Un baluarte de la escena argentina, trasformado en una verdadera enciclopedia de la "belle époque" porteña, desgrana reminiscencias
-Nací en San Telmo, en la calle Venezuela, entre Bolívar y Defensa; y me crié en México, entre Paseo Colón y Balcarce; barrio de guapos. Y de tangos también. Mi padre (Francisco Lusiardo) era toldero, socio de la firma Longobardi; le dieron unos pesos y vendió su parte: era un hombre como yo, así, sencillo, sin pensar en el futuro, que le gusta la salud; porque con salud se araña.
—¿Así que podría haber sido millonario?
—Yo tengo los millones encima, ¿no le parece?; andar caminando por estas calles, viendo todo esto que lo he caminado tanto, ¿no vale una fortuna ya?
—Cuénteme de su madre.
—La toldería de papá estaba frente al correo viejo, en Bolívar y Moreno, y mamá (Elvira Amuedo) se sacaba "la diaria" —como decimos nosotros los porteños— poniéndole el lacre a las cartas. Era española de Vigo y me decía Titinho (Recuerda una hermana muerta, Titinha, y tres hermanos varones: Mario, Alejandro y César, "que soy yo"). Papá era uruguayo; mi abuelo tenía una gran toldería, muy famosa, en Montevideo. Tengo mucha familia allí; todas mis primas son dotoras que se dedican hace años a la parálisis infantil.
—¿Y a usted no le dio por estudiar? (Niega con un gesto). ¿Cómo era de chico?
—Un vago. Más o menos; bailaba. Bailaba siempre ahí, en Bolívar y Moreno, al compás del organito; qué tendría: doce, trece años.
—¿Terminó el colegio primario?
—Sí, el quinto grado terminé; acá en el colegio Catedral Norte, en Reconquista entre Lavalle y Corrientes. Yo vivía por allí, porque mi padre tenía ahora la toldería en la calle Tucumán, entre Cerrito y Artes, que ahora es Pellegrini; en la esquina estaba el Colón. Yo vivía en Corrientes 540; tendría cinco o seis años; era un chiquilín y me acuerdo que lo veía al general Mitre, mire; siempre pasaba por allí. Era un hombre alto, pero éstos son recuerdos muy viejos.
—¿Dónde vive ahora?
(Con satisfacción). —En Paraná y Corrientes, frente al teatro San Martín.
—Siempre en la calle Corrientes: no afloja.
—Uno de los dormitorios daba al Chantecler; se veían las pistas, cuando estaban allí, bailando.
—¿Volvemos a la infancia? (Admite con un gesto amable, pero ligeramente compadrón.) ¿Qué travesuras hacia?
—Aparte de llegar tarde a la escuela, jugábamos al fútbol, hacíamos guerrilla barrio contra barrio ...
—... ¿y usted qué tal era? ...
—... más o menos bien, sí; sabía dar y me daban también, pero ...
—... ¿le quedan amigos de esa época?
—No; imagínese: ya cumplí setenta y un años (Por las dudas). Sí, tengo, tengo edad, sí, pero no vejez (alardeando un poco, haciendo casi un corte, allí, en plena silla, en la que está sentado), y bailando todavía. Yo debo estar embalsamado (y se ríe con ganas, pero para adentro), porque hacer
dos programas (de televisión), estudiarme de memoria dos programas de hora y media, es estar embalsamado.
—¿Quién le enseñó a bailar?
—Solo. A mamá le gustaba mucho el baile. En aquella época se hacían fiestas en las casas, los domingos a la tarde. Allí aprendí a bailar. Venían a veces una guitarra y un bandoneón; se bailaba tango, entre vecinos, porque en esa época se hacía un culto de la amistad. (Pausa.) Por esos años mi padre adornaba todos los corsos de Buenos Aires, en los carnavales; los corsos de Florida y de Corrientes.
—¿A usted de qué le gustaba disfrazarse?
—Nunca me ha gustado; nunca.
—¿El asunto del teatro cómo empezó?
—El asunto del tiatro fue porque mi padre alquilaba el sótano del negocio para los aficionados (tiatros de aficionados); el sótano de Tucumán y Artes; le estoy hablando del año seis o siete, ya tendría doce años. Y ahí empecé yo a entusiasmarme con el tiatro. Yo era empleado del bazar París, que estaba en Chacabuco y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), y me gustaba pasar por el Café de los Inmortales; me interesaban las crónicas, ver a los actores.
—¿Qué otros trabajos hizo?
—Fui empleado de Escasany; del bazar París, fui cadete, y de una gran ferretería en Pellegrini y Tucumán. Y ahí pasé al tiatro como utilero en el Nacional. Ganaba un peso por noche, le estoy hablando del año trece, tendría dicisiete años. Y como actor empecé del diciocho pal dicinueve. Estaban haciendo "El cabaret", de Carlos María Pacheco, y un día se enfermó la pareja de baile y tuve que salir yo. Me pusieron el smoking y bailé. Y salí bien. (Pausa.) Ahí empezó; me contrataron, me hablaron para que siguiera como partiquino en una obra de Pelay, "Bajo Belgrano", donde tiré dos bocadillos; hacía de vareador. (Pausa.) Y así siguió la cosa, hasta que salimos de gira, que era algo peligroso.
—¿Por qué?
—Porque a veces nos dejaban varados en cualquier parte; porque no entraba plata y había que venirse (haciendo un gesto, casi un requiebro), o saltar por la ventana. (Pausa.) Una vez que salimos con la compañía de Ramírez, El Cabezón, nos llevó toda la plata: "el monte"; tuvimos que hacer un lío para que pudiéramos salir todos de la fonda: nos escapamos y nos escondimos en un vagón, pero el fondero nos siguió con la policía. (Sintetizando.) Ramírez arregló las cosas, de palabra. (Pausa.) Después de esa gira me contrataron para el Variedades, frente a plaza Constitución, y una noche en El Tropezón vino un autor y me habló para El Nacional. En aquella época decir El Nacional era como decir.. .
—... el Follies Bergere.
(Admite con un leve gesto.) —Yo estaba haciendo una pieza que había estrenado Arata-Simari-Franco, "Cabaret Montmartre"; ahí me bailaba como seis tangos por noche.
—¿Qué le gusta más: bailar o actuar?
—El teatro, por sobre todas las cosas: usted está frente a las fieras. He bailado porque el actor necesita siempre...; bailo cuando lo requiere la escena, y como he hecho siempre esos papeles porteños y como parece que los he sacado bien (algo en broma, algo en serio), porque todavía estoy ahí, dándole, dándole al asunto, ¿no es verdad?; que hasta la gente ya se admira de verme seguir.
