viernes, 16 de enero de 2015

Ángel D’Agostino

El propio D’Agostino se jactaba de cultivar un perfil bajo, aunque esa deliberada discreción no le impidió, por ejemplo,que el programa “Ronda de ases” le otorgara en 1943 el primer premio como mejor director de orquesta. El reconocimiento no debe de haber sido menor, porque iba acompañado de la suma de 1.800 pesos, una muy buena cantidad de plata para aquellos tiempos .
Con el paso de los años el juicio, o el prejuicio, acerca de la “orquestita” se fue relativizando. Sobre todo porque hasta el día de hoy los discos de los dos grandes “ángeles” del tango: D’Agostino y Vargas, se siguen vendiendo como pan caliente y no hay tanguero que se precie de tal que no admita que esa dupla constituye uno de los momentos más felices del tango. Por otra parte, mal se puede “ningunear” a una orquesta por la que pasaron músicos de la calidad de Gabriel Clausi, José Basso, Atilio Stamponi, Jorge Caldara, Ismael Spitalnik y Ernesto Baffa.
Con estos antecedentes, no se puede decir alegremente que se trataba de una orquesta menor. D’Agostino para la década del cuarenta era un pianista con más de veinte años trajinando por los escenarios de locales nocturnos, cines, clubes de barrio, salas de teatro y emisoras de radio. No era Pugliese, pero no estaba muy lejos del maestro. Sus recursos eran básicos, pero los manejaba muy bien. Siempre sostuvo que durante toda su carrera respetó dos criterios musicales básicos: respeto por la línea melódica y acentuación rítmica para facilitar el baile. Durante más de cuarenta años se mantuvo fiel a esa línea y a la hora del balance los resultados están a la vista.
Ángel Emilio Domingo D’Agostino nació en Buenos Aires el 25 de mayo de 1900. La calle de su infancia fue Moreno al 1600, entre Virrey Ceballos y Solís. Se crió en un hogar de músicos. El padre, los tíos, los amigos de la familia tocaban el piano, la guitarra y algunos se le animaban al bandoneón. Manuel Aróztegui y Adolfo Bebilacqua, el autor del tango “Independencia”, eran amigos de la casa.
A los seis años, tocaba el piano y a los doce armó su primera orquesta que actuó en el teatro Guignol, casi en el traspatio del Zoológico. Los otros dos pibes que lo acompañaban eran Ernesto Bianchi y Juan D’Arienzo. Su adolescencia y primera juventud transcurrió alrededor de la música. En nombre de esa vocación abandonó los estudios y empezó a predicar los beneficios de la soltería, pasión que compartió con su amigo Enrique Cadícamo, por lo menos hasta el día en que con más de cincuenta años a cuestas, el autor de “Los mareados” decidió arrear las banderas, capitulación que, según dice la leyenda, D’Agostino no le perdonó nunca.
Desde muy pibe se entreveró en el mundo de la música y se esforzó por ganarse la vida con lo que le gustaba. Así fue como se inició como maestro de piano para las señoras y señoritos del patriciado. A los catorce años, era el pianista preferido de Saturnino Unzué. Desde esa época, datan sus relaciones con las clases altas, a las que nunca perteneció por origen familiar, pero sí por adscripción. Soltero empedernido, nunca dejó de asistir a las veladas del Club Progreso, sobre todo a la timba de hacha y tiza que se armaba en el trasnoche.
Retornemos. Recién acababa de enrolarse cuando conoció al violinista Enrico Bolognini, con quien se presentó en el Jockey Club, el Empire, el Florida y el Apolo. Con Bolognini una noche tocaron La Marsellesa en el balcón de su departamento para festejar el fin de la primera guerra mundial. A sus actividades musicales le sumó sus intervenciones en el teatro con la compañía de Fernando Díaz de Mendoza y María Guerrero, los fundadores del Teatro Cervantes. Para esos años, fundó su primera orquesta “en serio”. Se trataba de una orquesta más dedicada a ritmos populares y el jazz que al tango. No estaba solo en el emprendimiento. Lo acompañaba el violinista Agesilao Ferrazzano. La flamante formación musical debutó en el Teatro Nacional y después se instaló en el célebre Palais de Glace. Para la misma época, funda lo que se considera como la primera orquesta para el cine mudo. Allí está presente un bandoneonista recién llegado de Córdoba: Ciriaco Ortiz
Su primera orquesta de tango nació en 1934. Allí estaban, entre otros, los bandoneonistas Jorge Argentino Fernández y Aníbal Troilo, el violinista Hugo Baralis (h) y el cantor Alberto Echagüe. En 1936, la orquesta animaba las noches de El Chantecler, funciones que se mantendrán hasta 1940. En esos años, lo conoce a Ángel Vargas, quien entonces trabajaba de tornero en un frigorífico. El que los presentó fue un empresario de apellido Vázquez, marido de Paulina Singerman. Con Vargas se conocieron en esos años pero el encuentro artístico definitivo de “los dos ángeles”, el encuentro que los consagrará en la historia del tango, se dio en 1940 y el debut se produjo en el cine Florida y luego en radio el Mundo.
El 12 de noviembre de ese mismo año, editaron para el sello Víctor “No aflojés” y “Muchacho”. Los arreglos musicales estuvieron a cargo de Alfredo Attadía y Eduardo del Piano. No hizo falta más publicidad ni presentaciones. La “magia” del cantor y el pianista se encargaron del resto. Noventa y tres tangos grabaron D’Agostino y Vargas para regocijo de los tangueros. Allí están, entre otros, verdaderos tesoros del género como “Tres esquinas”, “Ahora no me conocés”, “A pan y agua”, “Viejo coche”, “Ninguna”, “Trasnochando”, “Agua florida”, “Pero yo sé”, “Barrio de tango”, Adiós arrabal” y “Café Domínguez”, con un extraordinario recitado de Julián Centeya . Temas como “Tres esquinas”, “Lo llamaban Eduardo Arolas” , “Pobre piba”, eran composiciones de D’Agostino, a las que se deberían agregar “Pasión milonguera”, “El cocherito” y “Dice un refrán”.
Cuando Vargas se retira de la orquesta a mediados de los cuarenta, lo sucede Tino García, con quien graba dieciocho temas. García será reemplazado por Roberto Álvar, que se quedará en la orquesta hasta 1958. En 1952, llega Rubén Cané. También se lucen como cantores Roberto Aldao y Ricardo Ruiz, que graba “Cascabelito”, tema que equivocadamente se le atribuye a Vargas. El último cantor de la orquesta será Raúl Lavié, quien grabará con el maestro en 1962. Ese mismo año D’Agostino se retira de los espectáculos públicos. No lo hará de la noche y de su pasión, el póker. Muere el 16 de enero de 1991. Los coleccionistas se disputaron durante un tiempo el famoso reloj despertador de exclusivo diseño que en su momento le regaló Evita. 

