martes, 7 de abril de 2015

Una mágica noche se vivió con “La novia de America” en el Teatro Municipal de Bahía Blanca

El comienzo de los festejos del 187 aniversario de Bahía Blanca comenzaron el pasado sábado 4 de Abril en el principal coliseo de la ciudad, el legendario Teatro Municipal, con el Musical "La Novia de América" interpretado por Gaby La voz sensual del tango acompañada musicalmente por el piano de Víctor Volpe y los bailarines Natalia Gastaminza y Gustavo Rodríguez.
Ante un auditorio colmado, la bella morocha bahiense dueña de la escena y del personaje, brindó un show único e inigualable narrando los momentos más emblemáticos y memorables de la vida y obra de Libertad Lamarque.
La selección musical es fantástica y de exquisito buen gusto, recorre todos los ritmos abordados por la novia de América durante su carrera. Gaby, en absoluto estado de gracia vocal, dio su versión del repertorio de Libertad Lamarque que no se sabe bien si fue una interpretación o una clase práctica para estudiantes de repertorio. Su impactante fraseo y su prestancia escénica hacen que su desempeño sea impecable: pleno dominio de la voz desde el grave al extremo agudo, uso expresivo de una bellísima mezza voce, buen volumen vocal y una entrega dramática total. La sensual morocha bahiense tiene la virtud de bucear en el personaje, descubrirle nuevos matices y no caer en la imitación de la gran Lamarque, sino dar su propia y muy sentida versión.
Picos altísimos de emoción se registraron al ir desgranando la vida privada de Libertad, especialmente la relación con sus padres, su hija y su amor de toda la vida: Alfredo Malerba.
Fue ovacionada de pie por la sala premiando una actuación que uno se sentiría tentado de decir consagratoria si no fuera porque ella ya está consagrada hace mucho.



Fotos: Diego Pitiot

lunes, 6 de abril de 2015

Osmar Maderna

El café Marzotto de calle Corrientes fue el escenario de grandes orquestas y cantores de los años cuarenta.
 En el palco ubicado al fondo del salón, actuaron Troilo, Caló y debutó Floreal Ruiz. Fue allí donde se presentó por primera vez Osmar Maderna con su flamante orquesta constituida poco tiempo después de que se separara de Miguel Caló, con quien había conformado la célebre “orquesta de las estrellas” a la que había ingresado en 1939 en reemplazo de Héctor Stamponi.
Para 1946 Maderna ya era una personalidad artística reconocida por los mejores músicos de su tiempo. El fraseo de su piano, sus clásicas notas agudas en los acordes finales, sus fantaseos solos, fueron la marca distintiva de un estilo elegante, sugestivo y discreto, un estilo ubicado en las antípodas del de Juan D’Arienzo o Alfredo De Angelis, pero también ajeno a cualquier aspiración sinfónica .
Osmar Maderna nació en la localidad bonaerense de Pehuajó en 1918. Su padre tocaba el acordeón y siempre apoyó las aspiraciones musicales de su hijo. Se dice que a los once años ya integraba una orquesta local. Su profesora de piano, la que lo inició en el arte del teclado se llamaba Leonilda Lugones de Azcona. “Todo lo que sé se lo debo a ella”, declaró años después en una revista de moda. A los quince años se recibió de profesor de piano y a los dieciocho viajó a Buenos Aires acompañado por dos amigos, los violinistas Aquiles Roggero y Antonio Cipolla.
En la gran ciudad deambuló durante algunos meses en bares y cafetines de mala muerte. En algún momento entró a trabajar como solista en Radio Callao y meses más tarde integró la orquesta de Lolo Fernández gracias a una recomendación del cantor Armando Moreno. El milagro, como el mismo lo calificara, se produjo cuando ingresó a la orquesta de Miguel Caló. Allí se inició de hecho la carrera profesional de uno de los músico más singulares de la década del cuarenta.
En esa orquesta Maderna alternó con Domingo Federico, Eduardo Rovira, Enrique Mario Francini y Armando Pontier, es decir se pone a prueba al lado de los mejores músicos de su tiempo. En ese ambiente pronto se destaca por su talento y por la originalidad de sus interpretaciones y composiciones. En la célebre “Orquesta de las estrellas” graba alrededor de 80 temas, algunos de su autoría y otros en compañía de estos grandes músicos. “Sans Soucí” e “Inspiración” fueron los más notables.
Su relación con los músicos se extiende luego a los grandes poetas del tango de la década: Enrique Cadícamo, José María Contursi, Cátulo Castillo, Homero Expósito y Julio Jorge Nelson, a quien musicaliza su poema “Margarita Gauthier” inspirado en la novela de Alejandro Dumas o, para ser más preciso, en la película que se proyectó en Buenos Aires en 1931.
En 1946 Maderna se desvincula de Caló y constituye su propia orquesta Sus actuaciones iniciales en el café Marzotto continúan luego en la Confitería Rucca. El escenario nocturno lo comparte con la “Santa Paula Serenades” dirigida por Raúl Sánchez Reynoso. Para esa misma época graba en el sello “Sandor” de Montevideo temas como “Margó”, “Viejo calavera” y “Chiqué” Ya para entonces lo acompaña uno de los cantores distintivos de su orquesta: Orlando Verri. No será el único. Más adelante se sumarán Luis Tolosa, Pedro Dátila, Mario Corrales, Adolfo Rivas, Carlos Aguirre, Carlos Aldao y el gran Héctor de Rosas, quien después será el cantor de la primera orquesta de Astor Piazzolla.
Del estilo de Maderna se suele decir que es algo así como un anticipo de Piazzolla. Si en algo se parecen es en el esfuerzo por renovar al tango. Piazzolla como Maderna son vanguardistas, pero allí empieza y termina la semejanza. En realidad, Maderna está más cerca del mejor Mariano Mores que de Piazzolla. Como todos ellos se esforzó por fusionar el tango con la música clásica. No en vano llegó a ser calificado el Chopin del tango, aunque además de las influencias del célebre autor de tantos valses, Maderna estuvo interesado por Listz y Rimsky Korsakoff, a quien homenajeó interpretando en 1946 “El vuelo del moscardón” en clave de tango.
Maderna, Mario Pomar, taqueando y Pedro Dátila