—¿Conoció otros buenos bailarines?
—He conocido. El vasco Aín, que bailó ante el Papa, en el veinticinco; he conocido al Mocho, al Cachafaz —un hombre sereno—, y a un gran bailarín y actor cómico que se mató en El Nacional, Delfor Robledo; daban la obra "Los reservistas" y estaban tirando tiros; en el momento en que tiraban tiros en la escena, él tiraba tiros en el patiecito que había en El Nacional viejo; no entraba en el segundo acto; esa vez se olvidó que había quedado una bala y dijo (acompañando con el gesto de llevarse el revólver a la sien), "así se mata un hombre", y se mató.
—¿Cuál ha sido el mejor bailarín, para usted?
—Todos. He conocido a gente muy bien, de la aristocracia, bailando.
—¿Es cierto que Ricardo Güiraldes era muy bueno para bailar?
—Sí, cómo no. Güiraldes, Imagínese; y toda esa gente, Macoco Alzaga Unzué, toda esa gente bien. Los he visto en los cabarets, cuando uno iba; aquí el Pigalle, el Maipú Pigalle, el Royal que es el Tabarís, el Ca-sino Pigalle y en el Palais de Glace que funcionaba en ese edificio que hay en la Recoleta, y el Armenonville, que estaba donde estamos nosotros, en el Canal 9; si yo a veces, cuando entro al canal, digo: "pero hombre, pero qué cosa, qué alegría me da estar todavía aquí".
—¿Usted iba siempre?
—Iba de vez en cuando, ya era actor, ¿no es verdad? Me llevaban, iba con amigos. No todas las noches.
—¿Es cierto que cuando debutó el dúo Gardel-Razzano en el Armenonville, en una mesa estaban sentados Güiraldes y Newbery?
—Posiblemente, porque frecuentaba mucho, cómo no. Se pasaba a la glorieta a cantar y después se pasaba el platito. De ahí Carcavallo los contrató a los dos para El Nacional.
—¿Se acuerda de alguna "bronca" memorable en uno de esos cabarets?
(Tratando de acordarse.) Me acuerdo. (Animado.) Recuerdo cuando le pegaron el tiro a Carlitos (Gardel.) Yo no estaba presente, pero estaba Morganti y Alippi; creo que al salir del Palais de Glace en unas volantas, no sé qué discusión habrá habido y Carlitos les gritó "tirá, tirá", y de la otra volanta le tiraron; parece que no era para él, sino para Alippi. Habría habido un lío de mujeres, porque los actores eran muy populares y alguna mujer habrá querido bailar con Alippi. (Terminando.) Creo que el asunto fue más o menos así.
—¿Cómo lo conoció a Gardel?
—Lo conocí ahí, en El Nacional, cuando yo era comparsa; yo le colocaba las sillas para que actuara el dúo (Gardel-Razzano) y al salir (se pone de pie reproduciendo la situación), después de haber dejado las sillas, estaba Carlitos preparado para entrar a escena y me dice: "Pibe, sos un fenómeno poniendo sillas." (Se sienta.) Después, a la vuelta de tantos años, nos tocó en el treinta y tres trabajar juntos; fue cuando él debutó con "De Gabino a Gardel" y yo ya era primera figura en El Nacional. Un día, en el intervalo de la vermú pa la noche, tomando mate con mi esposa, salió el asunto para filmar: "Delia, le dice Carlitos, nos vamos a ir a filmar para Nueva York"; y ahí fue el asunto.
—¿Y qué le pareció Nueva York?
—Ah, muy bien: maravilloso. Imagínese en el año treinta y cinco era una cosa. Bueno; pero, ya estando al lado de Carlos todo era maravilloso. Yo tenía que haber hecho la última gira con él; iba ir haciendo la primera parte con mi esposa, pa que entrara Carlitos en la segunda parte a cantar: era mucho que él hiciera todo. (Pausa.) Pero resulta que mi señora no se animó a ir, y aquí me tiene, mi amigo, aquí me tiene salvao.
—¿Estaba en Buenos Aires cuando murió?
—Estaba en Córdoba de gira —eran otras épocas, había que salir a "buscar"; el canillita en la puerta del teatro, después de la función vermú, decía "la muerte de Carlos Gardel" y yo no le llevé el apunte, imagínese; pensé que sería una propaganda de esas. Parábamos en el City Hotel, al lado del teatro Comedia, de Córdoba, y estábamos cenando, pero no cenábamos: lo que había dicho ese canillita. (Pausa.) Digo, "voy a averiguar esto", y le pregunto al corresponsal de La Prensa. (Pausa.) Entonces ahí, a las nueve de la noche (su voz apenas se quiebra) me dio la noticia de que se había muerto Carlitos. (Recomponiéndose.) Así en Córdoba me agarró la muerte de Carlos; recién empecé yo a lagrimear cuando estaba de vuelta, en el tren, leyendo los diarios, dos días después. Ahí me agarró.
—¿Qué cosa de Gardel recuerda en este momento?
(Después de una respetuosa pausa.) —Le voy a contar cómo terminó la última filmación; la fiesta se hizo cuando terminaron la última toma, que fue la jota de "Tango Bar". Ahí se acostumbra a romper los libretos y se brinda con champagne. Carlitos invitó a todo el equipo y esa noche me cantó como seis tangos; me cantó "Mano a mano" y me terminó con "Buenos Aires". "Y ahora bailá, Tito", me dijo cuando dejó de cantar, y bailé con la chica con la que bailo en Tango Bar. Los americanos me hicieron bailar como seis veces. Y después, cuando me acompañaron a bordo para despedirme —vino Carlitos, Lepera, un gran poeta, un gran escritor—, no pudieron aguantar y media hora antes se fueron. (Su voz vuelve a quebrarse casi imperceptiblemente); me besó Carlos, me besó Lepera.
—¿Me han dicho que usted, cada vez que pasa frente a una iglesia, se persigna?
—Es cierto. (Saca de su bolsillo diversas medallitas y anillos). Esta es de la virgencita de Luján y del Valle; ésta es de una señora en Salta, la virgen de los Milagros. (Guardándola.) Son recuerdos de giras.
—¿Es muy católico usted, muy religioso?
—Muy religioso.
—¿Va mucho a misa?
—No mucho, pero en Córdoba sí, porque he hecho una promesa cuando yo me he enfermado mucho. Tuve una embolia purulenta.