Oscar Alonso, bendecido por Gardel y Troilo

El Café Nacional de calle Corrientes al 900, fue uno de los notables santuarios del tango, el lugar donde se celebraban diariamente las ceremonias en su homenaje. Por allí desfilaron los mejores y, en ese palco, se consagraron los grandes músicos y cantores del género. Uno de ellos, considerado en su tiempo la gran promesa del tango canción, fue Pedro Carlos Brandán, conocido poco años después como Oscar Alonso.
En el tango, como en cualquier universo con historia, existen los mitos, las leyendas y los próceres. Como en toda celebración no faltan los maestros y los sacerdotes que inician a los aspirantes en la nueva fe. Alonso fue uno de los privilegiados. Aún no tenía veinte años y ya estaba bendecido por los grandes ases del tango. El primero fue nada más y nada menos que Carlos Gardel. Según cuenta Cátulo Castillo, alrededor de 1933 Gardel cantaba en una obra de teatro menor y cuando concluía su jornada se iba a tomar unas copas al Nacional. Allí, fue cuando escuchó por primera vez a Alonso y le dijo a Pascual Carcavallo: “Pucha que canta lindo ese morocho”. La otra versión proviene de Vaccarezza. Según sus palabras, Gardel lo fue a saludar a Alonso a su camarín y le dijo más o menos lo siguiente: “Yo me voy pibe, y el tango queda en tu garganta de oro. Cuidala, y no te engrupas”.
En estos casos, poco importa saber si la historia es verdadera o si hay documentos que la verifiquen, porque en el mundo mítico lo que vale siempre es la leyenda, que el rumor circule, que la imagen se instale en la memoria, que en la mesa de un bar, en la barra o en algún local nocturno, un grupo de hombres lo comente con asombro, con admiración.
Lo cierto es que Alonso ingresa al tango por la puerta grande y provisto de las mejores credenciales. Una de ellas se la otorga Homero Manzi, cuando le comenta a un amigo. “Cada vez que canta este muchacho, me hace temblar”. No concluyen allí los reconocimientos de los grandes. Según Serranito , Aníbal Troilo le confío una noche que “Alonso fue el más grande cantor de tangos después de Gardel, anotalo nomás sin ninguna duda”.
El hombre nació con el ángel en la garganta y el don del canto. No se le conocen estudios profesionales, pero escuchándolo daría la impresión de que no los necesitaba. Había nacido el 12 de octubre de 1912 en la localidad de Florentino Ameghino, un caserío vecino a San Antonio de Areco. Otra señal del destino. Pedro Brandán fue su padre, el hombre que Ricardo Güiraldes menciona entre los gauchos y reseros a quienes les dedica su libro “Don Segundo Sombra”.
A los catorce años, el muchacho ya vive con su familia en Buenos Aires. Dos años después debuta en un local de Florida y Esmeralda. Se dice que se inicia con el tema “La última copa”. Para esos años, actúa en el programa radial “La voz del aire”, acompañado por el trío dirigido por Vicente Fiorentino. En 1932, Anselmo Aieta lo lleva al Café Nacional. También con Aieta actúa en el viejo teatro San Martín.
Para esos años, se perfila como una de las grandes promesas del tango. Juan Canaro hace gestiones para que en 1938 ingrese a Radio Prieto, conocida después como Radio Argentina. Allí el director artístico de la emisora lo bautiza con el nombre con el que lo reconocerá la posteridad: Oscar Alonso. Es en esos años cuando se hace amigo de Hugo del Carril, con quien, además, compartirán futuros ideales políticos.
Se supone que al iniciarse la década del cuarenta, Alonso ya posee un perfil artístico definido. Su voz de barítono es una marca registrada en la noche porteña. Para esa fecha algunas de sus grabaciones en el sello Odeón empiezan a ser coleccionadas por los tangueros. Las dos primeras son en 1936. Se trata de los temas “Llueve”, de Horacio Petorossi y “Qué es lo que vez”, de Agustín Delamónica y Hugo Gutiérrez. Ese mismo año graba “San José de Flores” y “Comparancia”. Y en junio de 1937 se despacha con “Mañanitas camperas” y “Que nunca me falte”. No sólo graba, también escribe. Dos poemas pertenecen a su autoría, “Yo no quiero que le escribas” y “Tardecitas de campo”.
Alonso fue un típico cantor solista. Pasó por algunas orquestas, como las de Agustín Galván, Héctor María Artola y Carlos García, pero lo que definió su identidad fue su condición de solista, y siempre acompañado por muy buenas guitarras, como la de José Canet, por ejemplo. Según los entendidos, las mejores grabaciones pertenecen al período con Artola, pero las que han trascendido al gran público son las que hizo a partir de 1967 con Carlos García.
Una pregunta legítima en este caso, es por qué un cantor con dotes excepcionales como las de Alonso, no llegó a tener el reconocimiento que sus condiciones acreditaban. Las respuestas son diversas. Algunos dicen que su condición de solista conspiró en su contra, en un tiempo en que la consagración del canto la daban las grandes orquestas. Otros, hablan de su inconstancia, de su vida disipada, de sus largas giras por América Latina, de su prolongada estadía en Cuba. Lo cierto, de todos modos, es que la gran esperanza del tango, el hombre bendecido por Gardel, Manzi y Troilo, no pudo o no supo estar a la altura de esas expectativas.
Sin embargo, allí están sus grabaciones, alrededor de cien, que testimonian la calidad de su canto. Temas como “Jamás lo vas a saber”, “Rubí”, “Tus besos fueron míos”, “Barrio pobre”, “No me pregunten por qué” , “Yo también”, “Cuando tallan los recuerdos”, “Aquel muchacho triste”, merecen escucharse, porque dan cuenta de su calidad interpretativa, del registro de su voz, de los matices que era capaz de trabajar.
Oscar Alonso se identificó con el peronismo desde su nacimiento en 1943. En esos años, graba “Versos de un payador al general Juan Domingo Perón y Eva Perón”. Años más tarde le dedica un tango a Augusto Timoteo Vandor con letra y música de Alberto Caroprese. Para los amigos de las curiosidades, graba dos temas, “Seguí como sos” y “San Isidro”. Las letras son de quien fuera durante años el intendente de San Isidro, Melchor Posse.
A todas esas hazañas, Alonso siempre permitió que se las mencionaran con afecto, pero a la hora de evocar su recuerdo más querido como cantor, siempre se refería a las veinticinco funciones seguidas a sala llena en el cine 25 de Mayo del barrio porteño de Villa Urquiza. Sus giras por la provincia de Buenos Aires, también fueron memorables por la respuesta del público
Como todo artista popular de su tiempo, incursionó en el cine en películas que no fueron gran cosa, pero que permiten apreciar el tono de su voz. En 1934, actúa en “Los locos del cuarto piso”, dirigida por Lisandro de la Tea. Y en “Pampa y cielo”, de Raúl Guruchaga. Los más veteranos recuerdan de aquellas lejanas tardes de cine, el famoso noticiero “Sucesos argentinos”. Pues bien, hay dos cortometrajes que cuentan con su participación. Allí interpreta “Senda florida” acompañado de la orquesta de Juan Polito y los cantores Carlos Roldán y Chola Luna.
En 1952, Lucas Demare filma “Mi noche triste” donde es posible apreciar a su voz en off cantando el tango de Pascual Contursi. Por último, cómo no recordar su participación en la obra “Boite rusa”, en el famoso Teatro Liceo. Allí, durante dos años 1939 a 1941- estuvo acompañado por los actores José Olarra y Pierina Dealesi.
A partir de 1966 y hasta 1974, Alonso grabó en diferentes ocasiones acompañado por la orquesta de Carlos García. Su voz mantenía su temple, pero empezaba a declinar. Algo deteriorado por los años y los excesos, mantuvo hasta el final de sus días, es decir, hasta el 15 de enero de 1980, su lealtad incondicional al peronismo.