Maderna dirigió su propia orquesta durante cinco años. Grabó 56 temas y allí está lo más representativo y original de su obra. Entre esos temas merecen destacarse entre otros: “Fantasías en tiempo de tango”, “Lluvia de estrellas”, “Concierto a la luna”, “El elegante”, “Loca bohemia”, “Qué noche”, “En tus ojos el cielo”, “Escalas en azul”, “La noche que te fuiste”, “Volvió a llover”, “Rincón de París”, “Cuento azul”, “Lirio”, “Amor sin adiós” y “Rouge”. El primer tema grabado por la flamante orquesta es “Margó”, el poema de Homero Expósito interpretado por Verri. También de Expósito es “Te llaman pequeña” su tema fetiche, con el que iniciaba y concluía sus presentaciones. Otro de los temas destacados es “Tarde gris”, un tango que Gardel había interpretado en 1930 y que Maderna graba en 1946 acompañado por la voz afinada de Pedro Dátila.
Como todo vanguardista, Maderna no fue un músico de multitudes, pero fue muy respetado por sus colegas y muy considerado por la crítica especializada. Los temas que impuso adquirieron fama internacional. “Te llaman pequeña” fue cantado, entre otros, por Pedro Vargas. “Lluvia de estrellas”, figuró en una película de Walt Disney. Y “Concierto a la luna” fue interpretado, entre otros, por Paul Whiteman.
Maderna murió a los 33 años en un accidente de avión. Como Gardel, ganó la inmortalidad en una tragedia aérea. En marzo de 1951 había obtenido el brevet de aviador. Un mes después se mató junto con su acompañante Ernesto Rodríguez en el límite de Lomas de Zamora. Ya se retiraba del aeródromo cuando un amigo lo desafió para hacer unas pruebas en el aire. Su esposa -Olga Mazzei- intentó disuadirlo, pero fue en vano.
Osmar Maderna murió en su hora de esplendor, cuando el futuro se abría generoso a su talento e inspiración. Especular sobre su destino artístico es innecesario. Basta con prestar atención a lo que hizo en esos pocos años para concluir que más allá de los avatares de la suerte, su proyecto estético estaba cumplido. Muchos años después el “Sexteto mayor” rendirá homenaje al maestro incorporando a su repertorio “Lluvia de estrellas”.
Su amigo Aquiles Roggero, reconstituyó la orquesta que se mantuvo fiel a su estilo. Se llamó la “Orquesta Símbolo Osmar Maderna”. Roggero compuso en su homenaje “Notas en el cielo”, un título digno de Maderna, porque sus composiciones insistían con las estrellas, la luna, el cielo y sus diferentes tonos de azul. Era la suya una música que parecía llover del cielo, como dijo un crítico, aunque nadie imaginaba que esa obsesión poética por las alturas iban a ser el anticipo de la tragedia real.