—¿De qué, del cigarrillo?
—No, de una pleuresía; no la cuidé bien. Me agarré un enfriamiento. Fue Finochietto el que me salvó, Ricardo. Entonces hice una promesa y, desde entonces, cuando estoy allá en la sierra (todos los años pasa dos meses de vacaciones en Córdoba), cuando no hay nadie, no fallo un día; un día no fallo. (Como diciendo "ahí tiene"). Y aquí no: entro en una iglesia, cuando paso.
—¿Tiene miedo a morirse?
—Absolutamente.
—¿Así que usted cree en el Paraíso, en el Purgatorio ...?
—Sí, señor. Siempre hay que tener fe; el hombre sin fe ..., me parece a mí...
—¿Usted anduvo en política alguna vez?
—Absolutamente.
—¿Tuvo alguna preferencia por alguien, algún político que le gustara?
—Sí, señor: don Hipólito Yrigoyen. (Ha dicho esto casi con orgullo; luego piensa)... Alvear...
—¿... Y Perón le gustaba?
—No. La primera presidencia de él fue muy buena, muy buena. Si ese hombre ... Hubiera quedado en la historia, hubiera quedado ese hombre, pero después ... Pero como yo no vivo de eso, mi "rebusque" es otro, siempre está en otra parte, porque me debo todo al público, me entiende: lo mejor es no embanderarse con nada. Yo antes votaba por los socialistas; por Alfredo Palacios, ese gran hombre.
—¿Para esa época ser socialista era ser medio subversivo?
—Sí, tenía ideas raras; éramos jóvenes. Después, muchos años después, me gustó mucho un hombre que no conocía: Horacio Thedy, un hombre muy elegante.
—Usted lo votó a Yrigoyen (asiente), a pesar de que era socialista, porque los socialistas no votaron por Yrigoyen ...
—Sí, claro. Porque ya eso no era el socialismo del principio; como ahora. ¿Qué es el socialismo?
—Me resulta raro, tan católico y socialista.
—Como me habían inculcado tanto, me llevaba tanto mi madre de chico a la iglesia de San Ignacio, aquí en Bolívar y Alsina. (Pausa.) Hoy pasé, después de tantos años, y entré. Solito, y no había nadie.
—¿Pide algo?
—Salud. Para mí y para los míos, nada más. Por lo demás si he arañado tanto, cómo no voy a arañar: salud, salud. Porque mire, que no le pase nunca; cuando una persona está enferma, está en un sanatorio, es ahí donde dice "para qué habré hecho tantas macanas".
—¿Usted hizo muchas macanas en su vida?
(Mientras hace un corte, sin levantarse de la silla.) —La macana que hice fue meterme en el tiatro. (Y se ríe abiertamente, pero hacia adentro.)
—Me refiero a las otras macanas. ¿Tiene algo de qué arrepentirse?
—Absolutamente.
—¿Algo que le hubiese gustado ser y no fue?
—Lo que soy. Me ha dado muchas satisfacciones mi trabajo y si volviera a nacer elegiría el tiatro otra vez. Porque lo que he sido antes, un hombre calavera... (Se diluye.)
—¿Muy calavera?
—He sido, sí, algo. Y al casarme... He mantenido un hogar treinta y pico de años.
—Y dejó de ser calavera.
—Absolutamente.
—¿Y no extraña?
—Absolutamente. Yo nunca necesité ningún amigo para divertirme; con mi señora me bastaba. Porque hay gente que necesita amigos para divertirse; yo no. Con mi esposa íbamos a las boítes, a todas partes juntos. Ella era actriz y después del tiatro, del Apolo, nos íbamos al guindado de Federico Lacroze; así cayera piedra no faltábamos una noche.
—¿Tuvo alguna vez miedo de morirse?
—No, no. Ni siquiera cuando estuve tan enfermo: eso me salvó; me salvó mi espíritu. Nunca; nunca, nunca. Nunca. (Haciendo una seña con sus dedos.) Ni por esto. Y eso que tuve dos operaciones bravas de las costillas: no quería salir el pus y tuvieron que abrirme, sentado así, con anestesia local. Pero en manos de esa eminencia. (Se refiere al doctor Finochietto.)
—¿Al dolor físico le tiene miedo?
—Sí, al dolor físico le tengo miedo. (Confesando.) Tengo miedo que me fallen un poquito las piernas. (Pausa.) Que no pueda seguir bailando.
—Como para que no se ponga triste: dígame, ¿cuál fue el mejor día de su vida?
—El día que me casé con mi mujer. (Pausa breve.) Me casé con mi esposa, Adela Delia Codebó, primera actriz, cuando ella era dama joven de Casaux. Ella entró en El Nacional por el año treinta, y ahí me casé. (Otra pausa.) Estaba metida Tita Merello. . .
—¿Asi que Tita Merello le hizo de Celestina?
(Con picardía.) —Más o menos. Ocurrió una cosa muy simpática: estábamos fijando fecha en la Pasteur —dicho sea de paso, me casé con cincuenta pesos en el bolsillo— y el pibe Ernesto, cuando se entera de lo que estamos conversando, le dice a mi mujer (remedando): "Cuidado, Delia, cuidado." (Actualmente es padre de una hija, Mabel, y abuelo de dos nietos —doce y once años—: Juan José y Gonzalo. Con ellos pasa sus veraneos en Córdoba, en su chalet. También tiene un auto.) Es como yo, viejo, del cuarenta y seis. Un Chevrolet.
—¿Entonces sería hincha de Fangio, por supuesto?
(Levantando la voz como para saludar de lejos.) —Síiii, como no. Y de aquel corredor Pascuali; también de Riganti, muy amigo.
—¿Y a usted nunca le dio por correr con el auto?
—Nunca. Si yo voy a sesenta. Para mí el veraneo empieza en la calle Corrientes; ahí empieza el veraneo: para qué voy a correr. Si no llego a Córdoba, llego a Rosario.
—¿Es hincha de Boca?
—Boca salió del barrio mío, de Tucumán y Cerrito; ahí estaban todos los jugadores, en el año catorce, quince: Pierallini, Capellini, todos con "ini" eran.
—¿Y sigue siendo hincha de Boca?
—Simpatizo.
—¿Y el boxeo, le gusta?
—Y sí: he sido muy amigo de Firpo. Lo hemos pasado ahí, en La Real, años juntos. En La Real nos juntábamos con Cadícamo, Charlo: una peña muy grande. A mediodía estaba Benavente, Bayón Herrera. Pero todo eso ha pasado; ha pasado: es otra generación.
