donde se presentará con una selección de artistas locales: Gustavo Ríos, Patricio Pedernera, Juan Telmo Beatriz del Campo, la Escuela de Tango de Hugo Matrángelo, el Dúo Dalto-Uslé (bandoneón y guitarra) y Martha Gaeta.
El 12 de enero, la cantante retornará a su ciudad para el homenaje que cada enero le brinda el Ciclo “Bahía Blanca NO Olvida” al maestro Carlos Di Sarli en el busto que lo inmortaliza emplazado en la plaza Moisés Lebensohn de H. Yrigoyen y 12 de octubre.
“Este año decidimos concentrar las fechas en las primeras quincenas de cada mes para poder tomarnos algunos días de descanso. Aunque parezca que uno está de vacaciones por visitar lugares turísticos, lo cierto es que vamos a trabajar y necesitamos bajar el nivel de actividad para reiniciar las actividades anuales del 2016 que serán muy intensas –cuenta la morocha y agrega- encontrarse con un público que en su mayoría desconoce lo que uno hace es un gran desafío y una forma de medir la calidad de lo que presentamos”.
Las actividades artísticas de Gaby retornarán la primera quincena de enero en las mencionadas ciudades bonaerenses cerrando la actividad estival en la ciudad de Monte Hermoso donde se realizará el 3° Festival Nacional de Tango de Monte Hermoso del 19 al 21 de ese mes.
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miércoles, 23 de diciembre de 2015
El adiós de Enrique Santos Discépolo
El 23 de diciembre de 1951 perdíamos a un gran artista.
Había nacido el 27 de marzo de 1901 en el barrio de Balvanera. Fue actor, director, dramaturgo, compositor y cineasta. Escribió tangos como Yira, yira, Malevaje, Cambalache, Cafetín de Buenos Aires y Desencanto, entre otros. Apoyó el gobierno de Juan Domingo Perón y fue amigo de Eva Duarte. En 1951 se involucró en la campaña electoral a favor del peronismo. Lo hizo desde su programa radial: ¿A mí me la vas a contar? En él, su personaje Mordisquito retrataba la sociedad de entonces y defendía con ironía y vehemencia lo que entendía como un enorme avance en el desarrollo político y social de la Argentina. Estas intervenciones le granjearon el odio y el desdén del sector social al que pertenecía. Murió distanciado de varios viejos amigos y criticado por sus pares, que le hicieron un vacío a raíz de su ideología. Tal situación le produjo una profunda depresión.
Su compañera Tania así lo recordaba en estas líneas, publicadas en el diarioLa Opinión Cultural el 17 de diciembre de 1972.
Por las madrugadas, cuando cierta nostalgia invade a los clientes de Cambalache, una whiskería donde se escuchan tangos, una mujer gastada pero sonriente se instala ante el micrófono y declama –literalmente-, las mejores letras de Enrique Santos Discépolo. Es Tania –Ana Luciano-, una española de edad incierta que vivió casi 25 años junto al mayor poeta de la canción popular porteña. Ella cantaba Esta noche me emborracho antes de conocer a Discepolín y aún hoy, a 21 años de la muerte de su esposo, sigue interpretando sus angustiados versos. La semana pasada, Tania narró ante Osvaldo Soriano, redactor de La Opinión, sus recuerdos de juventud, su relación con Discepolo, las anécdotas más reveladoras de la vida del autor de Uno. Tania dice: “Mi vida es la vida de Discépolo”. Así lo confirma su relato.
Mi carrera empezó a los ocho o nueve años, en Toledo, España. Como mi padre era militar, lo destinaron a Valencia. Allí se hacía mucho teatro filodramático. La gente, en vez de ser aficionada al juego a las carreras, se acercaba al teatro. Todo el mundo hacía obritas. Yo trabajaba siempre. Era una niña muy bonita, muy mona, con bucles muy graciosos. Pero ante todo, era una moza muy atrevida que sabía bailar, cantar y tocar las castañuelas.
Empecé a trabajar en una troupe de esas que estaban muy de moda entonces, en las que todo giraba alrededor de algunas figuras estelares y el resto eran números menores.
Vinimos a la Argentina en 1924 con la Troupe Ibérica. Yo tenía 17 años y, entre otros, venía Pablo Palitos. Antes habíamos ido a Francia al Marruecos español y al Marruecos francés. En el grupo había bailarines, acróbatas, cantantes, en fin, todas las atracciones. En esas giras yo viajaba con mi mamá, pero a la Argentina ya me vine casada con uno de los bailarines de la troupe.
Debutamos en el teatro Casino, que en ese entonces reunió las mejores atracciones del music-hall. Copamos todo el espectáculo porque la troupe era enorme y tuvimos gran éxito. Pasaron muchas cosas para que me quedara en la Argentina. Yo era apenas una muchacha muy mona, que cantaba y bailaba, pero nada más. No me sentía estrella; por el contrario, era una chica humilde que cantaba bulerías.
Me quise cambiar el nombre porque Tania sonaba muy a ruso, qué se yo. Hablé con el empresario y le dije que quería usar mi verdadero nombre –Ana Luciano-, que me gustaba más. Él me convenció de que Tania era mejor, porque la gente ya me conocía por el nombre.
La troupe empezó a disgregarse. Al empresario le convenía hacer grupos para poder trabajar simultáneamente en Rosario, Mendoza, Brasil. Nos costó mucho separarnos porque veníamos trabajando juntos desde España. Yo me fui a Brasil con mi marido y un grupo de compañeros. Resultó que allá no gustaba la canción española que yo hacía. Era un problema. Pero en el grupo iba un dúo de guitarras que tocaba folklore. Lo dirigía Mario Pardo y era lo que hoy los Hermanos Ávalos. Uno de ellos era el autor de Claveles Mendocinos. Estos muchachos me decían: “Vos cantás tangos en el camarín, ¿por qué no te largás en el espectáculo?”. Yo les contesté que no me animaba, pero insistieron: “Vos en España estrenaste el tango Fumando espero”. Tenía razón. El autor era español y allí se cantó mucho. Todas las grandes estrellas hacían Fumando espero. Salían con grandes boquillas echando humo y tenían mucho éxito.
Entonces, un día, en un festival de beneficio, canté ese tango. Se pasaban películas y después, para completar, se hacía número vivo. Gustó. Luego el grupo volvió a disgregarse. Mientras algunos se iban de gira por el interior del Brasil, yo me quedé con el dúo y con un par de bailarines que hacían piezas internacionales. Tuve que empezar a aprender otros tangos. Como todos los que saben poco empecé a aprender los más difíciles. Igual que esos guitarristas malos, que siempre tocan a De Falla. Aprendí A la luz de un candil, Sentencia, ese otro de “arrésteme sargento”, todo trágico porque yo me sentía mejor así. Ya conseguía más fuerza para interpretar, porque tenía diecinueve años. El empresario me ofreció quedarme tres meses. Pero sólo el dúo y unos acróbatas. Nos fuimos de gira a San Pablo, Río Grande, Pelotas y todas las ciudades importantes. En San Pablo me encontré con un empresario argentino, que se llamaba Argüelles.
Él nos había visto cuando actuamos en Buenos Aires y se acordó: “Yo te conozco, estuve con vos cuando llegaron de España”. Entonces me ofreció volver a Buenos Aires para cantar tangos. Se iba a inaugurar un cabaret, el Follies Berger, que era parecido al Chantecler y al Tabarís. Me dijo que pagaba los pasajes y me ofreció un contrato. Esto era en 1926. Yo no sé por qué quería que cantara tangos. No tenía estilo ni nada. Tal vez alentado por el éxito de Azucena Maizani, a quien yo admiraba mucho. Ella se vestía de gaucho, pero a mí me dijo que conservara mi vestuario, que era muy europeo. Tenía que salir de soirée.
En ese lugar había muchas mujeres contratadas, de manera que no era fácil escapar a los celos y las habladurías. Pero yo tenía algunas ventajas: primero, que estaba con mi marido, después, que nunca tuve pinta de vampiresa y todas empezaron a sentir ternura por mí, me protegían. Empecé a cantar tangos. Iba a verme gente importante: Razzano, Firpo, Fresedo, Canaro, todos iban a ver a la galleguita que cantaba tangos. También lo conocí a Gardel, pero nunca fui muy amiga de él, porque en la época que pude serlo ya se fue de gira al exterior. Pero el que más venía era Razzano, (que invitaba a otra gente). Un día Fresedo me ofreció grabar un tango con él.
Empecé a crecer. Pero a crecer como se hacía antes, ganando dos mil pesos por mes, no como ahora, que los artistas se hacen millonarios de la noche a la mañana. Grabé el tango con Fresedo. Otro día vino Firpo y me dijo: “Tania, ¿quiere cantar conmigo en el teatro Casino, en un gran espectáculo? Voy a llevar tres cantores. Mi orquesta nunca tuvo mujeres. Me gustaría que usted fuese la primera”. Fui a cantar estribillos, como se usaba entonces. Pero también seguí en elFollies Berger.
Un día, Razzano lo encontró a Enrique Santos Discépolo en el restaurante El Tropezón. Discepolín iba allí a cenar con los cerebros de la época y no tenía nada que ver con el cabaret, pero Razzano lo convenció para que fuera al teatro a ver a la “gallega que canta Esta noche me emborracho”. Ese tango lo había estrenado Azucena Maizani, no yo, como cree mucha gente.
Una noche fue a verme con un grupo de amigos. Al terminar el espectáculo, me lo presentaron. A mí me daba lo mismo Discépolo, Razzano, Fresedo, qué sé yo, en esa época estaba en otra onda. Yo iba al hipódromo, a las carreras, me importaba ver qué vestidos y qué alhajas me ponía, qué coche usaba. Pero esa noche, Discépolo me invitó a verlo actuar en un sainete que estaba haciendo con su hermano Armando. Yo no le di mucho corte, lo único que podía sacudirme entonces era un galán o algo así.
