miércoles, 5 de agosto de 2015

José Valle presentará su nuevo libro “EN EL NAIPE DEL VIVIR, Historias de Tango, boxeo y turf”

El escritor balcarceño José Valle presentará su nuevo libro “EN EL NAIPE DEL VIVIR, Historias de Tango, boxeo y turf” el próximo jueves 27 de agosto a las 19 hs dentro del prestigioso ciclo "Un Vermut con la Historia" en el mítico Café Miravalles (Av. Cerri 777) de la ciudad de Bahía Blanca.
En esta ocasión Valle plasma su experiencia de 30 años en estas tres pasiones populares, volcando jugosísimas anécdotas. La pasión por el noble arte de los puños, unida a la pasión tanguera, con extensión al turf -el deporte de los pingos- fueron durante muchísimo tiempo y son una melange indestructible en el país. La música del dos por cuatro reúne infinidad de letras "burreras" y boxísticas. El tango, el boxeo y el turf socializan porque mezclan a ricos y a pobres. Por las páginas de esta edición pasan Carlos Gardel, Irineo Leguisamo, Gatica, Prada, Pedrito Quartucci, Alberto Morán, Juan Carlos Lamas, El Flaco Calígula, Délfor Medina, Vilmar Sanguinetti, Pascual Pérez, Carlos Monzón, Gogó Andreu y muchos bohemios de ley. Allí se encuentran nostalgias de glicinas, emparrados y malvones, ronda de gomías, aprontes y partidas, en las que flotaban los sones del tango y el ruido del gong, que se esparcían con un gris de madrugada, se enredaban con la ronda del botón de la esquina e iban a dormir su sueño de amor en la vieja calesita.

Eduardo Falú

Eduardo Yamil Falú nació el 7 de julio de 1923 en El Galpón (Salta), en una familia siria acomodada. Su padre era dueño de un almacén de ramos generales. La música era apenas uno de tantos entretenimientos en ese mundo criollo, lleno de gente que sabía pialar, marcar y trabajar el campo.
Algún día, un proveedor llevó una guitarra, que puso junto con los alimentos, el kerosene y los artículos de primera necesidad. No le llamó la atención. Al tiempo le picó la curiosidad, cuando escuchó el sonido de un vecino del barrio. Aprendió primero como autodidacta o copiando a su hermano, que sí tomaba clases.
A fines de los años ‘30, llegaron la mudanza a la ciudad de Salta y los estudios. Desde mediados de los ‘40, vivió en Buenos Aires. Con el tiempo surgieron las primeras actuaciones en la gran ciudad. Primero fue Radio El Mundo y después algunas peñas de la calle Lavalle, de dueños españoles.
Con los años, construiría uno de los cancioneros más notables del folclore argentino, junto a Cesar Perdiguero, León Benarós, Carlos Guastavino, Manuel J. Castilla y Hamlet Lima Quintana, entre muchos otros. Además, compuso obras épicas como Romance de la Muerte de Juan Lavalle, con Ernesto Sabato.
Pero la dupla imbatible, la que generó algunas de las más bellas zambas argentinas, fue la que hizo con su gran amigo Jaime Dávalos. Salteños los dos, bohemios y soñadores.
Vidala del nombrador, Vamos a la zafra, Zamba de un triste,Las golondrinas, Tonada del viejo amor fueron algunas de las canciones que hicieron en yunta. ¿Se escribirán en los próximos años versos tan dulces como “No tengo miedo al invierno/Con tu recuerdo lleno de sol” ? O una elegía al pago como La nostalgiosa. Esa dupla trajo la poesía más elevada del folclore al canto popular. Esas canciones sonaban a otra cosa, era algo distinto a lo que se venía escuchando en el folclore.
Jaime Dávalos recordó en un libro cómo nació La nostalgiosa en la española Avenida de Mayo. “Nos sentamos en un bar, en la vereda, y nos pedimos un jerez; un rayo de sol deslumbraba la copa mientras en un papelito que me dio el mozo comencé a garabatear aquel sentimiento vago de desgarramiento interior, de desposeído. La melancolía del trasplantado, del hombre del interior que viene a Buenos Aires no porque quiere sino porque sólo es la gran urbe. Siente que él es hijo del país, que mama su energía vital y por nostalgia vive selectivamente ese paisaje y esos hombres de su tierra, con la perspectiva crítica que da la ausencia”, dijo Dávalos. Mientras tanto, Eduardo silbaba y caminaba por esas calles junto a su entrañable amigo.
Mostró sus conocimientos de música clásica con sus Suites Argentinas, con ritmos folclóricos y altos momentos como intérprete de la guitarra, con dirección de Elías Khayat. Esa obra le valió el Konex de Platino en 1985. También tuvo un intenso trabajo como recopilador; uno de los rescates más recordados fue La cuartelera, nacida en el siglo XIX en los campos de batalla argentinos.
Con su voz de barítono y con su refinada guitarra –”me da su voz, la templo con cariño y mi caricia la quiere despertar”, escribió–, Falú alcanzó fama mundial. Tocó en escenarios variados de América, Europa, Japón y Rusia, entre otros destinos lejanos. Y lo hizo con zambas, carnavalitos, cuecas, bailecitos y melodías españolas, además de obras académicas.
Padre de dos hijos, tío del consagrado guitarrista Juan Falú y finísimo compositor, tenía la mirada clara, límpida, mezcla de criollo y sirio. En una de las últimas entrevistas , confesó que le gustaba Pappo. “Tiene un lenguaje propio y muy creativo. Además, es un buen chico: lo conozco porque suele venir a verme a SADAIC (entidad donde fue vicepresidente). Pero no estoy ciento por ciento a favor de todo lo que produce el rock. En estos tiempos de crisis, la música contribuye a aliviar un poco la tensión y estimula el espíritu”, dijo. En aquella charla, elogió a Soledad y Los Nocheros. Pero exigió la defensa de los ritmos tradicionales. Y criticó a los que “confunden el arte con el circo”.
En la foto de esa nota, aparece con la mirada lejana y un sombrero negro, más propio de un tanguero que de un folclorista. Ahora, con su pérdida, es fácil imaginar la guitarra enfundada y recostada en algún rincón de su casa. Y recordar esos versos que le escribió: “ Guitarra oscura, mi compañera/En tu madera me quiero recostar/Tal vez un día cuando me muera/Sus cuerdas tensas me vengan a cantar ”.-