Aníbal Troilo (11/7/14 - 19/5/75)

Aníbal Troilo nacio el 11 de julio de 1914, en la calle Cabrera 2937, entre Anchorena y Laprida, es decir, en pleno barrio del Abasto pero se crió en Palermo. Su padre murió cuando "Pichuco" tenía 8 años y su vocación por el "fueye" despertó cuando todavía cursaba la escuela primaria, años despues comentaría "Mi viejo era carnicero y murió cuando yo tenía ocho años... A los diez, el fueye me atraía tanto como una pelota de fútbol. Jugaba de centrojás en el Regional Palermo. La vieja se hizo rogar un poco, pero al final me dio el gusto y tuve mi primer bandoneón: diez pesos por mes en catorce cuotas. Y desde entonces nunca me separé de él".
Una tardecita de 1928, un gordito retacón, con ojos de japonés, bajó del tranvía 31 y encaró para el lado de la calle Soler, en la frontera sur de Palermo Viejo con el Abasto y Almagro. El pibe venía del Carlos Pellegrini, del colegio. En la esquina, lo pararon los amigos: el jorobadito Goyo, Duve, el flaco Cutaro, Luisito el peluquero... "¡Dogor! –le gritó el jorobadito- ¿te querés ganar unos mangos? Te conseguimos una actuación en el Petit Colón".
El fue al tango, como instrumentista, lo que Carlos Gardel a su interpretación cantada.
Así empezó la historia. El gordito retacón con ojos de japonés tenía 14 años, los pantalones cortos y todo el barrio adentro. Se llamaba Aníbal Carmelo Troilo.
Ejecutante de bandoneón, justamente el instrumento símbolo del género, su apodo familiar de "Pichuco" trascendió a la sociedad y coexistió armoniosamente con el artístico de "El Bandoneón Mayor de Buenos Aires", según lo bautizara el poeta lunfardo Julián Centeya.
Varios factores contribuyeron a hacer de Troilo un mito viviente: su manera de tocar "hacía hablar" al bandoneón en los fraseos, del mismo modo que la trompeta de Louis Armstrong "enseñaba" a cantar jazz a sus contemporáneos. Pero además, Troilo fue un melodista inigualable, cuyo talento para la composición quedó registrado en temas como los que escribió para letras de Homero Manzi ("Barrio de tango", "Sur", "Discepolín", "Che Bandoneón"), o de Cátulo Castillo ("María", "La última curda") o en su "Responso", a la muerte, justamente, de Homero Manzi, en 1951. Fue un tío llamado Juan Amendolaro quien le impartió las primeras nociones de ejecución de bandoneón. Y ya en 1926, con apenas 12 años, estaba tocando en un festival benéfico del Petit Colón, un cine de su barrio. Nunca más se bajó de las tablas. Por su orquesta pasarían, entre una larga constelación de grandes, un joven bandoneonista marplatense llamado Astor Piazzolla, a quien distinguió prontamente con la confianza que el director dispensa a quien se convierte en su arreglador, y a quien solía hacer una sola recomendación: "La gente tiene que bailar, no perdamos el baile, si perdemos la milonga, sonamos". 