Me decían: “Este es el autor de Esta noche me emborracho, el hermano del gran dramaturgo Armando Discépolo”. A mí no me iba ni me venía. Sin embargo, él era un hombre que atrapaba a la gente por sus maneras, por su forma de ser. Recuerdo que me dijo como veinte veces “no se moleste por mí”. A mí me pareció una falta de educación irme, así que dejé que me invitara. Me dio un palco y lo fui a ver. Sí, me pareció buen actor. Entré a saludarlo y me invitó a cenar en El Tropezón. Creo que fui dos veces a charlar con él pero me aburrí mucho. Estaba rodeado de gente. Eran todos cráneos y yo no entendía nada de lo que hablaban. Un día me mandó una caja de marrons glacé. Eso me conmovió mucho, entonces fui yo quien lo invitó a tomar un té alRichmond, que era donde iba la gente de mundo de la época. “Cómo no”, me contestó. A mí me parecía un muchacho fino, elegante, distinto a la gente que conocía yo, que era muy rica pero con otro estilo.
Salimos uno y otro día. Creo que fui yo quien lo conquistó a él. Se fue dejando conquistar de a poco. En esos días yo me estaba separando de mi marido. Fue una cosa sin peleas, sin líos, hicimos una separación legal y él se fue a España. Creo que la aparición de Enrique precipitó todo. Mi vida empezó cuando lo conocí a Discépolo. Entonces nací.
Recuerdo que fui yo la que se declaró. Le dije: “¿Por qué no salimos? Yo tengo coche”. Él me contestó: “Yo no, yo soy pobre”. Tuve que decirle que yo tenía coche pero no era rica. Ahora me resulta absurdo; salíamos con mis amigas, todos juntos.
Paseábamos por Palermo. Yo era más atrevida o más audaz que él. Íbamos acá, allá, a cenar, todo fue tan lindo… Un día me dijo: “Encontré un departamento precioso”. Era un bulín frente a El Tropezón. Por entonces yo vivía en un piso en Uruguay casi Corrientes. El cambio para él fue un poco trágico. Para mí no tanto porque me quedaba sola en un piso, le había dicho chau a mi marido y quedaba libre. Pero para él era casi trágico, porque vivía con Armando, que era como un padre para él. También vivían allí otra hermana y el cuñado. Un día Enrique sacó un par de zapatillas y un pijama, otro día la máquina de escribir, otro día decide que no va a volver allí. Así que tuvieron unas discusiones momentáneas. Eso lo amargó bastante.
Lo primero que se llevó fue un armonium que usaba para dar serenatas con Filiberto, Riganelli y otros. En la casa teníamos cuatro muebles locos. Entonces llegó mi hermana de Europa y se vino a vivir con nosotros. Yo dejé de trabajar porque mi vida había cambiado. A él no le caía bien que yo siguiera en el cabaret, así que aprovechamos que se me habían presentado algunas giras con un trío de tangos.
Le cuento mi vida con Discépolo, o su vida, porque en verdad yo no existía sin él. Él trabajaba con su hermano, pero no quería salir de gira. Siempre yo ganaba un poco más que Enrique y así se compensaba todo. Él era muy él. La gente suele decir que yo lo dominaba. No es cierto, a Discépolo no lo dominaba nadie. Tenía una paz que daba la sensación, que era yo la que lo dominaba, pero no.
Yo nunca creí que un hombre me iba a decir: “Mirá, me voy a caminar por Corrientes, pero solo”. O también: “¿Por qué no te vas con un amigo o una amiga y venís tarde que quiero escribir?”. Siempre quería estar solo. Después era más fácil, porque compramos una casa en La Lucila y tenía todo el país para él.
Era un descontento. Él leía una obra de teatro suya y le decían “¡Qué bien!”, y luego, al día siguiente, la rompía. Le costaba mucho escribir. Yira yira le llevó dos años.
En el teatro Argentino hizo con su hermano Armando y con Faust Rocha, Fin de jornada, Lluvia, El grillo. Yo seguía cantando tangos y la Tania español había quedado atrás. Enrique era una caja de sorpresas. A veces se aparecía con varios amigos, sin avisar nada, pero no me permitía que pusiera mala cara. Imagínese usted a la chiquilina caprichosa que era yo, acostumbrada a hacer lo que quiere, frente a tales circunstancias. Yo tengo que haberlo querido mucho porque si no, cómo resigné mis ideas a bailar a Olivos, mi farras, por un tipo que era todo lo contrario a mí. ¿Cómo pude pasar del gran jolgorio a las charlas intelectuales? Sí, lo quería mucho.
Recuerdo que él escribía las letras de sus tangos una y otra vez. Se paseaba por la habitación y me las leía, después casi siempre las destruía. Los únicos tangos que escribió rápidamente fueron Cafetín de Buenos Aires y Uno, porque íbamos a debutar en el teatro Casino y no teníamos tangos, además había que hacer una película y necesitaban Cafetín de Buenos Aires. Entonces los escribió en tres o cuatro meses. Para él, eso era una velocidad increíble.
Nunca se le dio por escribir prosa. Yo no sé por qué. Él podía estar horas hablando y fascinando a todo el mundo. Alain Delon no hubiera tenido nada que hacer en una reunión donde estuviera Discépolo. Por ejemplo: llegamos a París, conocíamos a tres personas y al mes ya estábamos rodeados de tanta gente que era increíble.
Un día me dijo: “¿Sabés qué me gustaría ser? Linyera, para no hacer nada”. Ahora, él hubiera sidohippie, para ir por los caminos sin que nadie lo moleste, sin hacer nada.
Yo lo llamaba “Don Fulgencio”. Parecía que nunca hubiera tenido infancia. Cuando fuimos a la casa de La Lucila, él se compró un mameluco jardinero y estaba todo el día con la manguera y las plantitas. Muchos dicen que si viviera, estaría lleno de plata. ¡Qué equivocados están! No tendría un peso, porque no le gustaba trabajar. Decía: “Yo tengo una mujer preciosa, tengo un gato, una casa muy bien puesta y hasta personal de servicio. ¿Qué más quiero?”.
El gato se llamaba Morris. Era un gato reo, reo, negro, grande, que llegó un día a la casa, perdido. Le dijo: “Te voy a poner Morris porque sos inglesito”. Era un gato de albañal que se peleaba por ahí y venía todo lastimado.
Enrique tenía su piso de arriba en la La Lucila, con vista al río, donde trabajaba en sus cosas. Todos los días a las siete de la tarde, cuando se ponía a trabajar el gato subía la escalera, entraba y saltaba al escritorio. Él no le permitía a nadie tocarle los papeles pero Morris se desparramaba por encima, arrugaba todo y recibía sonrisas. El gato no se daba con nadie. Hablaba con él, lo seguía por el jardín, ocupaba un sillón de raso que yo quería mucho. Un día, cuando lo vi en el sillón, le dije: “¿A vos te parece que el gato puede estar allí, todo sucio como anda, sobre ese sillón de raso blanco maravilloso?” Él me contestó: “Hay tantos que se sientan en ese sillón y que no lo merecen. Dejá que se siente el gato”.
Un día íbamos para La Lucila en el auto y él ve un tipo durmiendo en un zaguán. Frenó, se bajó, se sacó el sobretodo y se lo puso encima, encima del tipo. Yo le dije: “¿Cómo le das el sobretodo?” y él me responde: “¿Sábes los sobretodos que me van a dar mañana cuando salga, aunque no tenga plata? En la sastreras me quieren mucho”. Otra vez le di diez pesos a un pobre y él me sacó la mano y le dio mil pesos. Yo puse el grito en el cielo, pero Enrique me dijo: “¿Qué iba a hacer el pobre tipo con diez mangos? Con mil tal vez puede solucionar algo”. Yo me tuve que ir haciendo a ese estilo.
Su único defecto fue creer demasiado en la gente. Pero contra lo que dicen muchos, él no tenía nada que ver con esa angustia que había en sus tangos. El lo dijo veinte veces. Con Chorra, por ejemplo, me contaba que conoció a un tipo al que le habían hecho eso: un tipo de un mercadito, que se enamoró de una mina, qué sé yo. Me contó una vez que él había tenido una novia de la que estaba muy enamorado. Un día decidieron suicidarse en el río. Llovía mucho y Enrique fue a esperarla a la costanera para tirarse juntos al río. De pronto ella llega en un taxi, baja y Enrique ve que se había puesto un perramus y tenía un paraguas. Entonces le dijo: “Yo te espero debajo de la lluvia y vos te venís así, toda tapada; rajá, no merecés ni suicidarte”.
En la casa de La Lucila había un cuadro, una puntura muy linda en la que yo aparecía muy hermosa mirando hacia la puerta de entrada. Un día llego y el cuadro no está. Le pregunté a la muchacha de la limpieza: “¿Qué pasó con el cuadro? ¿Se cayó, se rompió?” M dice: “No, el señor mandó a retirarlo y ordenó que lo colgáramos en el garaje”. Cuando Enrique vino le pregunté por qué lo había hecho: “¿Sabés qué pasa? –me dijo-. Tenías un gesto como diciendo: ¿para qué vienen acá? Lo mandé sacar para que no se ofendieran las visitas”.
Él podía vivir con poco. Decía: “Los pilotos norteamericanos bombardean Corea y comen apenas un chocolatín. Total, yo no tengo que bombardear Corea”. Era un tipo alegre a su manera. Siempre con amigos: Canaro, Fresedo, Lomito, Manzi, venían todos a casa con las novias y esposas. También jugaba a las carreras pero sin plata. Se compraba la Verde, elegía los caballos y jugaba de grupo. Al caballo tal y al caballo cual, y decía “perdí” o “gané”. Hacía cosas de chico.