El “Tata” Floreal Ruiz

El “Tata” Floreal Ruiz fue uno de los grandes cantores en un género donde lo que abundan son cantores de muy buena calidad. Roberto Rufino y Julio Sosa ponderaron sin disimulo su maestría. Hugo del Carril lo consideraba un maestro, un maestro con el que se habían iniciado juntos de muchachos cantando serenatas para las novias de los amigos.
En los últimos años de su vida cantó en “Caño 14”. Correcto, profesional hasta en los detalles, una noche le dijo a su amigo José Vizzini: “Llamá a Caño 14 y decile que esta noche no voy a ir”. Se estaba muriendo, pero no faltó sin aviso. La misma corrección mantuvo con los directores de las numerosas orquestas donde brilló con su estilo.
Floreal Ruiz nació en el barrio de Flores el 29 de marzo de 1916 y murió en su Buenos Aires querido el 17 de abril de 1978. Era hijo de José Ruiz y Rosa Raimundo. La militancia anarquista del padre se reflejaba en los nombre a sus hijos. Si uno se llamó Floreal, los otros se llamaron Fraternidad y Libertario. Por supuesto, don José estaba convencido de que el tango era cosa de rufianes y sinvergüenzas. Cuando se enteró de que su hijo cantaba esas canciones lo echó de la casa. Cinco o seis años después se reconciliaron y una de las grandes alegrías del hijo fue ver una noche a su padre entrar al local donde estaba cantando.
El muchacho se había iniciado unos cuantos años antes en la orquesta de José Otero y los biógrafos aseguran que su debut fue en Radio Prieto. Como los problemas familiares eran serios, cantaba entonces con el apodo de Fabián Conde. Con ese apodo grabó la “Marcha de Platense”, a pesar de que toda su vida fue hincha de Independiente. También con el apodo de Conde cantó algunos tangos en la Orquesta Armenonville.
El 4 de septiembre de 1942 ingresó en una de las orquestas más populares de los años cuarenta, la de Alfredo de Ángelis, “el Colorado de Banfield”. Junto con Julio Martel actuó en uno de los templos del tango de aquellos años: el “café Marzotto”, el de Corrientes y Cerrito, y también en LR1 Radio el Mundo. Con el maestro De Ángelis grabó sólo ocho temas, pero consagró una de sus grandes creaciones: “Marionetas”, el tango escrito por Armando Tagini, tema que luego grabará con las orquestas de Troilo y Basso. También a ese período pertenece otra de sus grandes creaciones, “Bajo el cono azul”, un tango de Camilo Volpes que en la grabación de 1944 está precedido por las glosas de Néstor Rodi, el mismo que hará la introducción a “Cómo se muere de amor”, otro de los grandes hallazgos de Ruiz cantando con De Ángelis.
En 1944, Aníbal Troilo lo incorporó a su orquesta. El desafío era grande. Debía reemplazar a Francisco Fiorentino y sus compañeros de canto serían, nada más y nada menos, que el excelente Alberto Marino y luego Edmundo Rivero. Por supuesto, al examen lo superó con las mejores notas. Con Troilo, Ruiz grabó 31 temas, algunos de ellos memorables para la historia del tango: “Naranjo en flor”, “La noche que te fuiste”, “Flor de lino”... Esos tangos se lucirán en los grandes salones de entonces: Marabú, Tidibabo, Ocean, Dancing y los disfrutarán los porteños en aquellos celebres bailes de carnaval donde Alfredo De Ángelis y sus músicos convocaban multitudes.
En 1948, lo llama Francisco Rotundo, y con él grabará veinticinco temas. Poemas como “Aquel tapado de armiño, “Sobre el pucho” y el “Viejo Vals” pertenecen a ese período. En la orquesta de Rotundo se distinguían esos excelentes cantores que fueron Enrique Campos y Carlos Roldán. Para 1955 se sumó Julio Sosa, quien nunca disimulará el respeto y la admiración que le despertaba Floreal Ruiz.
Con la Revolución Libertadora, Rotundo tiene algunos problemas políticos y debe exiliarse. Floreal Ruiz se sumó en esa fecha a la orquesta de José Basso remplazando a Rodolfo Galé. En la formación del maestro Basso grabó alrededor de cuarenta temas, entre los que merecen destacarse “Como dos extraños”, “Muriéndome de amor” y “Vieja amiga”, ese melancólico poema de Cadícamo gracias al cual lo descubrí a Ruiz.
En la orquesta de Basso, convivió con cantores de primer nivel: Oscar Ferrari, Alfredo Belusi, Roberto Florio, Jorge Durán y Alfredo del Río. Al iniciarse la década del sesenta, Floreal Ruiz ya es por mérito propio una de las grandes figuras del tango. Así lo reconocen los directores de orquesta, los críticos y, sobre todo, sus admiradores que suman legión.
Quienes lo conocieron lo describen como un gran amigo, un tipo derecho y sencillo. Por supuesto, le gustaba la noche, pero lo que minó su salud y deterioró su voz fueron los cuatro paquetes de cigarrillos diarios que fumó sin pausa. Siempre estuvo casado con Leonor Videla. La familia y los amigos íntimos lo conocían con el apodo de Piruco, pero todos sabemos que para el gran público siempre será el Tata, apodo puesto por el cantor Mario Bustos. Según se dice, en esas giras que los cantores hacían por el mundo era muy habitual que se gastaran en las mesas de juego, los mostradores o el cabaret la plata ganada en los escenarios. Para evitar estos derroches de los que luego se arrepentían al regresar a la casa, se pusieron de acuerdo para dejar que la plata la administrara Floreal Ruiz, el más ordenado de todos y, por sobre todas las cosas, el más derecho.
Como suele ocurrir en estos casos entre calaveras, las mejores intenciones se vienen abajo cuando con la noche llegan las tentaciones a hombres que no están preparados o no saben decir que no a una mesa de póker, a una copa con alguna señorita o a un show en el cabaret más caro de la ciudad, motivo por el cual se iniciaba el desfile hasta el cuarto de Ruiz para pedirle que les adelante unos pesos, “por esta única vez”.
La leyenda cuenta que esa noche Bustos estaba con unas señoritas en la puerta del hotel y les dice que lo esperen unos minutos, que va hasta el bar a hacer una diligencia. Extrañadas, le preguntan sobre el motivo de su sigilosa marcha. Bustos les responde mirando en dirección a la mesa donde está sentado Ruiz: “Voy a pedirle a Tata Dios que me afloje unos mangos”. Desde ese momento, dejó de ser Floreal o Piruco y pasó a llamarse “Tata”.
Los años sesenta fueron los de su consagración definitiva. Su voz algo se había deteriorado, pero su modulación, su fraseo seguían siendo perfectos. Ya no será más un cantor de orquesta sino que él elegirá al músico que lo acompañe. Así como Sosa convoca a Leopoldo Federico que entonces era director musical de Radio Belgrano, el Tata lo cita al maestro Osvaldo Requena. Luego vendrán otros grandes músicos: José Dragone, Luis Stazo, y Raúl Garello, el director de la Orquesta Típica Porteña, con quien grabará quince temas, los últimos de un itinerario profesional que se extendió durante casi cuarenta años.
Con el maestro Garello grabó poco tiempo antes de morir el tema “Buenos Aires conoce”, escrito por el propio Garello. También pertenece a ese período “Perfume de mujer” de Armando Tagini y “Cuándo volverás” compuesto por el maestro Pedro Maffia. Para entonces, su voz está algo deteriorada, pero a pesar de todo el Tata se las arregla para estar a la altura de las circunstancias.
Capítulo aparte merecen sus interpretaciones a dúo. Cinco temas merecen destacarse por su calidad y la personalidad musical de los intérpretes: “Palomita blanca”, con Alberto Marino; “Lagrimita de mi corazón”, con Edmundo Rivero”; “El viejo vals”, con Enrique Campos”; “Un placer”, con Alfredo Belusi, y “Viejo café” con Jorge Durán.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Gaby Presentará en Mar del Plata “La novia de América”