—¿Qué opinión tiene usted de esta generación?
—Muy bien (como diciendo "epa" o "attenti", o mejor mezclando interjección e italianismo); ¡eh, eh!, de empuje es, no se duerme nada: va a pasos agigantados, de veras.
—¿No le gustaría vivir como esta generación?
—Ya le he dicho, no cambio mi vida: he tenido muchas satisfacciones. Si parece mentira, en el Maipo mismo, donde va tanta gente tanguera: ovaciones cuando termino de bailar. (Tomando distancia.) Ahora digo yo: ¿no será cosa que me aplauden porque ven la edad mía? Ahora en la gira, en Tucumán, antes de "bisar", en esa pausa para hacer el bis, un chango desde arriba me dijo: "Ah Tito, sos como el arroio, no te secas nunca". (Se ríe, luego se pone serio y reflexiona.) No sé si el público está identificado conmigo, no sé. (Como pidiendo una gauchada.) Tiene que pintarme como usted me conoció en este momento. Eso es lo lindo, no exagerar.
Francisco Urondo
Revista Panorama
mayo de 1968
Toda la información de nuestra música nacional y popular el tango y el folclore
lunes, 14 de mayo de 2018
martes, 17 de abril de 2018
Homenaje a Tita Merello y Guillermo Battaglia en Bahía Blanca.
El jueves 19 de abril a las 17hs en “Historia y tango en el cine” del Ciclo cultural Bahía Blanca NO Olvida, se proyectará "Filomena Marturano"en el Centro Cultural de la Cooperativa Obrera (Zelarrayán 560) de Bahía Blanca.Bajo producción de José Valle quien, como de costumbre, presentará la película y a los homenajeados de turno; en este caso Tita Merello y Guillermo Battaglia.
Filomena Marturano es una película argentina en blanco y negro dirigida por Luis Mottura según el guion escrito por Ariel Cortazzo y María Luz Regás basado en la obra teatral homónima de Eduardo De Filippo que se estrenó el 20 de enero de 1950 y que tuvo como actores principales a Tita Merello, Guillermo Battaglia, Gloria Ferrandiz, Alberto de Mendoza y Tito Alonso.
Tita Merello (11 de octubre de 1904, Buenos Aires, Argentina - 24 de diciembre de 2002, Argentina), fue una reconocida actriz y cantante de tango . Considerada por muchos especialistas, la mejor actriz dramática del país, trabajó en Argentina y durante un largo exilio, en México, donde filmó Cinco rostros de mujer, por la cual recibió el premio Ariel. Participó de la época de oro, consagrándose en películas de los años 40 y 50 como Mercado de abasto, Deshonra, La morocha o Filomena Marturano. Con 33 títulos en su haber, ha recibido una gran cantidad de premios. Una de las más grandes estrellas del cine argentino, incursionó en todos los medios: televisión, radio, cine y teatro, donde se destacó. Fue declarada "Ciudadana Ilustre de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires" a pricipios de los 90.
Guillermo Battaglia fue un actor y director de cine y de teatro y actor de radio y televisión que nació en Buenos Aires el 7 de diciembre de 1899 y falleció en la misma ciudad por un paro cardíaco el 26 de septiembre de 1988. Al morir estaba casado con la actriz Nora Cullen. En cine protagonizó más de 100 películas. Su versatilidad le permitió encarnar a los más diversos personajes, desde el actor supuestamente ruso Boris Andreieff en la policial La muerte camina en la lluvia o el abuelo en Miss Mary hasta los realizados en comedias como El hombre invisible ataca o Patapúfete. Durante muchos años, además, transmitió su experiencia como docente de actuación.
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Floreal Ruiz
Poseedor de notables cualidades vocales y de gran temperamento, creador de un fraseo inconfundible, sus interpretaciones se caracterizaron por el hondo dramatismo que supo imprimirles. Considerado uno de los mejores cantores de tango, dejó grabadas versiones ejemplares.
Su nacimiento estuvo tutelado por las flores: fue en el barrio porteño de ese nombre y el padre, fervoroso anarquista, quiso que el niño se llamara como el octavo mes, el florido, del calendario revolucionario francés.
Cuentan los biógrafos que el joven Floreal aprendió de don José, que así se llamaba el padre, el oficio de tapicero, y a la vez colaboraba con la frugal economía familiar repartiendo pan y leche.
En cuanto a su faceta artística, despuntó cantando serenatas en el barrio junto con su amigo Piero Fontana, quien años después sería conocido como Hugo del Carril.
Pero el padre se oponía a que iniciara una carrera profesional porque no creía que cantar, y mucho menos tangos, fuera un modo digno de ganarse la vida. Así, Floreal se presentaba a los concursos, frecuentes en la época, usando seudónimos como el de Fabián Conde. (Curiosamente, se trata del nombre del protagonista de El escándalo, una novela de propósito moralizante de Pedro Antonio de Alarcón).
Fue así como, según los biógrafos, en 1936 ganó un concurso radial, lo que le valió ser convocado por José Otero, con cuyo conjunto debutó, ya con su verdadero nombre.
Pocos años después lo encontramos en la orquesta de Alfredo De Angelis, con la que graba ocho tangos, entre ellos Bajo el cono azul, Cómo se muere de amor y su primera versión de Marionetas. Pronto se hicieron conocidos su clara y recia voz de barítono, su temperamento dramático, su fraseo inconfundible; poseía además, como muy pocos elegidos (Gardel el primero), la rara cualidad de crear en el oyente la ilusión de que para él solo estaba cantando.
En 1943, a instancias de Alberto Marino, ingresa a la orquesta de Aníbal Troilo. Bajo la dirección del gran maestro, la voz de Floreal se hace más tersa y adquiere mayor musicalidad; Pichuco le encauza a la vez el instinto dramático, volviéndolo más intenso cuanto más contenido.
Asimismo, Troilo le hace abordar un repertorio exquisito: baste citar, entre otros, los valses Romance de barrio y Flor de lino y los tangos La noche que te fuiste, Yuyo verde y Equipaje; todas esas piezas quedaron unidas para siempre al nombre de Floreal, quien como nadie supo dar vida a sus dolientes protagonistas. Hay que recordar también la magnífica versión, a dúo con Marino, del vals Palomita blanca, que solo admite comparación con la de Gardel.