Yo siempre trabajé más que él. Enrique no era trabajador. No tenía hora para escribir. Se levantaba a la una de la tarde y salía a caminar a ver a sus amigos. Yo tenía que preocuparme de que comiera porque era un inapetente. Creo, en serio, que a él le hubiera gustado ser hippie para eludir el trabajo. En sus últimos años estaba muy cansado. Se angustió mucho por el asunto ése de las charlas por radio durante el gobierno de Perón. A él nunca lo obligaron a decir algo que no quería. Él lo conocía a Perón desde que éste era teniente coronel y tomó lo de Mordisquito como una obligación para consigo mismo. Lo angustió mucho la reacción de algunos amigos que dejaron de hablarle, le quitaron el saludo. Él no podía soportar que lo creyeran obsecuente. Jamás lo fue. Sin embargo, esa angustia nunca me la transmitió a mí. Nunca me dijo nada. Creo que esto tuvo mucho que ver con su muerte. El cansancio y esta angustia.
Se murió de repente. Estábamos planeando un veraneo de un mes en Pinamar y luego teníamos que ir al casino de Mar del Plata a hacer Blum. El 22 de diciembre de 1951 se sintió cansado y no se quiso acostar. Se quedó en el sillón ése del living, frente al balcón. Era como el gato: le gustaba mucho tirarse en un sillón. Parece que la gente hubiera intuido la tragedia: Osvaldo Miranda, pasaba por la calle y subió a charlar un rato. Vino también otra gente que no tenía por qué venir. Hasta el valet, que tenía su día libre, vino. Cuando ya no quedaba nadie por llegar, empezaron a visitarlo médicos y más médicos. Yo no me daba cuenta de nada. Miranda y mi sobrino estuvieron con él hasta último momento. El día 23 a las diez de la noche me nombró “Tania…”, dijo y cerró los ojos.Si la ventana hubiera estada abierta yo me habría tirado. Estaba desesperada. En el verano me fui sola a Pinamar. Estuve cinco meses. Lo que le voy a decir es una cursilería, pero pensé mucho en Alfonsina Storni. Mientras miraba el mar pensaba en su coraje para meterse en el agua y no volver. Pero fui cobarde primero, fuerte después. Sabía que tenía que vivir y asumí su muerte. Sólo quien vivió con Enrique puede saber lo difícil que era perderlo. Aún hoy mi vida es la suya. Por eso me refugié en Cambalache, donde todavía canto. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
Su compañera Tania así lo recordaba en estas líneas, publicadas en el diarioLa Opinión Cultural el 17 de diciembre de 1972.
Por las madrugadas, cuando cierta nostalgia invade a los clientes de Cambalache, una whiskería donde se escuchan tangos, una mujer gastada pero sonriente se instala ante el micrófono y declama –literalmente-, las mejores letras de Enrique Santos Discépolo. Es Tania –Ana Luciano-, una española de edad incierta que vivió casi 25 años junto al mayor poeta de la canción popular porteña. Ella cantaba Esta noche me emborracho antes de conocer a Discepolín y aún hoy, a 21 años de la muerte de su esposo, sigue interpretando sus angustiados versos. La semana pasada, Tania narró ante Osvaldo Soriano, redactor de La Opinión, sus recuerdos de juventud, su relación con Discepolo, las anécdotas más reveladoras de la vida del autor de Uno. Tania dice: “Mi vida es la vida de Discépolo”. Así lo confirma su relato.
Mi carrera empezó a los ocho o nueve años, en Toledo, España. Como mi padre era militar, lo destinaron a Valencia. Allí se hacía mucho teatro filodramático. La gente, en vez de ser aficionada al juego a las carreras, se acercaba al teatro. Todo el mundo hacía obritas. Yo trabajaba siempre. Era una niña muy bonita, muy mona, con bucles muy graciosos. Pero ante todo, era una moza muy atrevida que sabía bailar, cantar y tocar las castañuelas.
Empecé a trabajar en una troupe de esas que estaban muy de moda entonces, en las que todo giraba alrededor de algunas figuras estelares y el resto eran números menores.
Vinimos a la Argentina en 1924 con la Troupe Ibérica. Yo tenía 17 años y, entre otros, venía Pablo Palitos. Antes habíamos ido a Francia al Marruecos español y al Marruecos francés. En el grupo había bailarines, acróbatas, cantantes, en fin, todas las atracciones. En esas giras yo viajaba con mi mamá, pero a la Argentina ya me vine casada con uno de los bailarines de la troupe.
Debutamos en el teatro Casino, que en ese entonces reunió las mejores atracciones del music-hall. Copamos todo el espectáculo porque la troupe era enorme y tuvimos gran éxito. Pasaron muchas cosas para que me quedara en la Argentina. Yo era apenas una muchacha muy mona, que cantaba y bailaba, pero nada más. No me sentía estrella; por el contrario, era una chica humilde que cantaba bulerías.
Me quise cambiar el nombre porque Tania sonaba muy a ruso, qué se yo. Hablé con el empresario y le dije que quería usar mi verdadero nombre –Ana Luciano-, que me gustaba más. Él me convenció de que Tania era mejor, porque la gente ya me conocía por el nombre.
La troupe empezó a disgregarse. Al empresario le convenía hacer grupos para poder trabajar simultáneamente en Rosario, Mendoza, Brasil. Nos costó mucho separarnos porque veníamos trabajando juntos desde España. Yo me fui a Brasil con mi marido y un grupo de compañeros. Resultó que allá no gustaba la canción española que yo hacía. Era un problema. Pero en el grupo iba un dúo de guitarras que tocaba folklore. Lo dirigía Mario Pardo y era lo que hoy los Hermanos Ávalos. Uno de ellos era el autor de Claveles Mendocinos. Estos muchachos me decían: “Vos cantás tangos en el camarín, ¿por qué no te largás en el espectáculo?”. Yo les contesté que no me animaba, pero insistieron: “Vos en España estrenaste el tango Fumando espero”. Tenía razón. El autor era español y allí se cantó mucho. Todas las grandes estrellas hacían Fumando espero. Salían con grandes boquillas echando humo y tenían mucho éxito.
Entonces, un día, en un festival de beneficio, canté ese tango. Se pasaban películas y después, para completar, se hacía número vivo. Gustó. Luego el grupo volvió a disgregarse. Mientras algunos se iban de gira por el interior del Brasil, yo me quedé con el dúo y con un par de bailarines que hacían piezas internacionales. Tuve que empezar a aprender otros tangos. Como todos los que saben poco empecé a aprender los más difíciles. Igual que esos guitarristas malos, que siempre tocan a De Falla. Aprendí A la luz de un candil, Sentencia, ese otro de “arrésteme sargento”, todo trágico porque yo me sentía mejor así. Ya conseguía más fuerza para interpretar, porque tenía diecinueve años. El empresario me ofreció quedarme tres meses. Pero sólo el dúo y unos acróbatas. Nos fuimos de gira a San Pablo, Río Grande, Pelotas y todas las ciudades importantes. En San Pablo me encontré con un empresario argentino, que se llamaba Argüelles.
Él nos había visto cuando actuamos en Buenos Aires y se acordó: “Yo te conozco, estuve con vos cuando llegaron de España”. Entonces me ofreció volver a Buenos Aires para cantar tangos. Se iba a inaugurar un cabaret, el Follies Berger, que era parecido al Chantecler y al Tabarís. Me dijo que pagaba los pasajes y me ofreció un contrato. Esto era en 1926. Yo no sé por qué quería que cantara tangos. No tenía estilo ni nada. Tal vez alentado por el éxito de Azucena Maizani, a quien yo admiraba mucho. Ella se vestía de gaucho, pero a mí me dijo que conservara mi vestuario, que era muy europeo. Tenía que salir de soirée.
En ese lugar había muchas mujeres contratadas, de manera que no era fácil escapar a los celos y las habladurías. Pero yo tenía algunas ventajas: primero, que estaba con mi marido, después, que nunca tuve pinta de vampiresa y todas empezaron a sentir ternura por mí, me protegían. Empecé a cantar tangos. Iba a verme gente importante: Razzano, Firpo, Fresedo, Canaro, todos iban a ver a la galleguita que cantaba tangos. También lo conocí a Gardel, pero nunca fui muy amiga de él, porque en la época que pude serlo ya se fue de gira al exterior. Pero el que más venía era Razzano, (que invitaba a otra gente). Un día Fresedo me ofreció grabar un tango con él.
Empecé a crecer. Pero a crecer como se hacía antes, ganando dos mil pesos por mes, no como ahora, que los artistas se hacen millonarios de la noche a la mañana. Grabé el tango con Fresedo. Otro día vino Firpo y me dijo: “Tania, ¿quiere cantar conmigo en el teatro Casino, en un gran espectáculo? Voy a llevar tres cantores. Mi orquesta nunca tuvo mujeres. Me gustaría que usted fuese la primera”. Fui a cantar estribillos, como se usaba entonces. Pero también seguí en elFollies Berger.
Un día, Razzano lo encontró a Enrique Santos Discépolo en el restaurante El Tropezón. Discepolín iba allí a cenar con los cerebros de la época y no tenía nada que ver con el cabaret, pero Razzano lo convenció para que fuera al teatro a ver a la “gallega que canta Esta noche me emborracho”. Ese tango lo había estrenado Azucena Maizani, no yo, como cree mucha gente.
Una noche fue a verme con un grupo de amigos. Al terminar el espectáculo, me lo presentaron. A mí me daba lo mismo Discépolo, Razzano, Fresedo, qué sé yo, en esa época estaba en otra onda. Yo iba al hipódromo, a las carreras, me importaba ver qué vestidos y qué alhajas me ponía, qué coche usaba. Pero esa noche, Discépolo me invitó a verlo actuar en un sainete que estaba haciendo con su hermano Armando. Yo no le di mucho corte, lo único que podía sacudirme entonces era un galán o algo así.