Celedonio Esteban Flores

En el barrio porteño de Villa Crespo nacía el día 3 de agosto de 1896, quién sería para el tango uno de sus mayores exponentes, me refiero al gran poeta Celedonio Esteban Flores, también recordado como "El negro Cele". Sus padres fueron, Manuel Ceferino Flores y Fermina Rueda.
El matrimonio Flores tuvo cinco hijos: Amelia, Celedonio, Manuel (quien firmó algún tango y conservaba mucho material de su hermano), Andrés y Héctor. Al aumentar la familia los Flores decidieron buscar un lugar más amplio que albergara con mayor comodidad a toda la parentela y se trasladaron a un conventillo de la calle Talcahuano 48, vivienda humilde pero mucho más grande.
Celedonio cursó sus estudios primarios en la escuela "Roca" de la calle Libertad al 1500, cercana al teatro Colón. Posteriormente los nombrados se mudarían al barrio de Almagro. A los once años, Cele dijo a sus padres que quería estudiar violín, y a ese propósito con mucho sacrificio, lo inscribieron en la Academia Williams, pero a los pocos meses abandonó su estudio, aduciendo que su verdadera vocación era el dibujo.
Al terminar sus estudios primarios, intentó estudiar en la Academia de Bellas Artes, pero también duró poco su entusiasmo por esa carrera, ya que la abandonó en unos pocos meses.
Desde muy temprana edad se sintió atraído por los libros, ávido lector de los grandes poetas como Almafuerte, Belisario Roldán, Rubén Darío, Amado Nervo, Evaristo Carriego, y hasta Alfonsina Storni, alimentaron su espíritu de poeta. Celedonio trabajaba en el Ferrocarril Central Argentino y en los momentos libres que su labor le dejaba, escribía, leía y daba rienda suelta a su imaginación. Su cuaderno de versos "Flores y Yuyos", está fechado en 1915.
Siendo muy joven se sintió atraído a su vez por el deporte; su carácter inquieto y rebelde (recordemos que Celedonio simpatizaba con los anarquistas en aquellos lejanos años) lo llevaron a abrazar el arte pugilistico, donde llegó a tener destacada actuación dentro del peso liviano. Fue finalista en una competencia de selección para un campeonato sudamericano. Los coleccionistas conservamos algunas fotos de Celedonio en su condición de boxeador. En esa final fue derrotado por puntos por Mario Reily. Posteriormente, por problemas de peso (ya que aumentaba rápidamente), dejó el ring y se dedicó a la enseñanza del arte de los puños.
Tenía veinticuatro años cuando decidió enviar unos versos al concurso que organizaba el diario "Última Hora", cuyo premio consistía en dinero en efectivo y la publicación de la obra en el jornal. El poema se llamaba "Por la pinta". Cele obtuvo el primer premio y la consecuente publicación de sus versos. Estos, llamaron inmediatamente la atención de Gardel y de Razzano quienes buscaron contactarse con Celedonio con el propósito de solicitarle permiso para musicalizar la obra.
La sorpresa y el halago que esto significaba, dio paso para que José Ricardo, guitarrista del dúo, compusiera la música y los versos de Cele fueron rebautizados como "Margot" y llevados al disco en ritmo de tango por el gran cantor en 1920. Fue este el primer vínculo que Celedonio tuvo con nuestro cancionero.
En esa época, había dejado el ferrocarril y trabajaba como empleado en la contaduría Colauti, lo que le daba un buen pasar desde lo laboral, ya que era un excelente empleo. Esto le permitió dar rienda suelta a su vocación de poeta por medio de los tangos. Poco a poco fueron surgiendo:
-"Mano a mano" con música de Gardel-Razzano, en 1923.