Los próximos sábado 10 de enero y domingo 08 de Febrero a las 22 hs se presentará en El Argentino Bar de Mar del Plata (Ayacucho y España) el musical unipersonal “La novia de América” sobre la vida y obra de la cantante y actriz LIBERTAD LAMARQUE protagonizada por GABY “La voz sensual del Tango” junto al pianista VICTOR VOLPE.
A partir de una idea del productor José Valle y bajo su producción, la cantante bahiense escribió esta obra intentando plasmar todo el legado que la estrella rosarina dejó al pueblo latinoamericano. Las presentaciones de la misma se iniciaron en Bahía Blanca y La Botica del Angel de la Ciudad de Buenos Aires para recorrer luego gran parte del país.
La obra fue declarada de Interés Cultural por el Ministerio de Cultura de la Nación y el Instituto Cultural de Bahía Blanca; de Interés Provincial y Legislativo Provincial por la Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires y de Interés Municipal por el Honorable Concejo Deliberante de Bahía Blanca.
El espectáculo dura 75 minutos y se hace corto. Gaby opta por un didactismo prodigioso, huyendo de la hagiografía, mostrándonos desde muchos prismas diferentes la vida y obra de la magistral “Novia de America”. La selección musical es apabullante, abarca toda la trayectoria de Libertad Lamarque, se repasa su vida y su obra, se muestran muchas anécdotas y detalles poco conocidos, siguiendo siempre un orden cronológico y una búsqueda de ir siempre un poco más allá. Tiene mucho ritmo y en ningún momento pierde la perspectiva, al contrario muestra múltiples facetas, convirtiéndose así en la crónica de una vida, una carrera y una época y sus vicisitudes.
La actuación tanto actoral como musical de Gaby resultó en esta obra una verdadera sorpresa. Picos altísimos de emoción se registraron al ir desgranando la vida privada de Libertad, especialmente la relación con sus padres, su hija y su amor de toda la vida: Alfredo Malerba. Todo esto intercalado con hermosísimas interpretaciones de canciones épicas de la Lamarque y su legado artístico que nunca morirá.
Conocida como “La Novia de América”, Libertad comenzó su carrera a los siete años de edad en su natal Rosario y no dejó de trabajar hasta el final de sus días, cuando a los 92 años dejó la vida terrena mientras protagonizaba la telenovela “Carita de ángel”, para quedar eternamente en el recuerdo de los países latinos de América. En 1931 fue nombrada “La Reina del Tango” en el Teatro Colón de Buenos Aires, siendo Carlos Gardel y Libertad Lamarque los mayores representantes del tango en el mundo. En 1929 debutó en el cine mudo con “Adiós Argentina”. En 1933 encabezó el reparto de “Tango”, la primera película sonora del cine argentino. Llegó a protagonizar veinte películas en Argentina, una en España y más de cuarenta en México donde su contrato para actuar por tres semanas que se prolongó por 36 años.
- Gaby, qué significa para vos este nuevo proyecto?

Es uno de los desafíos más grandes que he encarado en mi vida. No solamente porque estoy involucrada desde la idea (que es de José Valle y para la cual escribí el guión, luego de investigar bastante acerca de la vida de Libertad), sino porque la puesta en escena requiere una gran cuota de actuación que es algo que siempre me gustó muchísimo pero no he puesto en práctica más que a la hora de cantar. A pesar de que reconozco la dificultad y el gran esfuerzo que debo hacer para superarme a mí misma con nuevas canciones, nuevos ritmos, nueva estructura de show y la dificultad que suma interpretar éxitos de una estrella del nivel de Lamarque, confío en que el reto permanente a los propios límites es un camino que lleva a buen puerto… siempre lo he considerado así, por eso permanentemente me propongo nuevas metas y dificultades a la hora de elegir proyectos. También tengo la fortuna de poder concretarlos gracias a la producción incomparable de José (Valle).
- Sos admiradora de Libertad Lamarque?
La verdad es que nunca valoré tanto su trabajo como ahora. Su voz me parecía muy aguda y en sus primeras grabaciones hasta hiriente, en general las cancionistas de la primera hora del tango tendían a tener ese tipo de timbres vocales muy agudos, con excepciones claro (casos como el de Tita Merello o Mercedes Simone por ejemplo). Pero ahora, escuchándola a lo largo de toda su carrera y en todos los ritmos, viendo sus películas, conociendo su historia, su ser autodidacta y la cúspide a la que llegó, es imposible no admirarla. Me llena de orgullo que una artista del interior del país que se jugó por sus sueños y luchó contra todo tipo de adversidades en el plano personal haya llegado tan lejos; capitalizando las dificultades que le ponía el destino, cuidando su integridad física para mantenerse intacta hasta los últimos días. Fue una mujer muy sana, responsable, profesional, luchadora y cuidadosa de los detalles… todas esas cosas se ven reflejadas en la obra, especialmente en lo que atañe a su vida privada que es lo más desconocido por el público; sus éxitos profesionales son muy populares ya.
- Cómo ha tomado el público la puesta en escena de la obra?
Tengo la fortuna de poder decir que el público fue maravilloso con el resultado, he tenido muy buenas críticas y cada presentación hace que la puesta se perfecciones y despierte un cúmulo mayor de sentimientos entre la platea. "La novia de América" cuenta la historia de una estrella exitosa pero también de una mujer que sufrió muchísimo en su vida personal; sin duda quienes vayan a verla no se van a arrepentir.