Me decían: “Este es el autor de Esta noche me emborracho, el hermano del gran dramaturgo Armando Discépolo”. A mí no me iba ni me venía. Sin embargo, él era un hombre que atrapaba a la gente por sus maneras, por su forma de ser. Recuerdo que me dijo como veinte veces “no se moleste por mí”. A mí me pareció una falta de educación irme, así que dejé que me invitara. Me dio un palco y lo fui a ver. Sí, me pareció buen actor. Entré a saludarlo y me invitó a cenar en El Tropezón. Creo que fui dos veces a charlar con él pero me aburrí mucho. Estaba rodeado de gente. Eran todos cráneos y yo no entendía nada de lo que hablaban. Un día me mandó una caja de marrons glacé. Eso me conmovió mucho, entonces fui yo quien lo invitó a tomar un té alRichmond, que era donde iba la gente de mundo de la época. “Cómo no”, me contestó. A mí me parecía un muchacho fino, elegante, distinto a la gente que conocía yo, que era muy rica pero con otro estilo.
Salimos uno y otro día. Creo que fui yo quien lo conquistó a él. Se fue dejando conquistar de a poco. En esos días yo me estaba separando de mi marido. Fue una cosa sin peleas, sin líos, hicimos una separación legal y él se fue a España. Creo que la aparición de Enrique precipitó todo. Mi vida empezó cuando lo conocí a Discépolo. Entonces nací.
Recuerdo que fui yo la que se declaró. Le dije: “¿Por qué no salimos? Yo tengo coche”. Él me contestó: “Yo no, yo soy pobre”. Tuve que decirle que yo tenía coche pero no era rica. Ahora me resulta absurdo; salíamos con mis amigas, todos juntos.
Paseábamos por Palermo. Yo era más atrevida o más audaz que él. Íbamos acá, allá, a cenar, todo fue tan lindo… Un día me dijo: “Encontré un departamento precioso”. Era un bulín frente a El Tropezón. Por entonces yo vivía en un piso en Uruguay casi Corrientes. El cambio para él fue un poco trágico. Para mí no tanto porque me quedaba sola en un piso, le había dicho chau a mi marido y quedaba libre. Pero para él era casi trágico, porque vivía con Armando, que era como un padre para él. También vivían allí otra hermana y el cuñado. Un día Enrique sacó un par de zapatillas y un pijama, otro día la máquina de escribir, otro día decide que no va a volver allí. Así que tuvieron unas discusiones momentáneas. Eso lo amargó bastante.
Lo primero que se llevó fue un armonium que usaba para dar serenatas con Filiberto, Riganelli y otros. En la casa teníamos cuatro muebles locos. Entonces llegó mi hermana de Europa y se vino a vivir con nosotros. Yo dejé de trabajar porque mi vida había cambiado. A él no le caía bien que yo siguiera en el cabaret, así que aprovechamos que se me habían presentado algunas giras con un trío de tangos.
Le cuento mi vida con Discépolo, o su vida, porque en verdad yo no existía sin él. Él trabajaba con su hermano, pero no quería salir de gira. Siempre yo ganaba un poco más que Enrique y así se compensaba todo. Él era muy él. La gente suele decir que yo lo dominaba. No es cierto, a Discépolo no lo dominaba nadie. Tenía una paz que daba la sensación, que era yo la que lo dominaba, pero no.
Yo nunca creí que un hombre me iba a decir: “Mirá, me voy a caminar por Corrientes, pero solo”. O también: “¿Por qué no te vas con un amigo o una amiga y venís tarde que quiero escribir?”. Siempre quería estar solo. Después era más fácil, porque compramos una casa en La Lucila y tenía todo el país para él.
Era un descontento. Él leía una obra de teatro suya y le decían “¡Qué bien!”, y luego, al día siguiente, la rompía. Le costaba mucho escribir. Yira yira le llevó dos años.
En el teatro Argentino hizo con su hermano Armando y con Faust Rocha, Fin de jornada, Lluvia, El grillo. Yo seguía cantando tangos y la Tania español había quedado atrás. Enrique era una caja de sorpresas. A veces se aparecía con varios amigos, sin avisar nada, pero no me permitía que pusiera mala cara. Imagínese usted a la chiquilina caprichosa que era yo, acostumbrada a hacer lo que quiere, frente a tales circunstancias. Yo tengo que haberlo querido mucho porque si no, cómo resigné mis ideas a bailar a Olivos, mi farras, por un tipo que era todo lo contrario a mí. ¿Cómo pude pasar del gran jolgorio a las charlas intelectuales? Sí, lo quería mucho.
Recuerdo que él escribía las letras de sus tangos una y otra vez. Se paseaba por la habitación y me las leía, después casi siempre las destruía. Los únicos tangos que escribió rápidamente fueron Cafetín de Buenos Aires y Uno, porque íbamos a debutar en el teatro Casino y no teníamos tangos, además había que hacer una película y necesitaban Cafetín de Buenos Aires. Entonces los escribió en tres o cuatro meses. Para él, eso era una velocidad increíble.
Nunca se le dio por escribir prosa. Yo no sé por qué. Él podía estar horas hablando y fascinando a todo el mundo. Alain Delon no hubiera tenido nada que hacer en una reunión donde estuviera Discépolo. Por ejemplo: llegamos a París, conocíamos a tres personas y al mes ya estábamos rodeados de tanta gente que era increíble.
Un día me dijo: “¿Sabés qué me gustaría ser? Linyera, para no hacer nada”. Ahora, él hubiera sidohippie, para ir por los caminos sin que nadie lo moleste, sin hacer nada.
Yo lo llamaba “Don Fulgencio”. Parecía que nunca hubiera tenido infancia. Cuando fuimos a la casa de La Lucila, él se compró un mameluco jardinero y estaba todo el día con la manguera y las plantitas. Muchos dicen que si viviera, estaría lleno de plata. ¡Qué equivocados están! No tendría un peso, porque no le gustaba trabajar. Decía: “Yo tengo una mujer preciosa, tengo un gato, una casa muy bien puesta y hasta personal de servicio. ¿Qué más quiero?”.
El gato se llamaba Morris. Era un gato reo, reo, negro, grande, que llegó un día a la casa, perdido. Le dijo: “Te voy a poner Morris porque sos inglesito”. Era un gato de albañal que se peleaba por ahí y venía todo lastimado.
Enrique tenía su piso de arriba en la La Lucila, con vista al río, donde trabajaba en sus cosas. Todos los días a las siete de la tarde, cuando se ponía a trabajar el gato subía la escalera, entraba y saltaba al escritorio. Él no le permitía a nadie tocarle los papeles pero Morris se desparramaba por encima, arrugaba todo y recibía sonrisas. El gato no se daba con nadie. Hablaba con él, lo seguía por el jardín, ocupaba un sillón de raso que yo quería mucho. Un día, cuando lo vi en el sillón, le dije: “¿A vos te parece que el gato puede estar allí, todo sucio como anda, sobre ese sillón de raso blanco maravilloso?” Él me contestó: “Hay tantos que se sientan en ese sillón y que no lo merecen. Dejá que se siente el gato”.
Un día íbamos para La Lucila en el auto y él ve un tipo durmiendo en un zaguán. Frenó, se bajó, se sacó el sobretodo y se lo puso encima, encima del tipo. Yo le dije: “¿Cómo le das el sobretodo?” y él me responde: “¿Sábes los sobretodos que me van a dar mañana cuando salga, aunque no tenga plata? En la sastreras me quieren mucho”. Otra vez le di diez pesos a un pobre y él me sacó la mano y le dio mil pesos. Yo puse el grito en el cielo, pero Enrique me dijo: “¿Qué iba a hacer el pobre tipo con diez mangos? Con mil tal vez puede solucionar algo”. Yo me tuve que ir haciendo a ese estilo.
Su único defecto fue creer demasiado en la gente. Pero contra lo que dicen muchos, él no tenía nada que ver con esa angustia que había en sus tangos. El lo dijo veinte veces. Con Chorra, por ejemplo, me contaba que conoció a un tipo al que le habían hecho eso: un tipo de un mercadito, que se enamoró de una mina, qué sé yo. Me contó una vez que él había tenido una novia de la que estaba muy enamorado. Un día decidieron suicidarse en el río. Llovía mucho y Enrique fue a esperarla a la costanera para tirarse juntos al río. De pronto ella llega en un taxi, baja y Enrique ve que se había puesto un perramus y tenía un paraguas. Entonces le dijo: “Yo te espero debajo de la lluvia y vos te venís así, toda tapada; rajá, no merecés ni suicidarte”.
En la casa de La Lucila había un cuadro, una puntura muy linda en la que yo aparecía muy hermosa mirando hacia la puerta de entrada. Un día llego y el cuadro no está. Le pregunté a la muchacha de la limpieza: “¿Qué pasó con el cuadro? ¿Se cayó, se rompió?” M dice: “No, el señor mandó a retirarlo y ordenó que lo colgáramos en el garaje”. Cuando Enrique vino le pregunté por qué lo había hecho: “¿Sabés qué pasa? –me dijo-. Tenías un gesto como diciendo: ¿para qué vienen acá? Lo mandé sacar para que no se ofendieran las visitas”.
Él podía vivir con poco. Decía: “Los pilotos norteamericanos bombardean Corea y comen apenas un chocolatín. Total, yo no tengo que bombardear Corea”. Era un tipo alegre a su manera. Siempre con amigos: Canaro, Fresedo, Lomito, Manzi, venían todos a casa con las novias y esposas. También jugaba a las carreras pero sin plata. Se compraba la Verde, elegía los caballos y jugaba de grupo. Al caballo tal y al caballo cual, y decía “perdí” o “gané”. Hacía cosas de chico.