-"La mariposa" con música de Pedro Maffia, en 1923.

- “El alma que siente” y “Milonga fina” de 1924 con José Servidio y "El bulín de la calle Ayacucho" en 1925, con música de los hermanos José y Luis Servidio, siendo todos éstos rotundos éxitos en la voz de Gardel. El astro también le grabó en aquella época “Cordobesita”, zamba con música de Samuel Castriota y “Malevito”, llevado al disco en España.
También en 1926 llegó "Sentencia" con música de Maffia llevado al disco por Rosita Quiroga en la casa Víctor acompañada por el notable pianista y amigo del poeta, Eduardo "Chon" Pereyra, con quien nos legara entre otras joyas los tangos “Viejo coche” (éxito de Rosita y luego de Ángel Vargas), y “Gorriones”, tango de espíritu libertario que grabó Gardel.
Para Rosita Quiroga escribió durante mucho tiempo con cierta exclusividad. Sus temas eran llevados al disco por la cancionista en el sello Víctor. Celedonio iba poco a poco instalando su nombre como uno de los más prolíficos autores nacionales y aumentaba su ya bien ganada popularidad, desde los éxitos de “Margot” y “Mano a mano”.
Como buen porteño fue amante de las carreras y fanático del fútbol. Supo tener dos caballos "pursan": "Gaucho" y "Tango". Concurría a las carreras junto a un grupo de amigos del tango, como Héctor Gagliardi, Aníbal Troilo, Francisco Fiorentino, y otros que fueron algunos de los que solían compartir las tardes en el circo palermitano. Como Gardel, Racing Club de Avellaneda fue el club de sus amores, su otra gran pasión.
Contrajo matrimonio con Luisa Vince y se mudó al sur del conurbano, precisamente a la localidad de Claypole, buscando en esa estancia tener una vida más sosegada y alejada de la noche porteña. Sin embargo y muy a su pesar, no consiguió su objetivo. Sus trabajos en las radios porteñas, como antaño lo había hecho en la audición "Geniol" con Gardel, o en "Radio Cultura", las repetía ahora junto a Héctor Gagliardi, como así también con al cantor Carlos Acuña, con quien realizó algunas giras por el interior del país en compañía del guitarrista José María Aguilar que los secundaba musicalmente. Cele oficiaba de presentador y recitador en los recitales de Acuña.
Por su parte, sus presentaciones personales recitando sus versos lo retenían en el centro. Esto hacía que muchas veces, perdiera el ultimo tren de la noche y se quedara en la capital hasta la mañana siguiente. Por esta razón se mudó nuevamente a Villa Crespo, a la calle Malabia 2154.
Su inspiración nos legó entre otros éxitos:

-"Viejo smoking" con música de Guillermo Barbieri, quien también le musicalizara los versos de “Pa lo que te va a durar”.

-"Mala entraña", con música de Enrique Maciel

- "Pan", y la zamba “El farol de los gauchos” con música del “Chon” Pereyra

-"Lloró como una mujer", con melodía de José María Aguilar

-"Canchero", con el maestro Arturo De Bassi

-"Corrientes y Esmeralda", con el pianista Francisco Pracánico

-"Muchacho", con Edgardo Donato

-"Audacia", con Hugo La Roca

-"Cuando me entrés a fallar", también con Aguilar

y muchos otros más que fueron éxitos populares, que serían llevados al disco por Gardel, Corsini, Magaldi, Charlo, Rosita Quiroga, Roberto Díaz, Carlos Dante y la mayoría de los cantores de ese entonces. También nos legó dos hermosos libros de poesías: “Chapaleando barro” y “Cuando pasa el organito” que agotaron varias ediciones, incluso tras la muerte del poeta.
El gobierno que se instaló tras el golpe militar de 1943, por consejo del vicario castrense Monseñor Franchesqui, prohibió la difusión de los tangos que tuvieran palabras lunfardas en su contenido.Celedonio y Discépolo fueron los más afectados por esa injusta medida, tomada por personas que no entendían el sentimiento popular y su modo de expresión, y mucho menos los tangos. El 28 de julio de 1947 a punto de cumplir 51 años falleció.

miércoles, 15 de julio de 2015

Gaby “La voz sensual del Tango” en los Festejos del 90 Aniversario del Club Atlético San Agustín