La repatriación de los restos de Gardel, una jugada política de Justo

En plena “Década Infame” el general-presidente Agustín P. Justo estaba francamente preocupado por el
cariz que iba tomando el debate de las carnes que comprometía a un creciente número de funcionarios de su corrupto gobierno. El senador santafecino Lisandro De la Torre y sus denuncias contra el frigorífico Anglo y los ministros de Agricultura, Luis Duhau, y de Hacienda, Federico Pinedo, ocupaban las primeras planas de los diarios. Cuenta Helvio, el hijo del célebre Natalio Botana, que el general presidente tomó el teléfono y habló con su padre, el legendario dueño de Crítica, el diario más leído de la época, para ver qué se podía hacer para distraer a la gente.
Estaban en esos intercambios de ideas cuando se produjo la trágica muerte de Carlos Gardel en Medellín, Colombia, el 24 de junio de 1935. El gobierno argentino, tan alejado de lo popular, no le había prestado la menor atención al tema que conmovía a las grandes mayorías. El tema llegó a la tapa de los diarios. Noticias Gráficas publicó un titular a toda página que decía: “Censúrase la indiferencia de la Cancillería (Argentina) por la repatriación de los restos de Carlos Gardel”.
A los pocos días a Justo y a Botana se les habría ocurrió la idea salvadora: ganarle la partida al gobierno uruguayo que a cuatro días del accidente de Medellín ya había comenzado los trámites para repatriar a Gardel. La cosa no era sencilla porque la ley colombiana prohibía la exhumación de un cadáver hasta cuatro años después del fallecimiento. Había que recurrir a las máximas autoridades, o sea, al presidente colombiano Alfonso López y pedirle que los restos vinieran hacia la Argentina. Tras la decisión de la madre de Gardel, doña Berta de que los restos descansen en Buenos Aires y no en Montevideo, y los engorrosos trámites llevados adelante por Armando Defino, representante del cantor, el presidente de Colombia, autorizó la exhumación y el traslado a del zorzal a su Buenos Aires querido. El general Justo tendría su beneficio político y don Natalio la posibilidad de iniciar en Crítica una serie interminable de notas sensacionales sobre la vida, obra y muerte del morocho del abasto que agotarían todas las ediciones del diario.
Dice Botana hijo: “Natalio lo comprendió. [Gardel] era el símbolo de la alegría, de la limpieza criolla adecuado para oponerlo a la hora de descrédito y decepción que sacudía a la República. Fríamente, como sólo ellos podían hacerlo, analizaron con el presidente Justo esa poderosa imagen positiva que el mundo nos devolvía. Fue así que a ocultas, sabia y tenazmente, aceleraron el culto a Gardel y desviaron la mirada de la opinión pública. El Estado puso su parte; Crítica lo suyo. Se demoró ex profeso la vuelta de sus restos durante seis meses, buscando que la apoteosis tapara lo que por razones de Estado se debía olvidar  .
El lujoso ataúd con el cadáver del argentino más famoso de su tiempo partió de Medellín el 17 de diciembre de 1935. El cuerpo fue llevado a Panamá y de allí a Nueva York a donde arribó el 6 de enero de 1936 y fue velado durante una semana en una funeraria del barrio latino a la que concurrieron cientos de admiradores locales de Carlitos. De allí partió Defino con el cuerpo el 17 de enero de 1936 haciendo escala en Río de Janeiro y Montevideo donde también se le rindieron sentidos homenajes.
Finalmente el ataúd que traía al hombre que a partir de entonces comenzaría a cantar mejor cada día, llegó a Buenos Aires el 5 de febrero de 1936. Tanto el velatorio, que tuvo lugar en el Luna Park, como el entierro fueron, fueron junto a los de Yrigoyen, Evita y Perón, de los más multitudinarios de la historia argentina. La inauguración oficial de la nueva avenida Corrientes ensanchada estaba prevista para 1937 pero todo el pueblo de Buenos Aires decidió inaugurarla por su cuenta casi un año antes recorriéndola de punta a punta, desde la catedral del Box a la Chacarita para acompañar a Carlitos hasta “su última morada”, como gustaban y gustan decir los diarios. Eran decenas de miles que de tanto en tanto podían ver en las paredes sobrevivientes los restos de un empapelado, las intimidades interrumpidas de aquellas casas de Corrientes y también la nueva forma que iba adquiriendo la vieja calle con sus teatros reconstruidos y sus bares reciclados.
Y como el general Justo quería, los diarios no se ocuparon de otra cosa durante semanas. Gardel, sus familiares, sus amigos y el pueblo que lo lloraba eran lógicamente ajenos a las maniobras de un gobierno insensible y decadente. Pero la cultura popular ha acuñado la frase plenamente vigente: “es Gardel” para referirse a alguien fuera de serie. En cambio, al período del general Justo, aquel régimen corrupto que en el intento de acallar a De la Torre mandó asesinar por un sicario en plena sesión del Senado a su compañero de bancada, Enzo Bordabehere, le reservó el calificativo simple y lapidario de “infame”.

Homero Manzi y la influencia de lo popular en América

Al debatir la Cámara de Diputados, en mayo de 1951, la posibilidad de homenajear al poeta Homero
Manzi, recientemente fallecido, el diputado peronista John William Cooke alegó: “Muchas veces esta Cámara rinde respetuoso homenaje a los espíritus menores, soldados que batallan impávidos la campaña de la vida, sin esperar otra recompensa ni otra paga que la justa. Homero Manzi, el poeta recientemente fallecido, fue uno de esos hombres. Su pasión del pueblo lo volvió sin cesar a su fuente, y en ella enraizó su arte con la cálida verdad que exprimía del mundo palpitante que lo rodeaba”. Homero Nicolás Manzione –tal su verdadero nombre- había nacido el 1º de noviembre de 1907 en la localidad santiagueña de Añatuya. Quinto entre ocho hermanos, hijo de un modesto empresario rural, Manzi se mudó con su madre a Buenos Aires cuando tenía nueve años. Pompeya fue el mundo de su infancia, la que le inspiró el amor por lo barrial. De joven, comenzó a escribir poemas y escenas teatrales y, muy pronto, sus primeros tangos.
Entonces, ya había ingresado al mundo de la política en un comité radical. El golpe de 1930 lo encontró como profesor de literatura de colegios nacionales y defendiendo la causa yrigoyenista. Tras una breve estadía en la cárcel, Manzi volvió al barrio y desató entonces su pasión por el tango. Habitué de cafés y milongas, entabló relaciones con Enrique Santos Discépolo, Leónidas Barletta, Nicolás Olivari, Roberto Arlt, Aníbal Troilo, Lucio Demare, Cátulo Castillo y Sebastián Piana, entre muchos otros, con quienes compartió largas charlas o para quienes escribió numerosas letras. No tardó en convertirse en uno de los poetas, letristas y rimadores más reconocidos del país, inmortalizando tangos como “Sur”, “Malena”, “Che, bandoneón” y “Milonga sentimental”, entre otros. Compositor de tangos, valses, candombes y milongas, no fue la música el único ámbito de indagación de los sentimientos nacionales. Manzi también fue periodista y director de cine, destacándose su adaptación de la novela de Leopoldo Lugones La guerra gaucha.
Pero a la par que plasmaba en el tango la poesía a la clase humilde, Manzi prosiguió su militancia política. Partidario del abstencionismo y la insurrección, en su combate contra el régimen de la década infame, su casa se convirtió en una especie de comité clandestino, que llegó a albergar pólvora para la fabricación de bombas caseras, hasta que accidentalmente estalló en pedazos el baño. Fundador de FORJA, a mediados de los ’30, junto a Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, se alejó de la política años más tarde y se mantuvo distante y hasta opositor al peronismo emergente. Sin embargo, hacia 1947, ya miraba con otros ojos al presidente Juan Perón y, a finales de aquel año, en un mensaje radial, lo equiparó a su fallecido líder, Hipólito Yrigoyen, como forjador de la causa nacional. Pero entonces enfermó de cáncer. Falleció tiempo después, a los 43 años, el 3 de mayo de 1951. Para recordarlo, ofrecemos las palabras en prosa poética que publicara el 6 de mayo de 1948 en el periódico Línea, del cual fuera director honorífico, cuando los fuertes dolores ya habían comenzado a atacarlo.