Muchos años después, ese mismo Troilo, ya devenido en "Pichuco", fue a visitar a Enrique Santos Discépolo, que entonces vivía en La Lucila. Se quedó a cenar y cuando la sobremesa se alargaba, Discépolo lo llevó a los fondos de la casa para que viera el jardín que él mismo cuidaba. De repente, le preguntó:
¿Cómo estás?
Bien – le contestó Pichuco.
¿Qué vas a hacer?
No sé.
¿Sabés lo que tenés que hacer?
No.
Nada.
Para Discépolo, Pichuco, ya había hecho todo. Pero, se equivocaba, le quedaba por ejemplo, envolver en melodías los versos de "Discepolín", escritos por Homero Manzi. O los de "A Homero", "Desencuentro" y "La última curda", que hizo Cátulo Castillo. Cuando murió Manzi, una noche lo sintió dentro de él. Estaban jugando al Bacarat en su casa cuando se levantó de la mesa y se fue a otra habitación para componer de un tirón "Responso", una elegía que está entre los tangos más grandes de todas las épocas. Lo grabó y no quiso tocarlo nunca más. Cuando el público lo obligaba, accedía, pero se desgarraba por dentro.
Fue autor de 60 tangos. Todos inolvidables. Sus músicos decían que llevaba al tango en la piel. Tocaba como bailaban los bailarines de antes, resbalando sobre el piso encerado. Eso no se lo enseñó nadie, porque eso no se aprende sino que se trae en el alma. Es necesaria una sensibilidad muy especial y Troilo la tenía, por eso fue lo que fue.
Sus sucesivas formaciones orquestales no sólo incorporaron a cantores insignes -Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Elba Berón, Nelly Vázquez- sino a instrumentistas prestigiosos, auténticos paradigmas del género: los pianistas Orlando Goñi, José Basso, Carlos Figari y Osvaldo Berlingieri; los bandoneonistas Astor Piazzolla, Ernesto Baffa y Raúl Garello; los violinistas Hugo Baralis, Salvador Farace y Juan Alzina; el cellista José Bragato... Como siempre sucede, los artistas que logran aquerenciarse en el espíritu ciudadano son humildes de alma, desdeñan los oropeles del éxito y disfrutan el regocijo que sólo proporcionan "esas pequeñas cosas".
Remolón, parsimonioso, "fiaca" confeso, Troilo se volvía frenético cuando lo asaltaba la inspiración o cuando sus kilos de más y la jaula sobre sus rodillas conjugaban un solo cuerpo de pasión tanguera.
La gente le tenía cariño, siempre lo reconoció; y él siempre decía: "Los que caminan al bardo, como yo, siempre quieren a los que les hacen bien". Al bardo, para él, era caminar sin ton ni son. Los que lo conocieron muy de cerca afirman que un hijo podría haberle cambiado la vida. Pero, no lo tuvo, siempre se jactó de su amor por la noche. Un día, entró a una Iglesia y discutió con el párroco que pretendió darle un sermón. "El recién tenía treinta años y me quería enseñar a vivir a mí, justo a mí, que me pasé la vida en la calle, a los golpes con la vida, con la gente y conmigo mismo, porque yo siempre fui mi peor enemigo. Pichuco fue el peor enemigo de Aníbal Troilo".
Solía cerrar los ojos cuando tocaba y nunca supo explicar porqué. Si lo apuraban, decía que era porque, posiblemente, se sentía dentro de sí mismo. Era así, parecía que se dormía sobre el fueye. Los aplausos lo despertaban. Entonces, comprendía que todo había sido en vano, que nunca había estado solo.
Víctima de un derrame cerebral y de sucesivos paros cardíacos, Pichuco murió el 19 de mayo de 1975 en el Hospital Italiano, pero aún hoy su recuerdo promueve un reverencial sentimiento de porteñidad.