Gaby 
El Club San Agustín del Partido de Balcarce cumple 90 años y lo festeja con Almuerzo, Show artístico y baile en el Centro Cultural y Recreativo "Germán Lips" de San Agustín. La cita es el próximo 19 de Julio a las 13 hs.
El espectáculo musical llegará de la mano de Gaby “La voz sensual del tango”, la morocha bahiense que ha logrado posicionarse como una de las cantantes más consolidadas del tango en la actualidad, representando a las nuevas generaciones que vienen a aportarle al género frescura, profesionalismo y renovación. 
El Centro de Estudios y Difusión de la Cultura Popular Argentina  distinguirá por su trayectoria a Roger Nagore y a Alberto González.

Gaby “La voz sensual del Tango”cuenta en su haber con seis discos editados y un DVD con distribución y venta nacional e internacional. Es guionista e integrante del grupo de tango Muñecas Bravas y del show “Noche de Brujas”. En 2014 escribió el musical “La Novia de América” (agosto 2014) con guión propio bajo la producción de José Valle y los musicales “Lluvia de estrellas” (octubre 2014) en homenaje a las más grandes orquestas de música ciudadana y “El zorzal” (junio 2015) en homenaje a Carlos Gardel.

Club Atlético San Agustín se fundó el 28 de junio de 1925 como una iniciativa de un grupo de vecinos de la citada localidad. En ese momento la población superaba las 5 mil personas y la actividad social que se comenzó a desarrollar en las instalaciones era variada y muy importante.
Con el paso de algunos años se adquirieron terrenos para construir la sede en la cual pasarían a desarrollarse distintos deportes, tales como pelota-paleta (con un frontón construido allí) y fútbol, entre otros.
Al poco tiempo se comenzó a trabajar en la cancha donde durante años Atlético jugó como local en las recordadas participaciones que tuvo en la Liga Balcarceña, siendo un reducto muy complicado para todos los equipos de las localidades vecinas que la visitaban.

La participación futbolística de Atlético en la mencionada liga de fútbol estuvo marcada por grandes equipos, jugadores que aún son recordados, obteniendo su logro más importante en 1970 al consagrarse campeón con una campaña que quedó para siempre en la memoria de los fanáticos. Aquel plantel con Juan José Manestar, Alfredo Furno, Eduardo Rubén Molinero, Abel Alberto González, Roberto Torreira, José Antonio Labaroní, Roberto Oscar Monrroy, Carlos Alberto Negreira, Martín Enrique Esperati, Horacio A. Pérez, Hugo Antonio Gómez, Alfredo Néstor Fernández, Rubén Eden Nagore, Miguel Ángel Ranilla, Oscar Gérez y José Vicente Gómez fue el que se llevó los elogios de los amantes del buen fútbol al dar la vuelta olímpica.
Ese logro no fue el único, en 1958 asciende a 1º luego de haber descendido el año previo. En 1971 fue el primer equipo balcarceño que jugó un torneo regional clasificatorio para integrar  la Primera División de AFA vs Kimberley (Mar del Plata), J. Newbery (Lobería), Est. Quequén (Necochea) y Atlético Cosme (Madariaga); luego, en la liga local, desciende para subir en 1982; vuelve a bajar al año siguiente y obtiene el último ascenso en 1989 donde jugó hasta 1991, último año de su participación. La actividad deportiva y social fue durante años la que mantuvo con vida a la Institución.
La década del ´90 marcó un quiebre en la vida de Atlético: dejó de participar en los torneos de la Liga Balcarceña por problemas económicos y con ello vio como sus puertas se cerraban a toda actividad.
El paso del tiempo hizo que esta situación comience a revertirse a través de un grupo de jóvenes vecinos que con mucho esfuerzo y trabajo comenzó a reformar y arreglar la sede que había sufrido varias inclemencias por el lógico paso de los años y a generar nuevos aunque escasos ingresos.
Este grupo de emprendedores buscaron también la recuperación de la actividad social y deportiva que parecía ya perdida en el tiempo. Así fue que Atlético San Agustín volvió a participar en la Liga Balcarceña de Fútbol con dos divisiones -Primera y Reserva- soñando que ese fuera el comienzo de un largo camino para reflotar la gloriosa historia del club; un camino que será duro pero, sin duda, posible.
San Agustín es una localidad del Partido de Balcarce, Provincia de Buenos Aires, Argentina.  San Agustín está ubicado a 25 km de la ciudad de Balcarce y cerca de las ciudades de Mar del Plata, Necochea y Miramar. Principalmente las actividades económicas que allí se realizan devienen del sector agro-ganadero.
Fue fundada en 1909, pero antes de su fundación ya existían habitantes. Este tranquilo pueblo y la estación de ferrocarril llevan el mismo nombre que uno de los cerros cercanos ubicado en el pueblo vecino de Los Pinos. Su mayor auge llega en las décadas del´40 y '50 cuando alcanza un total de 5000 hab. Con el cierre del la Estación Ferrocarril la población se disipa a las grandes urbes en busca de trabajo.