Yo siempre trabajé más que él. Enrique no era trabajador. No tenía hora para escribir. Se levantaba a la una de la tarde y salía a caminar a ver a sus amigos. Yo tenía que preocuparme de que comiera porque era un inapetente. Creo, en serio, que a él le hubiera gustado ser hippie para eludir el trabajo. En sus últimos años estaba muy cansado. Se angustió mucho por el asunto ése de las charlas por radio durante el gobierno de Perón. A él nunca lo obligaron a decir algo que no quería. Él lo conocía a Perón desde que éste era teniente coronel y tomó lo de Mordisquito como una obligación para consigo mismo. Lo angustió mucho la reacción de algunos amigos que dejaron de hablarle, le quitaron el saludo. Él no podía soportar que lo creyeran obsecuente. Jamás lo fue. Sin embargo, esa angustia nunca me la transmitió a mí. Nunca me dijo nada. Creo que esto tuvo mucho que ver con su muerte. El cansancio y esta angustia.
Se murió de repente. Estábamos planeando un veraneo de un mes en Pinamar y luego teníamos que ir al casino de Mar del Plata a hacer Blum. El 22 de diciembre de 1951 se sintió cansado y no se quiso acostar. Se quedó en el sillón ése del living, frente al balcón. Era como el gato: le gustaba mucho tirarse en un sillón. Parece que la gente hubiera intuido la tragedia: Osvaldo Miranda, pasaba por la calle y subió a charlar un rato. Vino también otra gente que no tenía por qué venir. Hasta el valet, que tenía su día libre, vino. Cuando ya no quedaba nadie por llegar, empezaron a visitarlo médicos y más médicos. Yo no me daba cuenta de nada. Miranda y mi sobrino estuvieron con él hasta último momento. El día 23 a las diez de la noche me nombró “Tania…”, dijo y cerró los ojos.Si la ventana hubiera estada abierta yo me habría tirado. Estaba desesperada. En el verano me fui sola a Pinamar. Estuve cinco meses. Lo que le voy a decir es una cursilería, pero pensé mucho en Alfonsina Storni. Mientras miraba el mar pensaba en su coraje para meterse en el agua y no volver. Pero fui cobarde primero, fuerte después. Sabía que tenía que vivir y asumí su muerte. Sólo quien vivió con Enrique puede saber lo difícil que era perderlo. Aún hoy mi vida es la suya. Por eso me refugié en Cambalache, donde todavía canto. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
viernes, 4 de diciembre de 2015
Día Nacional Del Tango En La Mítica Bahía Blanca
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| Osvaldo Pugliese |
La apertura oficial se llevará a cabo el 11 de diciembre a las 17 hs en el Auditorio de la Cooperativa Obrera (Zelarayán 560)con la inauguración de una plaqueta con la imagen de Osvaldo Pugliese -noble representante del cooperativismo y de la época dorada del Tango- del cual hablarán representantes de la institución y José Valle, Presidente del Centro de Estudios y Difusión de la Cultura Popular Argentina, quien además otorgará un reconocimiento a la Cooperativa Obrera por su permanente apoyo a la Cultura Nacional de nuestro país.
En el hall del Centro Cultural se exhibirán esculturas talladas en madera por el artista Celso Biondo. Además, podrá disfrutarse, gratuitamente, de un destacado espectáculo a cargo de Gaby “La voz sensual del tango”, Pablo Gibelli, Juan Carlos Deambrosi, Víctor Volpe y los Bailarines Natalia y Gustavo. Asimismo, se proyectará un breve documental sobre Osvaldo Pugliese.
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| Gaby |
Continuando con esta fiesta del tango bahiense, por la noche, a las 21.30 hs se presentarán en el Café Histórico (Av. Colón 602) los cantantes Chacho Tinervia, Gastón Peralta, Mariana Tinervia e invitados especiales.
Desde las 22 hs, en El Motivo Tanguería, podrá disfrutarse de show, exhibición a cargo de los destacados bailarines Natalia Gastaminza y Gustavo Rodríguez y milonga con la actuación de Paula Barrio y su cuarteto compuesto por: Waldo Graf (piano), Jimena Zalazar (flauta traversa), Melina Ricke (guitarra) y Lautaro Lepileo (batería), y la participación especial de la Reina Nacional del Tango 2015, María Sol Díaz. Allí, el CEDICUPO distinguirá por su trayectoria al Director de la Revista VEME, Ricardo Martín, Raúl Ayude y a la bailarina Ana Benozzi.
Etiquetas:
Bahía Blanca,
Cooperativa Obrera,
GABY LA VOZ SENSUAL DEL TANGO,
José Valle,
Juan Carlos Deambrosi,
NATALIA Y GUSTAVO,
Osvaldo Pugliese,
Pablo Gibelli,
Víctor Volpe
lunes, 30 de noviembre de 2015
Hugo del Carril
El 30 de noviembre de 1912 nació en el barrio porteño de Flores, Piero Bruno Hugo Fontana, sus padres eran italianos, Hugo Fontana era pintor y arquitecto nacido en Milán, su madre Orsolina Bertani nació en Regio de Emilia.los dos años sus padres se separaron y lo entregaron al cuidado de una familia amiga formada por Francisco y Alina Faure, este abandono lo marcó fuertemente por el resto de la vida: “Yo fui abandonado por mis padres cuando tenía dos años y nunca los perdone”. “Me crié de casa en casa, rodando. Pero después cuando mis padres estuvieron mal los cuidé hasta que murieron. Eso sí, jamás fui a visitar su tumba porque nunca los perdoné. Yo soy así”.De muy joven se inició en la radio como locutor, pero siempre tuvo en claro que su objetivo era ser cantante de tangos. Se esforzó por mejorar su canto estudiando con una soprano, quién le sumó técnica a sus condiciones naturales
.En 1929 comenzó en Radio del Pueblo, allí colaboró con los coros de la mayoría de las orquestas que pasaban por la emisora, utilizando diversos nombres artísticos. También integró un cuarteto de voces que luego de la deserción de uno de los integrantes pasó a llamarse Trío París.
Posteriormente conformó el dúo Acuña-Del Carril en donde adoptó definitivamente el nombre Hugo del Carril, fue precisamente el otro integrante, Roberto Acuña, quién lo bautizó de esa manera, el dúo duró cuatro años, hasta que se produjo la muerte de Acuña.
El director de radio Nacional lo convocó para actuar como solista con el acompañamiento de guitarras. En 1936 grabó para discos Víctor con la orquesta de Tito Ribero, quien luego se convertiría en su director y asesor musical.
Ese mismo año participó en la película “Los muchachos de antes no usaban gomina” donde cantó el tango “Tiempos viejos” cuya autoría era del director de la película Manuel Romero, con la música de la orquesta de Francisco Canaro.
Alentando por Manuel Romero, que quedó muy conforme con su actuación en esa película, inició una carrera de actor que le permitió obtener una gran repercusión popular.
Fue protagonista de grandes películas como "La vuelta de Rocha" (1937), "Tres anclados en París (1938), "Madreselva" (1938), "La vida es un tango (1939), "La vida de Carlos Gardel" (1939), "Gente bien" (1939), "El astro del tango" (1940), "Confesión" ( 1940), "La canción de los barrios" (1941), "En la luz de una estrella" (1941), "Cuando canta el corazón" (1941), "La novela de un joven pobre" (1942), "Amor último modelo" (1942), "Pasión imposible" ( 1943), "La piel de zapa" (1943), "Los dos rivales" (1944), "La cabalgata del circo" (1945), "La cumparsita" (1947), "Pobre mi madre querida" (1948), "El último payador" (1950), "Senda sin culpa" o "A media luz" (1950), "Vida nocturna" (1955), "La Tierra del Fuego se apaga" (1956) y "El último perro" (1956).
En la filmación de la película “La cabalgata del circo” conoció a María Eva Duarte de quién comentó: “Con ella hablábamos de muchas cosas, pero especialmente de las necesidades de la gente humilde. Ella se sentía predispuesta a esa gente por su origen que jamás negó”.
En los años del peronismo el cine fue una de las industrias que más creció, Hugo del Carril declaró al respecto: "Aquella fue una época en la que se dio un fenómeno único, en la que se hicieron las películas más importantes. Y sobre todo no había problemas económicos, porque era un cine popular que encontraba apoyo en el público. Además, como existían férreas restricciones a los filmes extranjeros, la producción tenía la posibilidad de defenderse mucho mejor...".
Pero su éxito como actor no lo alejaron de su vocación y su pasión por el canto, siguió actuando en distintas radios y en los más variados escenarios, que incluyó giras por el Interior del país y otros países de América. Firmó un convenio con el sello Odeón donde grabó canciones que se convirtieron en grandes éxitos.
Le puso la voz a títulos inolvidables de nuestra música popular como “Percal”, “Nostalgias”, “Nada más”, “Betinotti”, “Pobre mi madre querida”, “Sosiego en la noche”, “Nubes de humo”, “Buenos Aires”, “Tres esquinas”, entre otros.
En 1933 se presentó en el tradicional y prestigioso teatro Solís de Montevideo, luego viajó a Chile y Colombia. Su gira más notoria la realizó en 1941 donde consiguió gran repercusión en Cuba, en este país sus películas eran un éxito y el tango obtenía más repercusión que algunos ritmos caribeños.
En 1946 en México protagonizó las películas “Canción desesperada” y “La noche y tú” con singular éxito y donde se lució interpretando temas como “Compadrón”, “Che, papusa, oí” y “Pobre mi madre querida”, tema éste último sobre el que luego se realizaría una película.
También incursionó en la dirección cinematográfica, su debut fue con “Historia del 900”(1949), también fue el realizador de "Surcos de sangre" (1950), “El negro que tenía el alma blanca" (1953), “La quintrala”(1955), “Mas allá del olvido”(1956) . Pero su mayor éxito fue “Las aguas bajan turbias”(1952) donde puso en evidencia su compromiso social y político.
Según el crítico cinematográfico Fernando Perales “Las aguas bajan turbias” podría ubicarse entre las cinco o diez mejores películas argentinas de todos los tiempos. Se relata la vida de los mensúes, los trabajadores de los yerbatales de la Mesopotamia y la explotación de la que eran víctimas, también se propuso mostrar la importancia de la solidaridad entre los trabajadores que se plasmaba mediante la lucha sindical, única herramienta con que contaban para enfrentar a patrones que eran los amos y señores de la región. Además la película contenía escenas de hondo realismo caracterizadas por un contenido violento que podía molestar a ciertos espectadores más acostumbrados a contenidos mucho más suaves.