Alfredo Attadía: entre el éxito y el exilio

El 30 enero de 1982, Alfredo Adolfo Attadía falleció en Venezuela, donde estaba radicado desde 1955. Por su calidad interpretativa del instrumento, fue apodado ‘El bandoneón de oro’. Había nacido el 9 de enero de 1914 en San Martín, provincia de Buenos Aires. Estudioso del fueye, su principal característica fue un fraseo milonguero, de gran fuerza interpretativa. Debutó a los 17 años con una orquesta de señoritas en la Confitería París de su ciudad natal. Luego se integró a la formación dirigida por el violinista Alberto Pugliese, hermano de Osvaldo. Al poco tiempo, junto a un joven Alfredo De Ángelis formaron la Típica Florida y, en 1933, se integró al sexteto de Alfredo Gobbi, teniendo de compañeros al ‘pibe’ Aníbal Troilo, a Orlando y José Goñi y al contrabajista Agustín Furchi. Continuó después con la orquesta de Ricardo Malerba y, posteriormente, acompañó a un profesional del canto: Aldo Campoamor. Se encontraba haciendo un relevo en el conjunto del pianista Nicolás Vaccaro, cuando fue convocado por Rodolfo Biagi a su flamante orquesta. Allí compaginó sus primeros arreglos musicales. 
Prosiguió su ascendente carrera y, en 1939, tuvo un paso fugaz por la orquesta de Armando Baliotti como primer bandoneón de una notable línea de fueyes: Argentino Galván, Armando Blasco y Eduardo del Piano. Se produjo su consolidación definitiva y la consagración ante el público, cuando fue reclamado por Ángel D’Agostino para integrar su conjunto, como principal bandoneón y arreglador. El cantor era el incomparable Angelito Vargas y por esa orquesta pasaron músicos de la talla de Eduardo del Piano, Mario Perini, Víctor Félice, Alberto del Bagno, Francisco De Lorenzo, Víctor Braña, Domingo Mattio, Alberto del Mónaco y el paranaense Rubén Bordatto. . 
 En menos de una década, Attadía ya había acumulado méritos y conocimientos como para proyectarse solo, en un momento en que se venía la Década de Oro del tango. Con ese propósito, tanto él como Ángel Vargas, se desvincularon de D’Agostino para formar rubro propio. Esta sociedad musical fue breve; a los pocos meses el cantor volvió con el gran pianista, en tanto que Attadía se quedó con los músicos. En Montevideo actuó durante un año y al regreso realizó distintas presentaciones con sus nuevos cantores: Ricardo Gómez y Alberto Ortiz. En 1947, incorporó a un cantor en ascenso: Héctor Pacheco, luego de su paso por la orquesta de Pedro Maffia. Debutaron en Radio El Mundo y en el famoso cabaret Chantecler. Ingresó después para el dúo vocal, Jorge Beiró. 
Recién surgido de las urnas, Alfredo Attadía se indentificó inmediatamente con el gobierno popular del coronel Juan Perón. En 1948, fue convocado por el sello discográfico Lince y registró, con la voz de Pacheco, el tango ‘Descamisado’, de Antonio Helú y Enrique P. Maroni, y también la marcha de Sebastián Piana y Maroni: ‘Peronista’, alternando con la grabación de dos clásicos del género: con Pacheco ‘Milonga para Gardel’ y, con Jorge Beiró el tango ‘Senda florida’, ambos para el sello Odeón. Luego de estas grabaciones, Héctor Pacheco se retiró en desacuerdo con la incorporación de Beiró. El lugar fue ocupado por el exitoso Armando Moreno, quien en su paso por la orquesta de Attadía dejó grabado los tangos: ‘Araca corazón’, ‘El Yacaré’ y ‘Las cuarenta’. 
. Las actuaciones fueron cada día más notables, en sus ciclos en Radio Belgrano, en el Dancing Ocean y en el cabaret Moulin Rouge. Una nueva convocatoria del sello Pathé, fue la confirmación del bien ganado prestigio de Alfredo Attadía. También Montevideo fue testigo de su gran momento, al actuar en el histórico café El Ateneo. Al retirarse Armando Moreno ingresó otro gran cantor, Enzo Valentino, desvinculado de la orquesta de Domingo Federico. Grabaron el popular tango de Herminia y Juan Velich, que Enzo ya lo había registrado con Federico: ‘Cualquier cosa’, con el mismo récord de ventas que en aquella oportunidad. En la otra faz del disco figuró el instrumental ‘Color de rosa’. También dejaron impresos: el vals ‘Recuerdo de mi madre’, la milonga ‘Betinotti’ y el tango ‘Tus besos fueron míos’. 
Cuando Alfredo Attadía transitaba por uno de sus mejores momentos con su orquesta y era atracción en Radio El Mundo y Belgrano, en 1955 serían las últimas actuaciones en el país. Muchos argentinos debieron exilarse después del golpe de estado que derrocó a Perón, entre ellos el maestro director que hoy evocamos. Alfredo Attadía se radicó en Caracas, Venezuela, donde falleció --hace hoy 30 años-- de un infarto. Tenía 68 años de edad. 
Como compositor se destacó también Alfredo Adolfo Attadía. Su obra incluye varios tangos exitosos: ‘Tres esquinas’ en colaboración musical con Ángel D’Agostino y letra de Enrique Cadícamo; ‘El Yacaré’ con Mario Soto; ‘Hay que vivirla compadre’, nuevamente con D’Agostino y letra de Héctor Marcó; ‘El Cocherito’ con versos de Santiago Adamini; ’Y te dejé partir’ con José María Contursi, y los instrumentales: ‘Compadreando’, ‘Entre copa y copa’ y ‘Notas de bandoneón’, entre otros más. 
Estas son algunas de los principales temas que Attadía llevó al disco, en sus distintas etapas: Milonga para Gardel, Senda Florida, Gallo ciego, Araca corazón, Caído del cielo, El pensamiento, Para el que guste bailar, Cualquier cosa, Color de rosa, Déjame quererte, Pepe, El Cisne. Salvo excepciones, se observa muy buen gusto del maestro para elegir su repertorio. 
El ostracismo y el tiempo le pasaron factura a Alfredo Atattía y su gran momento, que superó la Década de Oro, inexorablemente fue borrándose de la memoria tanguera. Pero en el año 2004, Emi Odeón editó tres CD caratulados ‘Orquestas 0lvidadas’, que incluyeron 20 temas cada uno, grabados originalmente en los años 40 y 50, “compilación que merece estar siempre disponible al público como un homenaje a sus directores, que en su momento y con grandes esfuerzos pudieron plasmar su arte en el disco”, dice la compañía grabadora en la contracara. De Attadía fue seleccionado en el Vol. 1 el instrumental ‘El Negro Pintos’, del propio director, y dos temas cantados por Enzo Valentino en el Vol.2: ‘Tus besos fueron míos’ y la milonga ‘Bettinoti’. 