Es conocida la anécdota de la desvinculación de la orquesta de Troilo para pasar a la de Francisco Rotundo, quien, según cuentan, estaba en condiciones de pagar a sus músicos y cantores mucho más que los otros directores, y le ofreció a Floreal ganar en un mes lo que Troilo le pagaba en un año. Cuentan que el cantor lo conversó con Pichuco, quien, al principio dolido, terminó por comprender y a su vez le preguntó, irónicamente, si Rotundo no andaba buscando también un bandoneonista.
Vale la pena consignar que la orquesta de Rotundo no estaba a la altura de las mejores de la época, y su director no era precisamente un músico brillante. Estaba casado con Juana Larrauri, cancionista no tan conocida por sus dotes vocales como por las políticas: conspicua dirigente peronista, había llegado a ocupar una banca en el Senado.
Durante su permanencia en esa orquesta, el talento de Floreal logra versiones como la de Melenita de oro, insoslayable, o la de Un infierno, tango del propio Rotundo y Reinaldo Yiso, del que el cantor hace una creación, a pesar de la melodía de escaso vuelo y de los versos mediocres.
Por esas cosas de los ciclos políticos en la Argentina, derrocado Perón en 1955, Rotundo disuelve la orquesta, y al año siguiente Floreal pasa a la de José Basso, a quien conocía por haber sido pianista de Troilo.
Floreal está en sus cuarenta años, en la plenitud de sus recursos vocales e interpretativos; muchos coinciden en que con Basso desarrolla la mejor etapa de su carrera. Con el digno y adecuado complemento orquestal que aquel le brinda (dicho sea de paso, Basso merece una revalorización que los especialistas aún le deben), graba unas cuarenta piezas, en su mayoría románticas, de entre las que cabe mencionar, por no citar más que algunas, las siguientes, en las que la ductilidad del cantor expresa una amplísima gama de sentimientos y emociones: la íntima felicidad del reencuentro (Por la vuelta); el lamento por la fugacidad del placer (Después del carnaval); el tierno reclamo amoroso (Un placer, a dúo con Alfredo Belusi, versión antológica); la comprobación de la crueldad del tiempo que pasa (Como dos extraños); la resignación ante el abandono (La reja); el orgullo que se yergue ante la esperanza de amor (Vieja amiga); la compasión y el acompañamiento en la caída (Mundana, tango con música de Basso y Floreal); y, por qué no, las risas del amor triunfante (La fulana).
Por razones conocidas, que no vamos a reiterar aquí, en la década del 60 el tango ya está en baja: las grandes orquestas se disuelven, los músicos se agrupan en pequeños conjuntos, los cantores se desenvuelven como solistas.
Así debió hacerlo también Floreal, alternando las presentaciones en distintos locales con las apariciones por televisión. Junto con otros cantores realiza también giras por distintos países de América latina; dicen que en una de ellas comenzaron a apodarlo El Tata.
Si bien aún era joven, la voz comenzó a opacársele y a perder sonoridad; pero su expresividad buscó constantemente renovar recursos, y sus interpretaciones comenzaron a enriquecerse con facetas inesperadas y novedosas.
Así lo demuestran las grabaciones de esta última etapa, como la muy matizada versión que, acompañado por la orquesta de Osvaldo Requena, realiza de Destellos, o las de su último disco, que contaron con el acompañamiento de la Orquesta Típica Porteña, dirigida por Raúl Garello.
Contiene este trabajo, elaborado en 1977, versiones ejemplares como la de Buenos Aires conoce, entrañable declaración de amor a la ciudad; la de Triste comedia, en la que el cantor describe vívidamente la pugna entre los sentimientos encontrados que abruman al protagonista; y la de Divina. Calificada por muchos como clase magistral de canto, esta interpretación muestra a un Floreal con sus recursos vocales evidentemente disminuidos que consigue, a fuerza de inteligencia y sensibilidad, expresar cabalmente el sentido de este bello tango; nadie antes había logrado plasmar con esa sutileza la mirada indulgente y comprensiva con que un hombre maduro contempla las primeras penas de amor de una joven.
Nunca dejó de cantar. Solo pudo acallarlo la muerte, el 17 de abril de 1978.
Su nacimiento estuvo tutelado por las flores: fue en el barrio porteño de ese nombre y el padre, fervoroso anarquista, quiso que el niño se llamara como el octavo mes, el florido, del calendario revolucionario francés.
Cuentan los biógrafos que el joven Floreal aprendió de don José, que así se llamaba el padre, el oficio de tapicero, y a la vez colaboraba con la frugal economía familiar repartiendo pan y leche.
En cuanto a su faceta artística, despuntó cantando serenatas en el barrio junto con su amigo Piero Fontana, quien años después sería conocido como Hugo del Carril.
Pero el padre se oponía a que iniciara una carrera profesional porque no creía que cantar, y mucho menos tangos, fuera un modo digno de ganarse la vida. Así, Floreal se presentaba a los concursos, frecuentes en la época, usando seudónimos como el de Fabián Conde. (Curiosamente, se trata del nombre del protagonista de El escándalo, una novela de propósito moralizante de Pedro Antonio de Alarcón).
Fue así como, según los biógrafos, en 1936 ganó un concurso radial, lo que le valió ser convocado por José Otero, con cuyo conjunto debutó, ya con su verdadero nombre.
Pocos años después lo encontramos en la orquesta de Alfredo De Angelis, con la que graba ocho tangos, entre ellos Bajo el cono azul, Cómo se muere de amor y su primera versión de Marionetas. Pronto se hicieron conocidos su clara y recia voz de barítono, su temperamento dramático, su fraseo inconfundible; poseía además, como muy pocos elegidos (Gardel el primero), la rara cualidad de crear en el oyente la ilusión de que para él solo estaba cantando.
En 1943, a instancias de Alberto Marino, ingresa a la orquesta de Aníbal Troilo. Bajo la dirección del gran maestro, la voz de Floreal se hace más tersa y adquiere mayor musicalidad; Pichuco le encauza a la vez el instinto dramático, volviéndolo más intenso cuanto más contenido.
Asimismo, Troilo le hace abordar un repertorio exquisito: baste citar, entre otros, los valses Romance de barrio y Flor de lino y los tangos La noche que te fuiste, Yuyo verde y Equipaje; todas esas piezas quedaron unidas para siempre al nombre de Floreal, quien como nadie supo dar vida a sus dolientes protagonistas. Hay que recordar también la magnífica versión, a dúo con Marino, del vals Palomita blanca, que solo admite comparación con la de Gardel.