A pesar que podría decirse que la película tenía un cierto tono partidario al contrastar la situación previa a la llegada del peronismo con esos días de justicia social, Hugo del Carril tuvo problemas con la burocracia peronista, principalmente con el censor Raul Apold que le significaron la exclusión de algunos de sus trabajos, porque esta película se basa en el libro de un escritor con ideas de izquierda, Alfredo Varela, que se encontraba detenido en los días de filmación, Del Carril hizo gestiones ante Perón para que fuera liberado, tratativa que concluyó con éxito.
"Las aguas bajan turbias" recibió varios premios como el "Diploma de honor" (Festival de Venecia de 1952), la "Espiga de oro" (Festival Internacional de la Exposición Agrícola de Roma en 1953) y "Mejor película de habla hispana" (Asociación de Críticos de Radio Cine y Teatro del Perú, 1953).
Hugo del Carril era un porteño cabal, que a pesar de las múltiples actividades se hacía tiempo para frecuentar la barra del café, donde compartía sueños y proyectos con Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y Mario Soficci, entre otros. También concurría a las carreras de caballos y era un fumador empedernido. En 1957 sufrió un preinfarto estando en Uruguay producto del consumo de 80 cigarrillos diarios.
Fue un cantante y actor que ya había alcanzado el éxito antes de la llegada del peronismo, no necesitaba definirse políticamente, por su fama difícilmente alguien se hubiera animado a molestarlo, si lo hizo fue por una firme convicción que lo impulsaba a defender a los más humildes, siempre mantuvo un espíritu independiente que lo llevó a tener encontronazos con la burocracia, pero sus problemas más graves fueron a partir del 1955 con el golpe de estado.
Como hemos visto con otros artistas o intelectuales que adhirieron al peronismo su obra es minimizada o directamente ocultada, esto ocurrió con Hugo del Carril al igual que con Leopoldo Marechal, el caso de Discépolo tal vez sea distinto pues se le reconoció su capacidad pero al precio de mantener en el silencio su apoyo al movimiento popular, se habla de Cambalache pero muy raramente se recuerda su personaje Mordisquito. Además Discépolo murió antes de 1955 por lo que los golpistas no pudieron ejercer la venganza contra su persona.
Hugo del Carril entabló una relación de amistad con el Gral. Perón desde el momento que lo conoció, así relataba una de sus anécdotas de los encuentros con el líder: "Un día me llaman para ir a cantar en la Residencia Presidencial. Voy y le digo a Homero Manzi, que ya estaba en sus últimos días: '¿Qué canto, Gordo? No puedo ir a cantarles "Mano a mano"'. Manzi me miró con calma, pidió papel y lápiz y me dijo que esperara un rato. Una hora después me entregó dos milongas, como de catorce pies cada una. La primera se llamaba ´Milonga a Perón´ y la otra, ´Milonga a Evita´. Las canté con el ritmo tradicional de la milonga pampeana. A Perón le corrieron las lágrimas...".
Pero su asociación indisoluble con el peronismo se dio cuando en 1949 decidió poner su voz a la Marcha Peronista. El pianista Norberto Ramos que integró la orquesta de Florindo Sassone, fue convocado en 1948 por un grupo de obreros gráficos para que le pusiera música a una letra que habían escrito esos trabajadores con el fin de contar con una marcha para el sindicato. Se estrenó el 2 de mayo de 1948 con el título: “Los gráficos peronistas”, nada menos que en el Teatro Colón interpretada por una orquesta sinfónica y el coro estable, en dicha presentación se encontraban presente Perón y Eva, la ejecución provocó un alto impacto entre los presentes. Luego se le cambió la palabra gráficos por muchachos y quedó instaurada como la marcha del movimiento.
Hay otra historia que es la que cuenta el periodista Néstor Pinsón, los antecedentes de la Marcha comienzan en el año 1931 en el club Barracas Central, donde Juan Raimundo Streiff-Garaventa compone la música y Juan Mufarri los versos para una canción que identificara al club. La letra decía: “Los muchachos de Barracas / todos juntos cantaremos / y al mismo tiempo daremos / un hurra de corazón. / Por esos bravos muchachos / que lucharon con fervor / por defender los colores / de esta gran institución.”. Esta canción fue sufriendo modificaciones, cuando llega al poder el peronismo Rafael Lauría y Oscar Ivanisevich escriben la letra que se conoce en la actualidad. Esta versión no niega que Norberto Ramos haya contribuido con alguna parte de la música, aunque la melodía ya existía anteriormente.
Hugo del Carril la grabó en 1949, alguna vez dijo: "Grabé centenares de tangos, pero hasta que me muera me van a recordar por la marchita...".
Producido el golpe de estado de 1955 estuvo detenido 41 días y luego decidió partir hacia el exilio en México, aún cuando pudo seguir trabajando por su popularidad en aquél país, que siempre fue generoso con los exilados argentinos, vivió ese destierro con mucha tristeza, todo lo que había producido en cuando a música y cine estaba relacionado con su tierra. Algunas de sus películas que se encontraban en la cartelera de los cines argentinos fueron bajadas, la dictadura no quería que quedaran rastros de este extraordinario artista.
Retornó al país con el gobierno de Frondizi donde volvió a filmar y desarrolló varios proyectos algunos vinculados con el espectáculo y otros no, montó “La carpa del pueblo” con la finalidad de difundir la música nacional, particularmente el folklore y el tango, pero aclaró que también “música moderna, pero nuestra”.
También se dedicó a la crianza de nutrias así lo explicó: "Me gustó el animalito; yo era un chiquilín que venía merodeando por el bañado de Flores, y ahí lo conocí. Cincuenta años después (...) un empuje inconsciente (...) me llevó de nuevo a él. El criadero está en el Tigre, a hora y media del embarcadero, y se llama ´Idahome´. Ya son ocho años de crianza y me va muy bien. Tengo 2600 hembras de cría, y para este fin de año completaremos unas 4000. La finalidad es la exportación (...). Hay un gran interés por la piel de nutria en Estados Unidos, España e Italia (...); lo turbio de las aguas produce un constante masaje sobre la piel que hace que nuestra nutria tenga una sedosidad tan especial (...). Va a ser una buena entrada de divisas para el país (...). Si lo logramos, en pocos años más puede significar una de las exportaciones del agro más importantes...".
Pero no tuvo suerte con este proyecto, le faltaron tierras para poder expandirse. Hizo gestiones para utilizar Las Lagunas Encadenadas ubicadas en la provincia de Buenos Aires como criadero natural pero no fue escuchado, significó un duro fracaso porque había puesto mucho esfuerzo e ilusiones en el mismo.
No dejó muchas obras escritas por él. Compuso dos tangos: "Como la mariposa" y "Viejo camarada", la milonga "Felicita", la canción infantil "Blanca nube" ("Blanche nuage") y el tango partidista "Un solo corazón", con música de Jorge Dragone.
En cuanto a su vida sentimental tuvo una relación con la actriz Ana María Lynch con quién filmó en 1941 “En la luz de una estrella”, cuando se separaron, ella se radicó en los Estados Unidos donde siguió actuando. También tuvo una relación con la actriz Gilda Lousek a la que conoció en la filmación de “Una cita con la vida”.
En 1959 conoció a una empleada de SADAIC, Violeta Courtois, se casaron en 1971 después de una larga convivencia, tuvieron cuatro hijos Marcela Alejandra, Hugo Miguel, Amorina Eva y Eva Cristina. El padrino de todos ellos fue nada más ni nada menos que el general Perón, que estando en el exilio apelaba a un emisario que lo representaba en las ceremonias de bautismo.
También trabajó intensamente en la televisión argentina a su retorno del exilio, en 1962 participa en la miniserie “La Calesita” por Canal 9. El 1963 en el canal 7 fue la figura estelar de “El show de CAP”. Alejandro Romay dueño principal de canal 9 lo convocó en reiteradas oportunidades, se puso en el aire el sainete “El conventillo de la Paloma” donde ocupaba el rol protagónico. En el canal 7 en 1971 protagoniza el programa “Del pueblo” que se basaba en el espectáculo que presentaba en “La carpa del pueblo”. En 1972 en canal 11 participa en el programa “El tango del millón” que producen los hermanos Sofovich. Romay lo vuelve a convocar en 1975 para realizar en el canal 9 una serie de espectaculares. Durante un 1976 protagoniza el afamado ciclo “Grandes Valores del Tango”, pero producido el golpe de estado, en una actitud que lo enaltece, decide dejar la televisión y no participar ni siquiera de reportajes.
A su regreso del exilio protagonizó una larga serie de películas como "Che, Buenos Aires" o "Buenos Aires, Buenos Aires" (1960), "El día que me quieras" (1969), "Viva la vida" (1969), "Amalio Reyes, un hombre" (1970), "La mala vida" (1972), " Siempre fuimos compañeros" (1973) y "El canto cuenta su historia" (1976).
También retornó a la dirección cinematográfica con títulos como "Una cita con la vida" (1958), "Las tierras blancas" (1959), "Culpable" (1960), "Amorina" (1961), “Esta tierra es mía" (1961), "La calesita" (1963), " La sentencia" (1964), "Buenas noches, Buenos Aires" (1964) y "Yo maté a Facundo" (1975).
En 1962 dirigió dos películas en las que trabajaba Tita Merello, “Amorina” y “Esta tierra es mía”, la actriz y cantante declaró sobre el método de trabajo de Del Carril: “Ni sueñen que es fácil trabajar con él. Hugo es muy exigente. Con el hay que ensayar y ensayar, y solo cuando considera que se ha alcanzado el punto ideal, se pasa a filmar”.