San Agustín cuenta con el único balneario natural del partido, ubicado dentro del Parque Idoyaga Molina. Un pequeño dique forma el embalse con la aguas del arroyo El Malacara. Éste es concurrido mayormente en verano donde los turistas pueden gozar del lago, bufet y canchas de deportes.

viernes, 3 de julio de 2015

El alma de Manuel Castilla vaga por las tierras de Salta

Poeta, periodista, titiritero; una de las voces más genuinas entre las que a partir de la década del ‘40 refundaron la poesía del Noroeste desde una percepción más compleja y otra problematización del paisaje y su gente. Su poesía se deslizó también en canciones que marcaron un clasicismo para la proyección folklórica.
Castilla nació el 14 de agosto de 1918, en la casa de la estación ferroviaria de Cerrillos, Salta, donde su padre, Ricardo Anselmo Castilla, era jefe. Sin terminar el Colegio Salesiano –se cuenta que tuvo que repetir tres veces primer año– y ya encandilado por el hábito de escribir versos, a los 18 años entró a trabajar en El Intransigente, el diario salteño fundado en 1920 por David Michel Torino. En la redacción que en 35 años compartiría con Raúl Aráoz Anzoátegui, Miguel Angel Pérez, Walter Adet, Jacobo Regen, comenzó pasando listas de farmacias de turno y resultados de las divisiones inferiores del fútbol, hasta llegar a ser uno de sus más refinados columnistas. También trabajó como titiritero, primero con Jaime Dávalos y luego con Carlos “Pajita” García Bes. Se casó con María Catalina Raspa, con quien tuvo dos hijos, Leopoldo (Teuco) y Gabriel (Huayra).
Cuando el impulso de nombrar lo propio de otra manera se instalaba en la poesía de Latinoamérica –Pablo Neruda ya había publicado Residencia en la tierra, por ejemplo–, un grupo de poetas y pintores se reunió en torno de la revista La carpa, que se editó en San Miguel de Tucumán entre 1943 y 1948. Junto a Castilla estaban el jujeño Raúl Galán –artífice principal del movimiento– y Aráoz Anzoátegui, además de María Adela Agudo, Julio Ardiles Gray y Nicandro Pereyra, entre otros. El ardor juvenil y cierta vocación iconoclasta de quienes entusiasmados pensaban que el verso libre y la prosa poética podían ser el inicio de todo, desembocó en un programa estético tan claro como vehemente. “Creemos que la poesía tiene tres dimensiones: belleza, afirmación y vaticinio” comenzaba el manifiesto del grupo, redactado por Galán, en el que también se afirmaba: “Creemos que la poesía es flor de la tierra, en ella se nutre y se presenta como una armoniosa resonancia de las vibraciones telúricas. (...) Nosotros preferimos el galardón de la poesía buscando las esencias más íntimas del paisaje e interesándonos de verdad por la tragedia del indio, al que amamos y contemplamos como un prójimo, no como un elemento decorativo. Nada debemos a los falsos folkloristas. Tenemos conciencia de que en esta parte del país la poesía comienza con nosotros.” Acaso le estaban hablando a Juan Carlos Dávalos, que desde Salta había sacralizado las formas de la poesía clásica y en cuyas tertulias aleccionadoras había sabido demorarse un Castilla adolescente. “Así como Dávalos cultivó el Siglo de Oro español y literariamente no avanzó un paso más aquí del siglo XIX (a lo más que llegó al final de su vida, fue al verso blanco), la generación de La carpa estuvo atenta a su época y tuvo la tarea de absorber y utilizar sus aportes, especialmente a Neruda y Vallejo, la generación española del ’27 y, un poco más allá, aunque sin exagerar, el impulso descolocador del surrealismo”, explica Santiago Sylvester en el ensayo que introduce El gozante, una antología de Castilla publicada por Colihue. La revista Angulo, en Salta, y más tarde Tarja, en Jujuy, prolongaron la línea de La carpa, con Jorge Calvetti, Mario Busignani, Héctor Tizón y artistas plásticos como Medardo Pantoja y, en los años en los que vivió en Salta, Héctor Bernabó, el pintor, dibujante y muralista que sería emblema de la pintura del nordeste brasileño con el nombre de Carybé. A esa expansión cultural se sumaron también los músicos Gustavo “Cuchi” Leguizamón y Juan José Botelli.