Es conocida la anécdota de la desvinculación de la orquesta de Troilo para pasar a la de Francisco Rotundo, quien, según cuentan, estaba en condiciones de pagar a sus músicos y cantores mucho más que los otros directores, y le ofreció a Floreal ganar en un mes lo que Troilo le pagaba en un año. Cuentan que el cantor lo conversó con Pichuco, quien, al principio dolido, terminó por comprender y a su vez le preguntó, irónicamente, si Rotundo no andaba buscando también un bandoneonista.
Vale la pena consignar que la orquesta de Rotundo no estaba a la altura de las mejores de la época, y su director no era precisamente un músico brillante. Estaba casado con Juana Larrauri, cancionista no tan conocida por sus dotes vocales como por las políticas: conspicua dirigente peronista, había llegado a ocupar una banca en el Senado.
Durante su permanencia en esa orquesta, el talento de Floreal logra versiones como la de Melenita de oro, insoslayable, o la de Un infierno, tango del propio Rotundo y Reinaldo Yiso, del que el cantor hace una creación, a pesar de la melodía de escaso vuelo y de los versos mediocres.
Por esas cosas de los ciclos políticos en la Argentina, derrocado Perón en 1955, Rotundo disuelve la orquesta, y al año siguiente Floreal pasa a la de José Basso, a quien conocía por haber sido pianista de Troilo.
Floreal está en sus cuarenta años, en la plenitud de sus recursos vocales e interpretativos; muchos coinciden en que con Basso desarrolla la mejor etapa de su carrera. Con el digno y adecuado complemento orquestal que aquel le brinda (dicho sea de paso, Basso merece una revalorización que los especialistas aún le deben), graba unas cuarenta piezas, en su mayoría románticas, de entre las que cabe mencionar, por no citar más que algunas, las siguientes, en las que la ductilidad del cantor expresa una amplísima gama de sentimientos y emociones: la íntima felicidad del reencuentro (Por la vuelta); el lamento por la fugacidad del placer (Después del carnaval); el tierno reclamo amoroso (Un placer, a dúo con Alfredo Belusi, versión antológica); la comprobación de la crueldad del tiempo que pasa (Como dos extraños); la resignación ante el abandono (La reja); el orgullo que se yergue ante la esperanza de amor (Vieja amiga); la compasión y el acompañamiento en la caída (Mundana, tango con música de Basso y Floreal); y, por qué no, las risas del amor triunfante (La fulana).
Por razones conocidas, que no vamos a reiterar aquí, en la década del 60 el tango ya está en baja: las grandes orquestas se disuelven, los músicos se agrupan en pequeños conjuntos, los cantores se desenvuelven como solistas.
Así debió hacerlo también Floreal, alternando las presentaciones en distintos locales con las apariciones por televisión. Junto con otros cantores realiza también giras por distintos países de América latina; dicen que en una de ellas comenzaron a apodarlo El Tata.
Si bien aún era joven, la voz comenzó a opacársele y a perder sonoridad; pero su expresividad buscó constantemente renovar recursos, y sus interpretaciones comenzaron a enriquecerse con facetas inesperadas y novedosas.
Así lo demuestran las grabaciones de esta última etapa, como la muy matizada versión que, acompañado por la orquesta de Osvaldo Requena, realiza de Destellos, o las de su último disco, que contaron con el acompañamiento de la Orquesta Típica Porteña, dirigida por Raúl Garello.
Contiene este trabajo, elaborado en 1977, versiones ejemplares como la de Buenos Aires conoce, entrañable declaración de amor a la ciudad; la de Triste comedia, en la que el cantor describe vívidamente la pugna entre los sentimientos encontrados que abruman al protagonista; y la de Divina. Calificada por muchos como clase magistral de canto, esta interpretación muestra a un Floreal con sus recursos vocales evidentemente disminuidos que consigue, a fuerza de inteligencia y sensibilidad, expresar cabalmente el sentido de este bello tango; nadie antes había logrado plasmar con esa sutileza la mirada indulgente y comprensiva con que un hombre maduro contempla las primeras penas de amor de una joven.
Nunca dejó de cantar. Solo pudo acallarlo la muerte, el 17 de abril de 1978.
martes, 3 de abril de 2018
Karen Arránz y Gaby hacen "POR LA VUELTA" para los 190 años de Bahía Blanca
Dos representativas voces de la canción nacional vuelven a darse cita en el Teatro Municipal en el mes aniversario de la ciudad de Bahía Blanca.
Y no es en vano, esta ciudad las vio crecer musicalmente y acompañó la trayectoria de ambas desde diferentes géneros nacionales: Karen Arránz abrazando la guitarra y el canto surero desde sus primeros años y Gaby haciendo alarde de tanguera desde pequeña y buscando hacerse un lugar en la cuna del 2x4 desde adolescente.
Se conocieron hace décadas, cuando desde el micrófono de Radio Nacional Bahía Blanca Karen difundía desinteresadamente los primeros demos de la otra morocha. El destino las mantuvo en contacto pero a la distancia hasta que José Valle no tuvo mejor idea que reunirlas para homenajear a Bahía Blanca, que tanto les ha dado, y a la música criolla que llevan en el alma.
En abril de 2017, Karen y Gaby ofrecieron una selección de lo mejor de su repertorio en el Coliseo local y esbozaron algunas notas juntas que dieron un cierre inolvidable a una noche con sello bien argentino. Dicen que las segundas partes nunca son buenas, pero este “Por la vuelta” será una de las excepciones que confirme la regla porque la química entre estas dos talentosas cantantes trasciende el escenario. El tiempo compartido sobre y bajo las tablas las ha hermanado en una lucha común defendiendo la bandera del canto nacional y con fundamento. Vale la pena verlas porque juntas, parafraseando a Benedetti, son mucho más que dos.
La cita es el sábado 7 de abril a las 21,30 hs en el Teatro Municipal. Karen y Gaby serán secundadas por Alejandro Lavigne, Jorge Vignales y la pareja de baile de Natalia y Gustavo. El espectáculo será a beneficio del Centro Luis Braille. La entrada general numerada tendrá un valor de $250, con descuento para jubilados y por venta anticipada
Se conocieron hace décadas, cuando desde el micrófono de Radio Nacional Bahía Blanca Karen difundía desinteresadamente los primeros demos de la otra morocha. El destino las mantuvo en contacto pero a la distancia hasta que José Valle no tuvo mejor idea que reunirlas para homenajear a Bahía Blanca, que tanto les ha dado, y a la música criolla que llevan en el alma.