El 6 de marzo de 1980 debutó en Caño 14 ante un público enfervorizado. Siempre mostró una sensibilidad muy especial, cada vez que se enteraba de que un colega pasaba por un momento difícil se acercaba para ayudarlo si su situación económica se lo permitía, o bien para hacerle llegar una palabra de aliento.
En 1982 declaró: “Todas las noches, cuando me acuesto, recorro a mis muertos. La lista es cada vez más larga, pero los voy evocando lentamente. Recuerdo a cada uno de mis viejos amigos y disfruto de nuevo los momentos felices que pasé con ellos. Eso me acerca a Dios, y así, despacito… me quedo dormido”.
El 12 de abril de 1986 recibe un duro golpe con la muerte de su esposa Violeta. Ese mismo año fue designado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires en una ceremonia presidida por el intendente radical Julio Cesar Saguier, cuando un grupo intentó entonar la Marcha Peronista, expresó: "Compañeros, sería una falta de respeto para los autoridades que aquí se encuentran presentes".
El 16 de enero de 1988 Hugo Del Carril ingresó a la sala de terapia intensiva del Hospital Privado de Mar del Plata con un complejo cuadro de infarto de miocardio. La recuperación fue lenta y progresiva, lo suficiente para asistir a un homenaje que se le realizó al cumplirse 50 años de su primera actuación.
El 8 de septiembre de 1988 se realizó el homenaje a Hugo del Carril en el Luna Park, Lionel Godoy fue el encargado de la dirección general y la animación, actuaron entre otros. Nelly Omar, Virginia Luque, Jorge Sobral, Nelly Vazquez, Carlos Acuña, Alberto Castillo, Hugo Marcel, Roberto Goyeneche, Hugo del Carril(h), Nestor Fabian, Leopoldo Federico, Atilio Stampone.
Hugo murió el 13 de agosto de 1989 a las 19.40 en el Instituto Cardiovascular de Buenos Aires, a causa de una descompensación cardíaca. Fue velado en el Salón de los Pasos Perdidos del Concejo Deliberante porteño. Una multitud de admiradores lo despidió. Sus restos descansan junto a los de su esposa Violeta en una bóveda en el cementerio de Olivos.
Hugo del Carril tuvo mucho de esos héroes que interpretaba en sus películas, dispuesto a jugarse la vida por el honor y las convicciones, muchos lo quisieron con fervor, unos pocos tal vez lo odiaron pero no a su persona sino por las ideas que nunca dejó de sustentar aún en los momentos más peligrosos.
Se comenta que luego del golpe de 1955 un jefe militar lo entrevistó cuando se encontraba detenido, le ofertó no ser molestado y la posibilidad de continuar con su carrera plagada de éxitos a cambio de que realizar unas declaraciones contrarias a Perón, le bastó una palabra para explicarse “¡Jamás!”, tal vez esa sola palabra haga innecesarias todas las demás que debimos utilizar para escribir esta biografía de Hugo del Carril.
Posteriormente conformó el dúo Acuña-Del Carril en donde adoptó definitivamente el nombre Hugo del Carril, fue precisamente el otro integrante, Roberto Acuña, quién lo bautizó de esa manera, el dúo duró cuatro años, hasta que se produjo la muerte de Acuña.
El director de radio Nacional lo convocó para actuar como solista con el acompañamiento de guitarras. En 1936 grabó para discos Víctor con la orquesta de Tito Ribero, quien luego se convertiría en su director y asesor musical.
Ese mismo año participó en la película “Los muchachos de antes no usaban gomina” donde cantó el tango “Tiempos viejos” cuya autoría era del director de la película Manuel Romero, con la música de la orquesta de Francisco Canaro.
Alentando por Manuel Romero, que quedó muy conforme con su actuación en esa película, inició una carrera de actor que le permitió obtener una gran repercusión popular.
Fue protagonista de grandes películas como "La vuelta de Rocha" (1937), "Tres anclados en París (1938), "Madreselva" (1938), "La vida es un tango (1939), "La vida de Carlos Gardel" (1939), "Gente bien" (1939), "El astro del tango" (1940), "Confesión" ( 1940), "La canción de los barrios" (1941), "En la luz de una estrella" (1941), "Cuando canta el corazón" (1941), "La novela de un joven pobre" (1942), "Amor último modelo" (1942), "Pasión imposible" ( 1943), "La piel de zapa" (1943), "Los dos rivales" (1944), "La cabalgata del circo" (1945), "La cumparsita" (1947), "Pobre mi madre querida" (1948), "El último payador" (1950), "Senda sin culpa" o "A media luz" (1950), "Vida nocturna" (1955), "La Tierra del Fuego se apaga" (1956) y "El último perro" (1956).
En la filmación de la película “La cabalgata del circo” conoció a María Eva Duarte de quién comentó: “Con ella hablábamos de muchas cosas, pero especialmente de las necesidades de la gente humilde. Ella se sentía predispuesta a esa gente por su origen que jamás negó”.
En los años del peronismo el cine fue una de las industrias que más creció, Hugo del Carril declaró al respecto: "Aquella fue una época en la que se dio un fenómeno único, en la que se hicieron las películas más importantes. Y sobre todo no había problemas económicos, porque era un cine popular que encontraba apoyo en el público. Además, como existían férreas restricciones a los filmes extranjeros, la producción tenía la posibilidad de defenderse mucho mejor...".
Pero su éxito como actor no lo alejaron de su vocación y su pasión por el canto, siguió actuando en distintas radios y en los más variados escenarios, que incluyó giras por el Interior del país y otros países de América. Firmó un convenio con el sello Odeón donde grabó canciones que se convirtieron en grandes éxitos.
Le puso la voz a títulos inolvidables de nuestra música popular como “Percal”, “Nostalgias”, “Nada más”, “Betinotti”, “Pobre mi madre querida”, “Sosiego en la noche”, “Nubes de humo”, “Buenos Aires”, “Tres esquinas”, entre otros.
En 1933 se presentó en el tradicional y prestigioso teatro Solís de Montevideo, luego viajó a Chile y Colombia. Su gira más notoria la realizó en 1941 donde consiguió gran repercusión en Cuba, en este país sus películas eran un éxito y el tango obtenía más repercusión que algunos ritmos caribeños.
En 1946 en México protagonizó las películas “Canción desesperada” y “La noche y tú” con singular éxito y donde se lució interpretando temas como “Compadrón”, “Che, papusa, oí” y “Pobre mi madre querida”, tema éste último sobre el que luego se realizaría una película.
También incursionó en la dirección cinematográfica, su debut fue con “Historia del 900”(1949), también fue el realizador de "Surcos de sangre" (1950), “El negro que tenía el alma blanca" (1953), “La quintrala”(1955), “Mas allá del olvido”(1956) . Pero su mayor éxito fue “Las aguas bajan turbias”(1952) donde puso en evidencia su compromiso social y político.
Según el crítico cinematográfico Fernando Perales “Las aguas bajan turbias” podría ubicarse entre las cinco o diez mejores películas argentinas de todos los tiempos. Se relata la vida de los mensúes, los trabajadores de los yerbatales de la Mesopotamia y la explotación de la que eran víctimas, también se propuso mostrar la importancia de la solidaridad entre los trabajadores que se plasmaba mediante la lucha sindical, única herramienta con que contaban para enfrentar a patrones que eran los amos y señores de la región. Además la película contenía escenas de hondo realismo caracterizadas por un contenido violento que podía molestar a ciertos espectadores más acostumbrados a contenidos mucho más suaves.
A pesar que podría decirse que la película tenía un cierto tono partidario al contrastar la situación previa a la llegada del peronismo con esos días de justicia social, Hugo del Carril tuvo problemas con la burocracia peronista, principalmente con el censor Raul Apold que le significaron la exclusión de algunos de sus trabajos, porque esta película se basa en el libro de un escritor con ideas de izquierda, Alfredo Varela, que se encontraba detenido en los días de filmación, Del Carril hizo gestiones ante Perón para que fuera liberado, tratativa que concluyó con éxito.
"Las aguas bajan turbias" recibió varios premios como el "Diploma de honor" (Festival de Venecia de 1952), la "Espiga de oro" (Festival Internacional de la Exposición Agrícola de Roma en 1953) y "Mejor película de habla hispana" (Asociación de Críticos de Radio Cine y Teatro del Perú, 1953).
Hugo del Carril era un porteño cabal, que a pesar de las múltiples actividades se hacía tiempo para frecuentar la barra del café, donde compartía sueños y proyectos con Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y Mario Soficci, entre otros. También concurría a las carreras de caballos y era un fumador empedernido. En 1957 sufrió un preinfarto estando en Uruguay producto del consumo de 80 cigarrillos diarios.
Fue un cantante y actor que ya había alcanzado el éxito antes de la llegada del peronismo, no necesitaba definirse políticamente, por su fama difícilmente alguien se hubiera animado a molestarlo, si lo hizo fue por una firme convicción que lo impulsaba a defender a los más humildes, siempre mantuvo un espíritu independiente que lo llevó a tener encontronazos con la burocracia, pero sus problemas más graves fueron a partir del 1955 con el golpe de estado.
Como hemos visto con otros artistas o intelectuales que adhirieron al peronismo su obra es minimizada o directamente ocultada, esto ocurrió con Hugo del Carril al igual que con Leopoldo Marechal, el caso de Discépolo tal vez sea distinto pues se le reconoció su capacidad pero al precio de mantener en el silencio su apoyo al movimiento popular, se habla de Cambalache pero muy raramente se recuerda su personaje Mordisquito. Además Discépolo murió antes de 1955 por lo que los golpistas no pudieron ejercer la venganza contra su persona.
Hugo del Carril entabló una relación de amistad con el Gral. Perón desde el momento que lo conoció, así relataba una de sus anécdotas de los encuentros con el líder: "Un día me llaman para ir a cantar en la Residencia Presidencial. Voy y le digo a Homero Manzi, que ya estaba en sus últimos días: '¿Qué canto, Gordo? No puedo ir a cantarles "Mano a mano"'. Manzi me miró con calma, pidió papel y lápiz y me dijo que esperara un rato. Una hora después me entregó dos milongas, como de catorce pies cada una. La primera se llamaba ´Milonga a Perón´ y la otra, ´Milonga a Evita´. Las canté con el ritmo tradicional de la milonga pampeana. A Perón le corrieron las lágrimas...".