Por esos años también la proyección folklórica contemplaba ambiciones renovadoras. En 1948 Jaime Dávalos y Eduardo Falú habían compuesto “La Candelaria”, una zamba que prueba la posibilidad de elaborar metáforas en la canción vernácula; ese mismo año se formaba en Salta Los Chalchaleros, una revolución que en poco tiempo llegó a encarnar las prerrogativas perpetuas de la tradición; desde mucho antes Yupanqui había actualizado la estampa del payador peregrino y Buenaventura Luna había instalado el folklore en las radios. En ese contexto, como muchos de los poetas de esa generación, Castilla trasladó sus asombros por el paisaje y sus hombres al emporio de la canción. A mediados de la década del ’50, cuando ya había publicado Luna muerta (1943), La niebla y el árbol (1946), Copajira (1949), La tierra de uno (1951) y Norte adentro (1954), escribió junto al “Cuchi” Leguizamón la “Zamba del pañuelo”. Fue su primer aporte a un repertorio folklórico que escuchaba sus propias expansiones y el comienzo de una colaboración que con títulos como “Maturana”, “La pomeña”, “Zamba de Lozano”, “Zamba de Juan Panadero”, “Carnavalito del duende”, “Juan del Monte”, “Canción del que no hace nada”, entre muchas otras, consolidó una de las duplas más formidables de la música argentina.
El “Barbudo”, como le decían, escribió también las glosas para el programa El corazón de tierra de la guitarra, que Eduardo Falú tenía en Radio El Mundo y, junto a César Perdiguero, para El canto cuenta su historia, con Los Fronterizos. En colaboración con Falú escribió además “La volvedora” y “No te puedo olvidar”, por ejemplo, y logró cosas maravillosas con Rolando “Chivo” Valladares, como “Canción de las cantinas”, “Bajo el sauce solo” y “Zamba del romero”, entre otras. “Con el Barba Castilla nos habremos visto cinco o seis veces, podría contar las veces a través del número de canciones que hicimos juntos (...) El me decía, vamos al mercado a encontrarnos con la gente. Era amigo del lechero, del panadero, del que vendía pescado, de ahí sacaba las cosas, de la comunicación diaria con el pueblo. El Barbudo era una continuidad con su poesía”, lo recuerda Valladares en la edición de su cancionero, transcripto por Leopoldo Deza y editado en 2006 por la Universidad Nacional de Tucumán.
De la voz a la palabra y otra vez a la voz, la poesía de Castilla conserva los reflejos de la cultura oral de una tierra que canta desde hace miles de años. Hay una resaca coplera, voces anónimas que braman y mancomunan lo escrito con lo cantado. Detrás de las zambas retumban viejas zambas y si su primera persona se deja devorar por las piedras, la arena o el verde es para ser el paisaje, tan quieto y milenario, y desde allí escribir el árbol, el río, los pájaros, mirar a la gente y los oficios y los carnavales, con sus propias palabras. En el viaje inmóvil de su plan poético, Castilla no enunciaba reivindicaciones; su orgullo era recorrer su lugar, el Norte, inventarlo tal como es, apartarlo de las circunstancias del tiempo, ser arte y parte. “...si alguno me tocara las manos se iría enloquecido de eternidad...”, dice en “El gozante”. El poeta es un punto preciso en la tierra que sin embargo súbito se traduce hacia el universo.
De solo estar (1957), El cielo lejos (1959), Bajo las lentas nubes (1963), Amantes bajo la lluvia (1963), Posesión entre pájaros (1966), Andenes al ocaso (1967), Tres veranos (1970), El verde vuelve (1970), Cantos del gozante (1972), Triste de la lluvia (1977) y Cuatro carnavales (1979) completan una obra poética que entre otros galardones mereció en 1973 el Primer Premio Nacional de Poesía y el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, entonces dirigida por Dardo Cúneo. Ese mismo año, la Universidad Nacional de Salta lo nombró Doctor Honoris Causa.
“Seguramente desde hace muchos siglos, el alma de Manuel Castilla vaga por las tierras de Salta. ¿Cómo explicarse, si no, la lucidez, la honda certeza, la bella seguridad con que el Barbudo ha expresado su Norte?”, escribe Jorge Calvetti en la contratapa de un disco que rescata algunos poemas dichos por el mismo Castilla, con un acento que también es paisaje

martes, 30 de junio de 2015

Homenaje a Aníbal Troilo en Bahía Blanca :"PICHUCOXSIEMPRE"