Fuente: Luis C. Alen Lescano, Homero Manzi, poesía y política, Buenos Aires, Nativa, 1974.

Discepolín por Tania

El 23 de diciembre de 1951 moría en Buenos Aires Enrique Santos Discépolo, el gran poeta del tango,
autor deCambalache, Yira… Yira…, Cafetín de Buenos Aires y Uno.Su compañera Tania así lo recordaba en estas líneas, publicadas en el diarioLa Opinión Cultural el 17 de diciembre de 1972.
Fuente: Diario La Opinión Cultural, domingo 17 de diciembre de 1972.
Por las madrugadas, cuando cierta nostalgia invade a los clientes de Cambalache, una whiskería donde se escuchan tangos, una mujer gastada pero sonriente se instala ante el micrófono y declama –literalmente-, las mejores letras de Enrique Santos Discépolo. Es Tania –Ana Luciano-, una española de edad incierta que vivió casi 25 años junto al mayor poeta de la canción popular porteña. Ella cantaba Esta noche me emborracho antes de conocer a Discepolín y aún hoy, a 21 años de la muerte de su esposo, sigue interpretando sus angustiados versos. La semana pasada, Tania narró ante Osvaldo Soriano, redactor de La Opinión, sus recuerdos de juventud, su relación con Discepolo, las anécdotas más reveladoras de la vida del autor de Uno. Tania dice: “Mi vida es la vida de Discépolo”. Así lo confirma su relato.
Mi carrera empezó a los ocho o nueve años, en Toledo, España. Como mi padre era militar, lo destinaron a Valencia. Allí se hacía mucho teatro filodramático. La gente, en vez de ser aficionada al juego a las carreras, se acercaba al teatro. Todo el mundo hacía obritas. Yo trabajaba siempre. Era una niña muy bonita, muy mona, con bucles muy graciosos. Pero ante todo, era una moza muy atrevida que sabía bailar, cantar y tocar las castañuelas.
Empecé a trabajar en una troupe de esas que estaban muy de moda entonces, en las que todo giraba alrededor de algunas figuras estelares y el resto eran números menores.
Vinimos a la Argentina en 1924 con la Troupe Ibérica. Yo tenía 17 años y, entre otros, venía Pablo Palitos. Antes habíamos ido a Francia al Marruecos español y al Marruecos francés. En el grupo había bailarines, acróbatas, cantantes, en fin, todas las atracciones. En esas giras yo viajaba con mi mamá, pero a la Argentina ya me vine casada con uno de los bailarines de la troupe.
Debutamos en el teatro Casino, que en ese entonces reunió las mejores atracciones del music-hall. Copamos todo el espectáculo porque la troupe era enorme y tuvimos gran éxito. Pasaron muchas cosas para que me quedara en la Argentina. Yo era apenas una muchacha muy mona, que cantaba y bailaba, pero nada más. No me sentía estrella; por el contrario, era una chica humilde que cantaba bulerías.
Me quise cambiar el nombre porque Tania sonaba muy a ruso, qué se yo. Hablé con el empresario y le dije que quería usar mi verdadero nombre –Ana Luciano-, que me gustaba más. Él me convenció de que Tania era mejor, porque la gente ya me conocía por el nombre.
La troupe empezó a disgregarse. Al empresario le convenía hacer grupos para poder trabajar simultáneamente en Rosario, Mendoza, Brasil. Nos costó mucho separarnos porque veníamos trabajando juntos desde España. Yo me fui a Brasil con mi marido y un grupo de compañeros. Resultó que allá no gustaba la canción española que yo hacía. Era un problema. Pero en el grupo iba un dúo de guitarras que tocaba folklore. Lo dirigía Mario Pardo y era lo que hoy los Hermanos Ávalos. Uno de ellos era el autor de Claveles Mendocinos. Estos muchachos me decían: “Vos cantás tangos en el camarín, ¿por qué no te largás en el espectáculo?”. Yo les contesté que no me animaba, pero insistieron: “Vos en España estrenaste el tango Fumando espero”. Tenía razón. El autor era español y allí se cantó mucho. Todas las grandes estrellas hacían Fumando espero. Salían con grandes boquillas echando humo y tenían mucho éxito.