En abril de 2017, Karen y Gaby ofrecieron una selección de lo mejor de su repertorio en el Coliseo local y esbozaron algunas notas juntas que dieron un cierre inolvidable a una noche con sello bien argentino. Dicen que las segundas partes nunca son buenas, pero este “Por la vuelta” será una de las excepciones que confirme la regla porque la química entre estas dos talentosas cantantes trasciende el escenario. El tiempo compartido sobre y bajo las tablas las ha hermanado en una lucha común defendiendo la bandera del canto nacional y con fundamento. Vale la pena verlas porque juntas, parafraseando a Benedetti, son mucho más que dos.
La cita es el sábado 7 de abril a las 21,30 hs en el Teatro Municipal. Karen y Gaby serán secundadas por Alejandro Lavigne, Jorge Vignales y la pareja de baile de Natalia y Gustavo. El espectáculo será a beneficio del Centro Luis Braille. La entrada general numerada tendrá un valor de $250, con descuento para jubilados y por venta anticipada
jueves, 8 de marzo de 2018
Vuelve un clásico de la radio: "NOCHE DE KO"
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| José Valle Y "Cacho" Fontana |
“Noche de KO” es el único Programa radial especializado en el deporte de los puños de la ciudad de Bahía Blanca, ideado y conducido por uno de los productores más respetados del boxeo argentino que se ha desempeñado durante décadas a la promoción y representación de boxeadores, producción de veladas boxísticas, de programas radiales y edición de revistas y publicaciones del mismo deporte. Esta emisión vio la luz en los años ´90 Radio Nacional Buenos Aires y fue el primero de varios programas temáticos producidos por Valle como: “Perfume de KO” (Radio del Pueblo), “Boxingmania” (Radio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires) y "Un sábado más en Buenos Aires" (Radio El Mundo).
José Valle es autor de los libros “En el naipe del vivir. Historias de Tango, Boxeo y Turf”, “Tambaleando madrugadas” y “Leyendas de pugilandia”, tres relatos riquísimos en anécdotas boxísticas, joyas del género para los amantes del deporte.
Además produjo charlas como "Historia de dos pasiones: tango y box” con la participación de Osvaldo Príncipi, Julio Ernesto Vila y Oscar Himschoot, fue durante varios años productor de “BOX X EL 9” por Canal 9 de Buenos Aires y productor de contenidos para “Boxeo de Primera” (TyC Sports), editó numerosos artículos en publicaciones especializadas y fue Director de la revista “Noche de KO”, entre otras actividades relacionadas con este apasionante deporte.
sábado, 24 de febrero de 2018
Reportaje a Roberto Rufino, año 1973
A 37 años de su debut profesional, el veterano cantante y autor mantiene incólumes su fama y pasión tangueras. En vísperas de presentar su último longplay, evoca sus comienzos y define su personal, inconfundible estilo.Cuando aparezca el próximo long-play de Roberto Rufino (52, tres hijos) se habrá consumado una hazaña casi sin precedentes en la música popular argentina: un cantor de tangos que desde hace 37 años se mantiene en los primeros puestos del ranking de su especialidad. Claro que en la dilatada carrera de RR se produjeron altibajos, frustraciones y períodos oscuros; pero una y otra vez logró superar esas caídas, reconquistando con creces su sitial en el panorama tanguístico nacional. Tal vez el secreto de Rufino sea su decisión de desdeñar la adopción de un estilo definido y rígido, para darle a cada interpretación un sabor propio. Esa circunstancia, unida el hecho de que en su repertorio intercaló siempre los éxitos tradicionales del compás porteño con las más modernas creaciones de la especialidad, le permitió adaptarse al gusto popular con el correr de los años. De esa manera, el próximo disco permitirá a los fanáticos del 2x4 comparar las primeras grabaciones de RR en 1935 con las actuales, pudiendo establecer diferencias concretas entre el tango de antaño y el de 1973, que al decir del veterano cantor, "no ha muerto ni mucho menos".
Esa superposición de estilos —siempre en tono romántico— de que hace gala Rufino parece también haber ganado su vida cotidiana. Así, el lujoso chalet en el que vive, en la coqueta localidad bonaerense de Acassuso exhibe un curioso cartel: Disneylandia, reza. Sucede que allí funciona un centro de recreación infantil, guardería, natatorio y colonia de vacaciones, que Rufino regentea junto con su mujer. Debido a esa razón, la entrevista que el veterano cantante mantuvo la semana pasada con Siete Días tuvo un desarrollo muy peculiar: debía ser interrumpida frecuentemente ante la irrupción de bulliciosos grupos de niños. De esa manera, no extrañó que las primeras palabras de Rufino fueran referidas, precisamente, a su niñez.
—Desde muy chico me gustó el tango. En realidad toda mi vida estuve mezclado con la música de Buenos Aires. Por eso, a mi familia no le pareció raro que yo debutara como cantor profesional a los 14 años. ¡Usaba pantalones cortos! —¿Cómo fue su debut profesional?
—Empecé cantando en el café Nacional y en Radio Mitre, con el maestro Francisco de Rosel. El Nacional era un café típico del Buenos Aires de la década del 30. Estaba en la calle Corrientes casi esquina Carlos Pellegrini. Era angosto y largo como la calle. Mi primer tango como profesional fue Milonguero viejo, que en aquella época se cantaba y hoy ya no. La letra decía: "linda pebeta de mi sueño en tango llorón..." y no me acuerdo más. ¡Cuánto hace que no lo canto!
—En una carrera tan larga debe haber conocido a todos los grandes maestros del tango...
—¡Uff! Actué con todos, absolutamente todos. Hasta con el tío de Ringo Bonavena, don Antonio Bonavena, en el famoso Petit Salón, que estaba en Montevideo y Corrientes. Actué con Pichuco Troilo, Francini y Pontier, Carlos Di Sarli, qué sé yo, canté con todo el país...
—¿Lo conoció a Gardel?
—No, no tuve esa suerte aunque nací en la zona del mercado de Abasto en Agüero y Zelaya, cerca de la casa de él. Después fui amigo de Armando Delfino, su apoderado. Un día, estaba actuando en un teatro, se me acerca y me dice: "Roberto, te quiere conocer la madre de Gardel". Entonces lo acompañé y la conocí.
—¿Cuál fue su mejor época?