Pichuco x siempre  se denomina el homenaje a Aníbal Troilo en el 101º aniversario de su nacimiento que se desarrollará en Bahía Blanca del  08 al 12 de Julio:
Miércoles 08 de Julio, 19 hs- Centro Cultural de la UNS (Rondeau 29)
Presentación del libro Literatura y pasión por el cine. Escritores argentinos II, del periodista y escritor bahiense Agustín Neifert, editado en 2014 por La Crujía. Se exhibirá un cortometraje documental con fragmentos de películas mencionadas en el libro, realizado por Julio César Uyúa.
La presentación del libro estará a cargo de Mariel Estrada y José Valle. Participación musical de Gaby "La voz sensual del Tango" con piezas de Aníbal Troilo.
Jueves 09 de Julio, 21.30 hs- El Motivo tanguería (Brandsen 550)
Gran locro criollo y espectáculo musical: “Tango, folklore y algo más x Pichuco” con Florencia Albanesi, el Trío Matreros (Ezequiel Jara, Jonathan Cruz y Gustavo Rodríguez) y Sergio García Ércoli.
Viernes 10 de Julio, 17 hs- Centro Cultura de la Cooperativa Obrera (Zelarrayán 560)
Proyección de la película "El tango vuelve a París" (1948) dirigida por Manuel Romero sobre guion de su autoría, protagonizada por Alberto Castillo, Elvira Ríos, Aníbal Troilo, Severo Fernández, Fernando Lamas y Lilian Valmar.
José Valle introducirá la película con unas breves palabras sobre la vida y obra del Bandoneón Mayor de Buenos Aires.
El CEDICUPO entregará distinciones a la trayectoria al periodista Rubén Baltian, al Sr. Edgardo Ayestarán y a la cantante Susana Matilla.
Viernes 10 de Julio, 21.30 hs- El Motivo tanguería (Brandsen 550)
Show musical “El alma del bandoneón” con Fiorella Guidi, Alberto García, Santiago Pérez, la pareja de baile de Natalia y Gustavo y milonga con grabaciones originales de la orquesta de Pichuco.
Sábado 11 de Julio, 21 hs- El Motivo tanguería (Brandsen 550)
Primer Certámen Roberto Achával para cantantes de tango de todo el país. El ganador participará de la velada de Gala del Festival Nacional de Tango Carlos Di Sarli 2015 y tendrá una participación especial en un escenario de la Ciudad de Buenos Aires.
Los jurados serán: Susana Matilla, Ricardo Margo y Carlos Luraschi.
Domingo 12 de Julio, 21 hs- Café Histórico de Bahía Blanca (Av. Colón 602)
Show musical “Perfume de Mujer”, Anyela Cabrera, Marilisa Arriola, Carla Catá y Flor Fedeli ofrecerán un show musical de baladas y populares canciones que recorrieron el mundo.
 