Entonces, un día, en un festival de beneficio, canté ese tango. Se pasaban películas y después, para completar, se hacía número vivo. Gustó. Luego el grupo volvió a disgregarse. Mientras algunos se iban de gira por el interior del Brasil, yo me quedé con el dúo y con un par de bailarines que hacían piezas internacionales. Tuve que empezar a aprender otros tangos. Como todos los que saben poco empecé a aprender los más difíciles. Igual que esos guitarristas malos, que siempre tocan a De Falla. Aprendí A la luz de un candil, Sentencia, ese otro de “arrésteme sargento”, todo trágico porque yo me sentía mejor así. Ya conseguía más fuerza para interpretar, porque tenía diecinueve años. El empresario me ofreció quedarme tres meses. Pero sólo el dúo y unos acróbatas. Nos fuimos de gira a San Pablo, Río Grande, Pelotas y todas las ciudades importantes. En San Pablo me encontré con un empresario argentino, que se llamaba Argüelles.
Él nos había visto cuando actuamos en Buenos Aires y se acordó: “Yo te conozco, estuve con vos cuando llegaron de España”. Entonces me ofreció volver a Buenos Aires para cantar tangos. Se iba a inaugurar un cabaret, el Follies Berger, que era parecido al Chantecler y al Tabarís. Me dijo que pagaba los pasajes y me ofreció un contrato. Esto era en 1926. Yo no sé por qué quería que cantara tangos. No tenía estilo ni nada. Tal vez alentado por el éxito de Azucena Maizani, a quien yo admiraba mucho. Ella se vestía de gaucho, pero a mí me dijo que conservara mi vestuario, que era muy europeo. Tenía que salir de soirée.
En ese lugar había muchas mujeres contratadas, de manera que no era fácil escapar a los celos y las habladurías. Pero yo tenía algunas ventajas: primero, que estaba con mi marido, después, que nunca tuve pinta de vampiresa y todas empezaron a sentir ternura por mí, me protegían. Empecé a cantar tangos. Iba a verme gente importante: Razzano, Firpo, Fresedo, Canaro, todos iban a ver a la galleguita que cantaba tangos. También lo conocí a Gardel, pero nunca fui muy amiga de él, porque en la época que pude serlo ya se fue de gira al exterior. Pero el que más venía era Razzano, (que invitaba a otra gente). Un día Fresedo me ofreció grabar un tango con él.
Empecé a crecer. Pero a crecer como se hacía antes, ganando dos mil pesos por mes, no como ahora, que los artistas se hacen millonarios de la noche a la mañana. Grabé el tango con Fresedo. Otro día vino Firpo y me dijo: “Tania, ¿quiere cantar conmigo en el teatro Casino, en un gran espectáculo? Voy a llevar tres cantores. Mi orquesta nunca tuvo mujeres. Me gustaría que usted fuese la primera”. Fui a cantar estribillos, como se usaba entonces. Pero también seguí en elFollies Berger.
Un día, Razzano lo encontró a Enrique Santos Discépolo en el restaurante El Tropezón. Discepolín iba allí a cenar con los cerebros de la época y no tenía nada que ver con el cabaret, pero Razzano lo convenció para que fuera al teatro a ver a la “gallega que canta Esta noche me emborracho”. Ese tango lo había estrenado Azucena Maizani, no yo, como cree mucha gente.
Una noche fue a verme con un grupo de amigos. Al terminar el espectáculo, me lo presentaron. A mí me daba lo mismo Discépolo, Razzano, Fresedo, qué sé yo, en esa época estaba en otra onda. Yo iba al hipódromo, a las carreras, me importaba ver qué vestidos y qué alhajas me ponía, qué coche usaba. Pero esa noche, Discépolo me invitó a verlo actuar en un sainete que estaba haciendo con su hermano Armando. Yo no le di mucho corte, lo único que podía sacudirme entonces era un galán o algo así.
Me decían: “Este es el autor de Esta noche me emborracho, el hermano del gran dramaturgo Armando Discépolo”. A mí no me iba ni me venía. Sin embargo, él era un hombre que atrapaba a la gente por sus maneras, por su forma de ser. Recuerdo que me dijo como veinte veces “no se moleste por mí”. A mí me pareció una falta de educación irme, así que dejé que me invitara. Me dio un palco y lo fui a ver. Sí, me pareció buen actor. Entré a saludarlo y me invitó a cenar en El Tropezón. Creo que fui dos veces a charlar con él pero me aburrí mucho. Estaba rodeado de gente. Eran todos cráneos y yo no entendía nada de lo que hablaban. Un día me mandó una caja de marrons glacé. Eso me conmovió mucho, entonces fui yo quien lo invitó a tomar un té alRichmond, que era donde iba la gente de mundo de la época. “Cómo no”, me contestó. A mí me parecía un muchacho fino, elegante, distinto a la gente que conocía yo, que era muy rica pero con otro estilo.
Salimos uno y otro día. Creo que fui yo quien lo conquistó a él. Se fue dejando conquistar de a poco. En esos días yo me estaba separando de mi marido. Fue una cosa sin peleas, sin líos, hicimos una separación legal y él se fue a España. Creo que la aparición de Enrique precipitó todo. Mi vida empezó cuando lo conocí a Discépolo. Entonces nací.
Recuerdo que fui yo la que se declaró. Le dije: “¿Por qué no salimos? Yo tengo coche”. Él me contestó: “Yo no, yo soy pobre”. Tuve que decirle que yo tenía coche pero no era rica. Ahora me resulta absurdo; salíamos con mis amigas, todos juntos.
Paseábamos por Palermo. Yo era más atrevida o más audaz que él. Íbamos acá, allá, a cenar, todo fue tan lindo… Un día me dijo: “Encontré un departamento precioso”. Era un bulín frente a El Tropezón. Por entonces yo vivía en un piso en Uruguay casi Corrientes. El cambio para él fue un poco trágico. Para mí no tanto porque me quedaba sola en un piso, le había dicho chau a mi marido y quedaba libre. Pero para él era casi trágico, porque vivía con Armando, que era como un padre para él. También vivían allí otra hermana y el cuñado. Un día Enrique sacó un par de zapatillas y un pijama, otro día la máquina de escribir, otro día decide que no va a volver allí. Así que tuvieron unas discusiones momentáneas. Eso lo amargó bastante.
Lo primero que se llevó fue un armonium que usaba para dar serenatas con Filiberto, Riganelli y otros. En la casa teníamos cuatro muebles locos. Entonces llegó mi hermana de Europa y se vino a vivir con nosotros. Yo dejé de trabajar porque mi vida había cambiado. A él no le caía bien que yo siguiera en el cabaret, así que aprovechamos que se me habían presentado algunas giras con un trío de tangos.
Le cuento mi vida con Discépolo, o su vida, porque en verdad yo no existía sin él. Él trabajaba con su hermano, pero no quería salir de gira. Siempre yo ganaba un poco más que Enrique y así se compensaba todo. Él era muy él. La gente suele decir que yo lo dominaba. No es cierto, a Discépolo no lo dominaba nadie. Tenía una paz que daba la sensación, que era yo la que lo dominaba, pero no.
Yo nunca creí que un hombre me iba a decir: “Mirá, me voy a caminar por Corrientes, pero solo”. O también: “¿Por qué no te vas con un amigo o una amiga y venís tarde que quiero escribir?”. Siempre quería estar solo. Después era más fácil, porque compramos una casa en La Lucila y tenía todo el país para él.
Era un descontento. Él leía una obra de teatro suya y le decían “¡Qué bien!”, y luego, al día siguiente, la rompía. Le costaba mucho escribir. Yira yira le llevó dos años.
En el teatro Argentino hizo con su hermano Armando y con Faust Rocha, Fin de jornada, Lluvia, El grillo. Yo seguía cantando tangos y la Tania español había quedado atrás.