viernes, 3 de abril de 2015

Beba Bidart Por José Gobello

Nació en Buenos Aires en el barrio de Boedo y murió, en esa ciudad, el mismo día que nuestro querido cantor Roberto Goyeneche.
Fue casi de todo, pero principalmente y durante varios años, un símbolo de Buenos Aires. El teatro, el cine y la televisión le fueron igualmente propicios.
Se formó como actriz, a la edad de 6 años, en los elencos del Teatro Infantil Labardén. A los 8 años ingresó en la Compañía de Obras para Niños dirigida por Concepción del Valle, luego continuó estudiando danzas clásicas con la aspiración de convertirse en una gran bailarina. Posteriormente dicha maestra fue convocada para dirigir el cuerpo de baile del Teatro Casino y con ella debutó como corista en 1941.
En 1948 trabajó en el Teatro Maipo junto a los actores cómicos Adolfo Stray y Mario Fortuna.
En la escena acompañó a Tato Bores y a Olga Zubarry en la obra Madame Trece. Cantó con la orquesta de Francisco Canaro y a los 24 años fue pareja del galán Carlos Thompson en la película Los Pulpos, del director Carlos Hugo Christensen (1948).
De ahí en más comenzó una carrera vertiginosa cosechando grandes éxitos y acompañando a figuras de gran prestigio. Ya como primera bailarina y vedette, fue convocada por Carlos Petit para actuar junto a Marcos Caplan y Pepe Arias entre otros grandes de la escena nacional. Durante los años 50 bailó junto a Tito Lusiardo.
Otros de los filmes en que sobrevive su figura rubia y carismática son La Vendedora de Fantasías de Daniel Tinayre (1950), El Túnel de León Klimovsky (1952) y La Casa Grande de Leo Fleider, aunque ninguno resultó tan resonante como Rolando Rivas, Taxista, junto a Claudio García Satur que hacía el papel protagónico.
Fue importante su carrera televisiva en importantes programas: Tropicana Club, La Revista de Dringue, junto al recordado Dringue Farías; programa en el cual el productor Jorge Valliant le propuso cantar tangos, lo cual comenzó a realizar a partir de ese momento.
Fue llamada El Gorrión de Buenos Aires —en alusión a Edith Piaf— y bailó la milonga de Mariano Mores “Taquito militar” ante varios presidentes de la República.
Grabó alrededor de treinta temas entre los que destacamos “Me bautizaron milonga” acompañada por orquesta, “El firulete” con el Trío Yumba y “Ventarrón” con la Orquesta Color Tango.
Beba Bidart estuvo unida durante más de 12 años con el animador de espectáculos Jorge Fontana. Tras la separación, adoptó un niño a quien dio su apellido y llamó Paulo.
La presentación de su candidatura a la Academia Porteña del Lunfardo, firmada por Sebastián Piana y José Gobello, señala el propósito de dar a la institución el aire de una suerte de senado de Buenos Aires, donde estuvieran representadas todas las actividades culturales. Con unanimidad, el 2 de noviembre de 1991, fue aceptada la propuesta y se enriqueció la Academia con la presencia y la simpatía de quien era una de las personalidades más populares y queridas de la ciudad.
Ocupó el sillón Juan Francisco Palermo” dejado vacante por doña Nyda Cuniberti, y lo honró con su modestia y su inefable don de gentes hasta la tarde de su muerte, que la sorprendió cuando reposaba de las tareas desempeñadas ese mismo día en su local de baile: Taconeando.
«Era un pedazo de Buenos Aires y quizás se debió a eso su decisión de volver, hecha cenizas, a formar parte de las calles de la ciudad», dijo al recordarla, en el curso de una sesión académica, con motivo del primer aniversario de su muerte, el académico de número Eduardo Rubén Bernal. Y agregó: «No olvidaré nunca la última vez que la vi bailar. Fue en esta sala, en que acompañada por Alberto Mosquera Montaña, y Beba Pugliese al piano, nos regaló la poesía de un tango, porque era el baile su manera de escribir».