No son pocos los tangueros que aseguran que, después de Carlos Gardel, está Raúl Berón. Se pondera su sentido del ritmo, la calidad interpretativa, la elaboración cuidada y melódica de la frase, ese talento inusual para cantar por encima del tiempo y aquello que algún crítico calificó como su “dulce tristeza”. Algunas de estas virtudes debe de haber apreciado Miguel Caló, cuando en 1939 decidió convocarlo como cantor de su orquesta. Berón entonces no había cumplido los veinte años, aunque ya llevaba un par de años trajinando como cantor solista por las radios.
Como se podrá apreciar, los cantores de tango en aquellos años se iniciaban muy jóvenes, algunos con pantalones cortos. Es que, aunque parezca un chiste decirlo, el tango en la década del treinta y del cuarenta era una pasión juvenil. Basta con prestar atención a las fotos, para distinguir detrás de los severos trajes oscuros y el atildado peinado a la gomina, los rostros casi adolescentes de los cantores y los músicos en general.
Raúl Berón no era la excepción. En realidad, su relación con el canto la inició en su niñez gracias al estímulo de su padre y la compañía de su hermano mayor, José, un cantante que, según los que lo conocieron, era de una notable calidad y refinamiento, aunque ese privilegio hayan podido disfrutarlo muy pocos, porque sus grabaciones fueron escasas, en sellos de mala muerte, cuyas placas hoy son una obsesión para los coleccionistas.
Raúl pronto dejó su pueblo natal y se instaló en Buenos Aires, protegido por su hermano. Entonces su perfil artístico parecía más cercano al folclore que al tango. Es más, Caló cuando lo probó por primera vez le observó con cierta ironía esa tendencia que, a decir verdad, Berón corrigió en parte, porque lo que luego sería su impecable estilo gardeliano, siempre estará marcado por ese origen que aprendió al lado de su padre Manuel Berón, un amante de la música que inició a sus cinco hijos en las bellezas del canto y la guitarra.
El encuentro con Caló se produjo, como no podía ser de otra manera, en un dancing, en el Singapur de calle Montevideo ente Corrientes y Sarmiento. En el tango, como en cualquier otra actividad humana, lo bueno se nota enseguida. Berón en ese sentido no fue la excepción. En el acto el público percibió que estaba ante un cancionista de jerarquía, cuya personalidad artística fue creciendo sin pausa a lo largo de la década del cuarenta, en un tiempo donde había que competir con cantantes de la talla de Floreal Ruiz, Roberto Rufino, Francisco Fiorentino y Alberto Marino, por mencionar a los más destacados.
La orquesta de Caló fue una de las grandes formaciones de la época. Allí militaban Enrique Mario Francini con el violín, Osmar Maderna en el piano, mientras que los arreglos musicales estaban a cargo de Argentino Galván. Veintiocho temas grabó Berón en esa orquesta. El primero lo hizo en abril de 1942 con el sello Odeón. Se trata del poema de Homero Expósito y Domingo Federico, “Al compás del corazón”, un clásico de su repertorio al que luego sumará “Lejos de Buenos Aires”, “Azabache”, “Tú” y esa gran creación de Expósito que se llama “Tristezas de la calle Corrientes”.
Para esa época se incorpora a la orquesta de Lucio Demare, aunque siempre mantendrá relaciones artísticas con Caló. De esa temporada con Demare, quedaron en el disco temas como “El pescante”, “No nos veremos más”, “Una emoción” y “Tal vez será su alcohol”, que la censura del régimen militar iniciado en 1943 obligó a reemplazar la palabra “alcohol”, por la palabra “voz”.
Entre 1946 y 1949, graba alrededor de trece temas para la orquesta de Francini y Pontier. Pertenecen a ese período tangos como “Uno y uno”, “Y dicen que no te quiero”. De ese período hay dos o tres grabaciones en dúo con Raúl Iriarte y Alberto Podestá, grabaciones que merecen escucharse porque, además de la calidad de los cantores, son de una increíble belleza.
Alrededor de 1951, y con treinta años cumplidos, Berón ingresa a la orquesta de Troilo, que es como decir que accede al templo más distinguido y exigente de la música ciudadana. Ya para esa época es un ídolo popular, un cantante cuya voz y figura es reconocida y aclamada en los escenarios y en la calle. Pertenecen a la época de Troilo temas como “Ivette”, “De vuelta al bulín” y ese tangazo escrito por Manzi que se llama “Discepolín”, un poema trágico que honra a la amistad, un poema escrito por un hombre que estaba cerca de la muerte y dedicado a otro hombre que también tenía los días contados.
Para algunos biógrafos la trayectoria de Berón concluye en 1955, cuando se separa de Troilo. Según esta perspectiva, Berón dio lo mejor de si en estos quince años, donde integró las mayores orquestas de su tiempo. La afirmación es, por lo menos, controvertida. Raúl Berón murió el 28 de junio de 1982. Esa noche estaba anunciada su presencia en el célebre Café de los Angelitos, el de Rivadavia y Rincón, como lo recuerda poéticamente Cátulo Castillo. Esto quiere decir, que para esa fecha Berón seguía cantando y lo seguía haciendo bien, a juzgar por las asistencia del público que colmaba las instalaciones.
Por lo tanto, afirmar que su carrera artística concluyó en 1955 es, en el mejor de los casos, una exageración. Conviene recordar al respecto, que después de su experiencia con Troilo, el hombre continuó como solista, realizó giras por las principales ciudades de la Argentina y recorrió las capitales de los países vecinos donde un público diverso pudo apreciar su calidad interpretativa.
En 1963 se reencuentra con Caló y poco tiempo después graba con Argentino Galván el tango “Por qué soy reo”. También con Galván integra la programación tanguera de Radio Belgrano y en 1968 graba doce temas para el sello Show Récord. Su popularidad le facilita su presentación en obras de teatro como “Patio de la morocha”, a lo que luego suma grabaciones, a decir verdad, olvidables, en el sello TK.
Los cantores famosos en aquellos años solían ser convocados por los directores de cine para que lucieran en la pantalla su talento. Berón fue uno de ellos. En 1943 cantó en la película “Todo un hombre”, dirigida por Pierre Chenal, sobre la base de un libro de Miguel de Unamuno, cuyo guión estuvo a cargo de Ulyses Petit de Murat y Homero Manzi. Trabajaban en esa película, muy bien calificada por la crítica, los actores Francisco Petrone y Amelia Bence.
Raúl Berón nació en la ciudad de Zárate el 30 de marzo de 1920. Para la familia la música era casi una religión y en esos términos la celebraban. Los cinco hermanos se destacaron en lo suyo, pero particular mención merece Adolfo Berón, una de las grandes guitarras del tango. La otra referencia familiar es Elba, que entre 1960 y 1963 llegó a integrar la orquesta de Troilo, dejando dos grabaciones memorables: “A mi qué” y “Desencuentro”.
El último homenaje póstumo que Raúl recibió, fue brindado por el músico Roberto Siri, quien compuso un tema dedicado a él con letra de Martha Pizzo, merecido reconocimiento a quien fuera una de las grandes voces del tango.