Pero su asociación indisoluble con el peronismo se dio cuando en 1949 decidió poner su voz a la Marcha Peronista. El pianista Norberto Ramos que integró la orquesta de Florindo Sassone, fue convocado en 1948 por un grupo de obreros gráficos para que le pusiera música a una letra que habían escrito esos trabajadores con el fin de contar con una marcha para el sindicato. Se estrenó el 2 de mayo de 1948 con el título: “Los gráficos peronistas”, nada menos que en el Teatro Colón interpretada por una orquesta sinfónica y el coro estable, en dicha presentación se encontraban presente Perón y Eva, la ejecución provocó un alto impacto entre los presentes. Luego se le cambió la palabra gráficos por muchachos y quedó instaurada como la marcha del movimiento.
Hay otra historia que es la que cuenta el periodista Néstor Pinsón, los antecedentes de la Marcha comienzan en el año 1931 en el club Barracas Central, donde Juan Raimundo Streiff-Garaventa compone la música y Juan Mufarri los versos para una canción que identificara al club. La letra decía: “Los muchachos de Barracas / todos juntos cantaremos / y al mismo tiempo daremos / un hurra de corazón. / Por esos bravos muchachos / que lucharon con fervor / por defender los colores / de esta gran institución.”. Esta canción fue sufriendo modificaciones, cuando llega al poder el peronismo Rafael Lauría y Oscar Ivanisevich escriben la letra que se conoce en la actualidad. Esta versión no niega que Norberto Ramos haya contribuido con alguna parte de la música, aunque la melodía ya existía anteriormente.
Hugo del Carril la grabó en 1949, alguna vez dijo: "Grabé centenares de tangos, pero hasta que me muera me van a recordar por la marchita...".
Producido el golpe de estado de 1955 estuvo detenido 41 días y luego decidió partir hacia el exilio en México, aún cuando pudo seguir trabajando por su popularidad en aquél país, que siempre fue generoso con los exilados argentinos, vivió ese destierro con mucha tristeza, todo lo que había producido en cuando a música y cine estaba relacionado con su tierra. Algunas de sus películas que se encontraban en la cartelera de los cines argentinos fueron bajadas, la dictadura no quería que quedaran rastros de este extraordinario artista.
Retornó al país con el gobierno de Frondizi donde volvió a filmar y desarrolló varios proyectos algunos vinculados con el espectáculo y otros no, montó “La carpa del pueblo” con la finalidad de difundir la música nacional, particularmente el folklore y el tango, pero aclaró que también “música moderna, pero nuestra”.
También se dedicó a la crianza de nutrias así lo explicó: "Me gustó el animalito; yo era un chiquilín que venía merodeando por el bañado de Flores, y ahí lo conocí. Cincuenta años después (...) un empuje inconsciente (...) me llevó de nuevo a él. El criadero está en el Tigre, a hora y media del embarcadero, y se llama ´Idahome´. Ya son ocho años de crianza y me va muy bien. Tengo 2600 hembras de cría, y para este fin de año completaremos unas 4000. La finalidad es la exportación (...). Hay un gran interés por la piel de nutria en Estados Unidos, España e Italia (...); lo turbio de las aguas produce un constante masaje sobre la piel que hace que nuestra nutria tenga una sedosidad tan especial (...). Va a ser una buena entrada de divisas para el país (...). Si lo logramos, en pocos años más puede significar una de las exportaciones del agro más importantes...".
Pero no tuvo suerte con este proyecto, le faltaron tierras para poder expandirse. Hizo gestiones para utilizar Las Lagunas Encadenadas ubicadas en la provincia de Buenos Aires como criadero natural pero no fue escuchado, significó un duro fracaso porque había puesto mucho esfuerzo e ilusiones en el mismo.
No dejó muchas obras escritas por él. Compuso dos tangos: "Como la mariposa" y "Viejo camarada", la milonga "Felicita", la canción infantil "Blanca nube" ("Blanche nuage") y el tango partidista "Un solo corazón", con música de Jorge Dragone.
En cuanto a su vida sentimental tuvo una relación con la actriz Ana María Lynch con quién filmó en 1941 “En la luz de una estrella”, cuando se separaron, ella se radicó en los Estados Unidos donde siguió actuando. También tuvo una relación con la actriz Gilda Lousek a la que conoció en la filmación de “Una cita con la vida”.
En 1959 conoció a una empleada de SADAIC, Violeta Courtois, se casaron en 1971 después de una larga convivencia, tuvieron cuatro hijos Marcela Alejandra, Hugo Miguel, Amorina Eva y Eva Cristina. El padrino de todos ellos fue nada más ni nada menos que el general Perón, que estando en el exilio apelaba a un emisario que lo representaba en las ceremonias de bautismo.
También trabajó intensamente en la televisión argentina a su retorno del exilio, en 1962 participa en la miniserie “La Calesita” por Canal 9. El 1963 en el canal 7 fue la figura estelar de “El show de CAP”. Alejandro Romay dueño principal de canal 9 lo convocó en reiteradas oportunidades, se puso en el aire el sainete “El conventillo de la Paloma” donde ocupaba el rol protagónico. En el canal 7 en 1971 protagoniza el programa “Del pueblo” que se basaba en el espectáculo que presentaba en “La carpa del pueblo”. En 1972 en canal 11 participa en el programa “El tango del millón” que producen los hermanos Sofovich. Romay lo vuelve a convocar en 1975 para realizar en el canal 9 una serie de espectaculares. Durante un 1976 protagoniza el afamado ciclo “Grandes Valores del Tango”, pero producido el golpe de estado, en una actitud que lo enaltece, decide dejar la televisión y no participar ni siquiera de reportajes.
A su regreso del exilio protagonizó una larga serie de películas como "Che, Buenos Aires" o "Buenos Aires, Buenos Aires" (1960), "El día que me quieras" (1969), "Viva la vida" (1969), "Amalio Reyes, un hombre" (1970), "La mala vida" (1972), " Siempre fuimos compañeros" (1973) y "El canto cuenta su historia" (1976).
También retornó a la dirección cinematográfica con títulos como "Una cita con la vida" (1958), "Las tierras blancas" (1959), "Culpable" (1960), "Amorina" (1961), “Esta tierra es mía" (1961), "La calesita" (1963), " La sentencia" (1964), "Buenas noches, Buenos Aires" (1964) y "Yo maté a Facundo" (1975).
En 1962 dirigió dos películas en las que trabajaba Tita Merello, “Amorina” y “Esta tierra es mía”, la actriz y cantante declaró sobre el método de trabajo de Del Carril: “Ni sueñen que es fácil trabajar con él. Hugo es muy exigente. Con el hay que ensayar y ensayar, y solo cuando considera que se ha alcanzado el punto ideal, se pasa a filmar”.
El 6 de marzo de 1980 debutó en Caño 14 ante un público enfervorizado. Siempre mostró una sensibilidad muy especial, cada vez que se enteraba de que un colega pasaba por un momento difícil se acercaba para ayudarlo si su situación económica se lo permitía, o bien para hacerle llegar una palabra de aliento.
En 1982 declaró: “Todas las noches, cuando me acuesto, recorro a mis muertos. La lista es cada vez más larga, pero los voy evocando lentamente. Recuerdo a cada uno de mis viejos amigos y disfruto de nuevo los momentos felices que pasé con ellos. Eso me acerca a Dios, y así, despacito… me quedo dormido”.
El 12 de abril de 1986 recibe un duro golpe con la muerte de su esposa Violeta. Ese mismo año fue designado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires en una ceremonia presidida por el intendente radical Julio Cesar Saguier, cuando un grupo intentó entonar la Marcha Peronista, expresó: "Compañeros, sería una falta de respeto para los autoridades que aquí se encuentran presentes".
El 16 de enero de 1988 Hugo Del Carril ingresó a la sala de terapia intensiva del Hospital Privado de Mar del Plata con un complejo cuadro de infarto de miocardio. La recuperación fue lenta y progresiva, lo suficiente para asistir a un homenaje que se le realizó al cumplirse 50 años de su primera actuación.
El 8 de septiembre de 1988 se realizó el homenaje a Hugo del Carril en el Luna Park, Lionel Godoy fue el encargado de la dirección general y la animación, actuaron entre otros. Nelly Omar, Virginia Luque, Jorge Sobral, Nelly Vazquez, Carlos Acuña, Alberto Castillo, Hugo Marcel, Roberto Goyeneche, Hugo del Carril(h), Nestor Fabian, Leopoldo Federico, Atilio Stampone.
Hugo murió el 13 de agosto de 1989 a las 19.40 en el Instituto Cardiovascular de Buenos Aires, a causa de una descompensación cardíaca. Fue velado en el Salón de los Pasos Perdidos del Concejo Deliberante porteño. Una multitud de admiradores lo despidió. Sus restos descansan junto a los de su esposa Violeta en una bóveda en el cementerio de Olivos.
Hugo del Carril tuvo mucho de esos héroes que interpretaba en sus películas, dispuesto a jugarse la vida por el honor y las convicciones, muchos lo quisieron con fervor, unos pocos tal vez lo odiaron pero no a su persona sino por las ideas que nunca dejó de sustentar aún en los momentos más peligrosos.
Se comenta que luego del golpe de 1955 un jefe militar lo entrevistó cuando se encontraba detenido, le ofertó no ser molestado y la posibilidad de continuar con su carrera plagada de éxitos a cambio de que realizar unas declaraciones contrarias a Perón, le bastó una palabra para explicarse “¡Jamás!”, tal vez esa sola palabra haga innecesarias todas las demás que debimos utilizar para escribir esta biografía de Hugo del Carril.
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