jueves, 26 de marzo de 2015

Gaby Con "La novia de América"En El Aniversario De Su Patria Chica

En el marco de los Festejos del 187 aniversario de la Ciudad de Bahía Blanca, el sábado 04 de abril a las 21,30 hs en el Teatro Municipal se presentará el musical "La novia de América" sobre vida y obra de la cantante y actriz Libertad Lamarque, protagonizado por Gaby "La voz sensual del tango" junto a Víctor Volpe en piano y los bailarines Natalia y Gustavo.
Declarado de Interés Cultural por el Ministerio de Cultura de la Nación y el Instituto Cultural de B. Bca., de Interés Provincial y Legislativo por la Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Bs. As. y de Interés Municipal por el Honorable Concejo Deliberante de Bahía Blanca, el musical recibió en febrero pasado el premio FARO DE ORO VIP 2015.
Bajo una idea y producción de José Valle, Gaby encarna a Libertad con destreza escénica, además de delicadas interpretaciones de tangos, milongas, valses y canciones latinoamericanas que caracterizaron el repertorio de Lamarque.
Conocida como “La novia de América”, Lamarque comenzó su carrera a los siete años en Rosario y no dejó de trabajar hasta el final de sus días. A los 92 años murió mientras protagonizaba la telenovela “Carita de ángel”, para quedar en el recuerdo de toda la región.
Sus más de 400 registros discográficos constituyen una cifra no alcanzada por ninguna otra cancionista argentina y nos da una idea de la importancia de su arte dentro del mundo tanguero y de nuestra cultura.
Se destaca también en el cine, por cada película cobra la inusual cifra, para entonces, de 95000 pesos. Más de veinte películas filma en la Argentina, algunos títulos: El alma del bandoneón, Ayúdame a vivir, Besos brujos, La ley que olvidaron, Madreselva, Puerta cerrada, Caminito de la gloria, La casa del recuerdo, Cita en la frontera, Una vez en la vida, Yo conocí a esa mujer, En el viejo Buenos Aires, Eclipse de sol, El fin de la noche, La cabalgata del circo y muchas más. En la última citada se produce una discusión entre Libertad y la actriz de reparto Eva Duarte, ya vinculada al presidente Juan Perón, surgen dificultades para la continuación de su carrera y emigra a México. 
En los escenarios y en las pantallas estuvo presente hasta los ochenta y cinco años. Disfrutó de la condición de leyenda viviente y fue respetada y considerada por colegas y críticos. 