Enrique era una caja de sorpresas. A veces se aparecía con varios amigos, sin avisar nada, pero no me permitía que pusiera mala cara. Imagínese usted a la chiquilina caprichosa que era yo, acostumbrada a hacer lo que quiere, frente a tales circunstancias. Yo tengo que haberlo querido mucho porque si no, cómo resigné mis ideas a bailar a Olivos, mi farras, por un tipo que era todo lo contrario a mí. ¿Cómo pude pasar del gran jolgorio a las charlas intelectuales? Sí, lo quería mucho.
Recuerdo que él escribía las letras de sus tangos una y otra vez. Se paseaba por la habitación y me las leía, después casi siempre las destruía. Los únicos tangos que escribió rápidamente fueron Cafetín de Buenos Aires y Uno, porque íbamos a debutar en el teatro Casino y no teníamos tangos, además había que hacer una película y necesitaban Cafetín de Buenos Aires. Entonces los escribió en tres o cuatro meses. Para él, eso era una velocidad increíble.
Nunca se le dio por escribir prosa. Yo no sé por qué. Él podía estar horas hablando y fascinando a todo el mundo. Alain Delon no hubiera tenido nada que hacer en una reunión donde estuviera Discépolo. Por ejemplo: llegamos a París, conocíamos a tres personas y al mes ya estábamos rodeados de tanta gente que era increíble.
Un día me dijo: “¿Sabés qué me gustaría ser? Linyera, para no hacer nada”. Ahora, él hubiera sidohippie, para ir por los caminos sin que nadie lo moleste, sin hacer nada.
Yo lo llamaba “Don Fulgencio”. Parecía que nunca hubiera tenido infancia. Cuando fuimos a la casa de La Lucila, él se compró un mameluco jardinero y estaba todo el día con la manguera y las plantitas. Muchos dicen que si viviera, estaría lleno de plata. ¡Qué equivocados están! No tendría un peso, porque no le gustaba trabajar. Decía: “Yo tengo una mujer preciosa, tengo un gato, una casa muy bien puesta y hasta personal de servicio. ¿Qué más quiero?”.
El gato se llamaba Morris. Era un gato reo, reo, negro, grande, que llegó un día a la casa, perdido. Le dijo: “Te voy a poner Morris porque sos inglesito”. Era un gato de albañal que se peleaba por ahí y venía todo lastimado.
Enrique tenía su piso de arriba en la La Lucila, con vista al río, donde trabajaba en sus cosas. Todos los días a las siete de la tarde, cuando se ponía a trabajar el gato subía la escalera, entraba y saltaba al escritorio. Él no le permitía a nadie tocarle los papeles pero Morris se desparramaba por encima, arrugaba todo y recibía sonrisas. El gato no se daba con nadie. Hablaba con él, lo seguía por el jardín, ocupaba un sillón de raso que yo quería mucho. Un día, cuando lo vi en el sillón, le dije: “¿A vos te parece que el gato puede estar allí, todo sucio como anda, sobre ese sillón de raso blanco maravilloso?” Él me contestó: “Hay tantos que se sientan en ese sillón y que no lo merecen. Dejá que se siente el gato”.
Un día íbamos para La Lucila en el auto y él ve un tipo durmiendo en un zaguán. Frenó, se bajó, se sacó el sobretodo y se lo puso encima, encima del tipo. Yo le dije: “¿Cómo le das el sobretodo?” y él me responde: “¿Sábes los sobretodos que me van a dar mañana cuando salga, aunque no tenga plata? En la sastreras me quieren mucho”. Otra vez le di diez pesos a un pobre y él me sacó la mano y le dio mil pesos. Yo puse el grito en el cielo, pero Enrique me dijo: “¿Qué iba a hacer el pobre tipo con diez mangos? Con mil tal vez puede solucionar algo”. Yo me tuve que ir haciendo a ese estilo.
Su único defecto fue creer demasiado en la gente. Pero contra lo que dicen muchos, él no tenía nada que ver con esa angustia que había en sus tangos. El lo dijo veinte veces. Con Chorra, por ejemplo, me contaba que conoció a un tipo al que le habían hecho eso: un tipo de un mercadito, que se enamoró de una mina, qué sé yo. Me contó una vez que él había tenido una novia de la que estaba muy enamorado. Un día decidieron suicidarse en el río. Llovía mucho y Enrique fue a esperarla a la costanera para tirarse juntos al río. De pronto ella llega en un taxi, baja y Enrique ve que se había puesto un perramus y tenía un paraguas. Entonces le dijo: “Yo te espero debajo de la lluvia y vos te venís así, toda tapada; rajá, no merecés ni suicidarte”.
En la casa de La Lucila había un cuadro, una puntura muy linda en la que yo aparecía muy hermosa mirando hacia la puerta de entrada. Un día llego y el cuadro no está. Le pregunté a la muchacha de la limpieza: “¿Qué pasó con el cuadro? ¿Se cayó, se rompió?” M dice: “No, el señor mandó a retirarlo y ordenó que lo colgáramos en el garaje”. Cuando Enrique vino le pregunté por qué lo había hecho: “¿Sabés qué pasa? –me dijo-. Tenías un gesto como diciendo: ¿para qué vienen acá? Lo mandé sacar para que no se ofendieran las visitas”.
Él podía vivir con poco. Decía: “Los pilotos norteamericanos bombardean Corea y comen apenas un chocolatín. Total, yo no tengo que bombardear Corea”. Era un tipo alegre a su manera. Siempre con amigos: Canaro, Fresedo, Lomito, Manzi, venían todos a casa con las novias y esposas. También jugaba a las carreras pero sin plata. Se compraba la Verde, elegía los caballos y jugaba de grupo. Al caballo tal y al caballo cual, y decía “perdí” o “gané”. Hacía cosas de chico.
Yo siempre trabajé más que él. Enrique no era trabajador. No tenía hora para escribir. Se levantaba a la una de la tarde y salía a caminar a ver a sus amigos. Yo tenía que preocuparme de que comiera porque era un inapetente. Creo, en serio, que a él le hubiera gustado ser hippie para eludir el trabajo. En sus últimos años estaba muy cansado. Se angustió mucho por el asunto ése de las charlas por radio durante el gobierno de Perón. A él nunca lo obligaron a decir algo que no quería. Él lo conocía a Perón desde que éste era teniente coronel y tomó lo de Mordisquito como una obligación para consigo mismo. Lo angustió mucho la reacción de algunos amigos que dejaron de hablarle, le quitaron el saludo. Él no podía soportar que lo creyeran obsecuente. Jamás lo fue. Sin embargo, esa angustia nunca me la transmitió a mí. Nunca me dijo nada. Creo que esto tuvo mucho que ver con su muerte. El cansancio y esta angustia.
Se murió de repente. Estábamos planeando un veraneo de un mes en Pinamar y luego teníamos que ir al casino de Mar del Plata a hacer Blum. El 22 de diciembre de 1951 se sintió cansado y no se quiso acostar. Se quedó en el sillón ése del living, frente al balcón. Era como el gato: le gustaba mucho tirarse en un sillón. Parece que la gente hubiera intuido la tragedia: Osvaldo Miranda, pasaba por la calle y subió a charlar un rato. Vino también otra gente que no tenía por qué venir. Hasta el valet, que tenía su día libre, vino. Cuando ya no quedaba nadie por llegar, empezaron a visitarlo médicos y más médicos. Yo no me daba cuenta de nada. Miranda y mi sobrino estuvieron con él hasta último momento. El día 23 a las diez de la noche me nombró “Tania…”, dijo y cerró los ojos.Si la ventana hubiera estada abierta yo me habría tirado. Estaba desesperada. En el verano me fui sola a Pinamar. Estuve cinco meses. Lo que le voy a decir es una cursilería, pero pensé mucho en Alfonsina Storni. Mientras miraba el mar pensaba en su coraje para meterse en el agua y no volver. Pero fui cobarde primero, fuerte después. Sabía que tenía que vivir y asumí su muerte. Sólo quien vivió con Enrique puede saber lo difícil que era perderlo. Aún hoy mi vida es la suya. Por eso me refugié en Cambalache, donde todavía canto. ¿Qué otra cosa puedo hacer?