ADRIÁN GUIDA. Su paso fugaz por el canto lo truncó la muerte

Transitó por los caminos del tango durante breve tiempo, pero su impronta quedó en el recuerdo de todos quienes -pese a haber conocido las grandes voces del siglo pasado- lo sitúan con valores propios en estilo y trayectoria. Prácticamente llamativo es haber sido cantor nada menos que de Osvaldo Pugliese cuando apenas alboraba su juventud, hasta el final de su corta vida.
Adrián Nicolás Guida nació el 26 de marzo de 1965 en el porteño barrio de Boedo, en el cual se mezclan reminiscencias históricas, el amor al 2x4 y la pasión futbolera que enmarca su existencia, tras el azulgrana de San Lorenzo de Almagro. “Adrián fue un purrete de cristal que se transformó en golondrina de otoño, para cantar las letras de una música en la cual lo inició Ángel, su padre, quien adem€ás fue el primer hincha de este pibe que tenía una voz clara y comunicativa, enraizada en los grandes cantores del cuarenta”. (José Pedro Aresi-biógrafo). 
Su hermandad con el tango, se gestó en actuaciones en palcos escénicos de su barrio, acompañado siempre por el guitarrista Toto Serrano. Durante los años 1977 y 78, participó en certámenes organizados por Canal 9, centrado en el programa ‘Grandes Valores del Tango’, conducido por Silvio Soldán. Y es así como a fines del mes de mayo de ese último año, Adrián ganó la pulseada, interpretando el tango Bailarín compadrito (del bandonenista, compositor y bailarín, Miguel Bucino). 
 Este suceso marcó el comienzo profesional de Adrián Guida, actuando en ‘La casa de Carlos Gardel’, el Club Mariano Moreno y otros locales tangueros. Hasta que su talento llamó la atención de Osvaldo Pugliese, quien lo incorporó a su agrupación musical, siendo su madrina y apoyatura la vocalista Nelly Vázquez. Adrián grabó, el 1 de julio de 1980, su primer tema bajo la dirección del Maestro: el tango Quinto año, emotiva evocación de egresados del secundario. En la orquesta de Pugliese compartió la responsabilidad vocal con Abel Córdoba (el cantor que más años estuvo con el autor de La Yumba) y registró, a dúo con él: Milonga para Gardel (Viván y Sanguinetti) y Aquel encuentro (de Roberto Caló). Ambos también compartieron en el disco un final cantado de La cumparsita con la letra de Si supieras. Él sólo, siempre con Pugliese, grabó desde estudios y en vivo varios temas, entre los que se destacan, además del mencionado Quinto año, los tangos: Almagro, Vieja amiga, Volver, Contame una historia y Bailemos. 
 En Adrián Guida, algunos fanáticos de Pugliese creían ver a un nuevo Alberto Morán; en tanto otros asimilaban sus dones a los de Raúl Berón. Cada uno podrá elegir al respecto, pero lo que sí no es materia de discusión, es lo bien que Adrián transmitía las virtudes de su canto. Si alguna duda podía quedar, basta con escucharlo en la interpretación de La reja, tango compuesto en 1927 por Marcuchi y Meaños, que había sido llevado al disco en España, en tres versiones, por Carlos Gardel. Un tango de difícil resolución que El Zorzal salvó con su enorme talento y que Adrián afrontó sin desentonar, según se puede apreciar en registros de sus actuaciones en vivo. Otra interesante versión de éste tango es la que en el año 1956, realizó Floreal Ruiz con José Basso. 
 Adrián era un adolescente cuando aceptó la difícil tarea de cantar con el Maestro. Un muchacho tímido, respetuoso y que en su momento, insufló un cacho de juventud a la orquesta de don Osvaldo. Parecía un exponente del pasado ayer, un cantor de la década del ‘40 y, sin embargo, era casi un joven de ese presente, con 16 años. En la extensa discografía de Pugliese existen doce temas grabados por Guida, incluyendo dos a dúo con Abel Córdoba y el mencionado final de La cumparsita. Además, están los registros de las presentaciones de Pugliese en el Teatro Colón, en el Cine Teatro Ópera y en otros escenarios, como así también en frecuentes actuaciones televisivas. 
 La muerte de Adrián Guida ocurrida a fines de 1994, pocos meses antes de cumplir 30 años, sorprendió a allegados y admiradores. Vivía con sus padres, tenía una novia y, pese a su personalidad un tanto retraída, contaba con un selecto grupo de amigos, dentro de una vida normal, lejos de la farándula. Atando cabos, amigos de Adrián comentaron que a menudo se quejaba de fuertes dolores de cabeza. En la fase artística, como Pugliese había mermado sus actuaciones por deterioro físico y un 90% de pérdida de la audición, Guida cantaba acompañado por el Sexteto Arrabal, integrado también por músicos compañeros suyos en la orquesta de Pugliese. Preferentemente se presentaban en clubes y locales de la zona. 
Una noche, mientras actuaba en La Casa Blanca, de San Telmo, Adrián sintió un repentino malestar y se retiró a su casa. Sus padres escucharon ruidos en la cocina y luego se acostó, advirtiendo algo raro. Respiraba con mucha dificultad y, urgentemente llamaron a un servicio de emergencia. En situación límite fue internado en el Hospital Durand, donde llegó casi sin vida, en la madrugada. Calificada en primer momento como muerte dudosa, los médicos determinaron finalmente que un aneurisma fue el desencadenante, descartando totalmente algo raro (drogas por ejemplo). Finalmente fue extendido el certificado de defunción, fechado el 12 de diciembre de 1994. De esta manera se tronchó lastimosamente, sin aviso previo, una vida joven, en esa triste madrugada cerca de Navidad. Así fue como al igual que ‘el viejo’ de Julián Centeya, “se las tomó una cheno de descuido y nos dejó un recuerdo lacerante”.