—Sin duda, los cinco años que pasé con el maestro Di Sarli. Calcule que él me contrató cuando yo recién empezaba y todavía usaba pantalones cortos. A veces, cuando me daba vergüenza, le robaba un traje a mi hermano, de pantalones largos, gris a rayitas. Así anduve un tiempo, hasta que el maestro Di Sarli me compró mi primer traje en Los 49 Auténticos.
—¿Y no había problemas en que actuara un chico de pantalones cortos en confiterías?
—Cuando actuaba de noche, sí. Yo, para disimular, trataba de cantar medio escondido detrás del piano. Pero una vez, en la boîte Moulin Rouge, tocaron los dos timbrazos que indicaban que había llegado la taquería. Entonces, Di Sarli me tiró un sobretodo largo, que me llegaba hasta los pies y me hizo salir por una puerta de atrás. Después de eso, no actué de noche hasta que me compraron el traje con los pantalones largos.
—Usted habla de actuaciones nocturnas. ¿Las orquestas de tango ofrecían funciones durante las horas del día en aquella época?
—¡Claro! Antes el tango era cosa seria. Empezaba en el café Nacional a las 9 de la mañana y terminaba recién a la madrugada.
—De todas las cosas que se fueron perdiendo con el correr del tiempo en la vida de la ciudad, ¿cuál es la que usted más siente?
—Sin duda, la gran cantidad de clubes y bares que han cerrado sus puertas, especialmente los de la calle Corrientes. Aquellos locales, además de un reducto del buen tango, constituían una fuente segura de trabajo para muchos compañeros.
—¿Y el público varió de una época a otra?
—Yo me acuerdo de algunas actuaciones mías, por ejemplo en la audición radial Ronda de Ases, o los bailes de Marabú, que tenían un público numeroso y entusiasmado. En aquel momento actuaban casi simultáneamente duplas sensacionales, como la de Pichuco con Florentino, D'Agostino con Angelito Vargas, D'Arienzo con Alberto Echagüe y Di Sarli conmigo. Ahora hay menos público y un poco distinto. Algo menos de fervor. Aunque, en mis últimas actuaciones en un boliche, Cheyenne, de Martínez, el público me hizo acordar un poco al de antes. Creo que hay una especie de resurgir del tango.
—Usted nombró unos cuantos valores del pasado, ¿no surgen nuevos, de recambio?
—Sí, en la última hornada están Néstor Fabián, Alberto Marino y Marina Dorell, por ejemplo.
—¿Le gustaba más el tango de antes que el de ahora?
—Mire, a mí me gusta llegar al público. A veces, el público quiere el tango de antes, pero hay muchos temas nuevos que también llegan a la gente. Yo también voy a cantar esos nuevos temas. Tampoco hago distingos entre mi profesión de cantor y la de autor de temas. En los dos aspectos y a lo largo de mi carrera, lo que siempre me interesó fue estar en contacto con el público. Y fíjese que eso lo logré antes de ser profesional y cuando era un adolescente. En 37 años de actividad creo que logré bastantes cosas.
—¿Cómo fue su carrera de autor?
—Empecé a escribir temas después de unos 10 años de actuación como cantor, y esa actividad terminó siendo una de mis labores más trascendentes. Tuve muchos grandes éxitos y no me acuerdo ni del número de ellos ni de la mayoría de sus nombres. Le podría citar, por ejemplo, El clavelito, Déjame vivir mi vida, Manos adoradas, Soñemos, Calla, En el lago azul, Cómo nos cambia la vida, Romance del pueblo, El bazar de los juguetes, qué sé yo, un montón. Hasta hice varios boleros. Uno de ellos, La Luna y el Sol, de 1950, tuvo 199 grabaciones en todo el mundo. Fue un gran éxito internacional. En realidad, tengo que agradecer a todas las orquestas y a todos los cantores que constantemente me piden temas para interpretar.
—¿Está conforme con su trayectoria?
—Yo no estoy nunca conforme con lo que hago. Siempre trato de mejorarlo. De no haber sido por esa actitud de permanente crítica, posiblemente mi carrera no habría durado ni la décima parte de lo que duró.
—¿Cuáles fueron sus mejores éxitos a lo largo de su carrera?
—Curiosamente, los tangos que a mí más me gustaron y que más fueron pedidos por el público, por una serie de imponderables nunca los grabé. Ellos son Cambalache, Alma de bandoneón y Buenos Aires. También me gustó mucho A la luz de un candil, pero ése lo grabé varias veces.
—¿Cuál es su verdadero estilo?
—iMás bien romántico. Creo que debo ser el último romántico del tango.
—¿Y en la vida privada también así romántico?
—¡Mucho más!
Fuente:Revista Siete Días Ilustrados15.10.1973
Esa superposición de estilos —siempre en tono romántico— de que hace gala Rufino parece también haber ganado su vida cotidiana. Así, el lujoso chalet en el que vive, en la coqueta localidad bonaerense de Acassuso exhibe un curioso cartel: Disneylandia, reza. Sucede que allí funciona un centro de recreación infantil, guardería, natatorio y colonia de vacaciones, que Rufino regentea junto con su mujer. Debido a esa razón, la entrevista que el veterano cantante mantuvo la semana pasada con Siete Días tuvo un desarrollo muy peculiar: debía ser interrumpida frecuentemente ante la irrupción de bulliciosos grupos de niños. De esa manera, no extrañó que las primeras palabras de Rufino fueran referidas, precisamente, a su niñez.
—Desde muy chico me gustó el tango. En realidad toda mi vida estuve mezclado con la música de Buenos Aires. Por eso, a mi familia no le pareció raro que yo debutara como cantor profesional a los 14 años. ¡Usaba pantalones cortos! —¿Cómo fue su debut profesional?
—Empecé cantando en el café Nacional y en Radio Mitre, con el maestro Francisco de Rosel. El Nacional era un café típico del Buenos Aires de la década del 30. Estaba en la calle Corrientes casi esquina Carlos Pellegrini. Era angosto y largo como la calle. Mi primer tango como profesional fue Milonguero viejo, que en aquella época se cantaba y hoy ya no. La letra decía: "linda pebeta de mi sueño en tango llorón..." y no me acuerdo más. ¡Cuánto hace que no lo canto!
—En una carrera tan larga debe haber conocido a todos los grandes maestros del tango...
—¡Uff! Actué con todos, absolutamente todos. Hasta con el tío de Ringo Bonavena, don Antonio Bonavena, en el famoso Petit Salón, que estaba en Montevideo y Corrientes. Actué con Pichuco Troilo, Francini y Pontier, Carlos Di Sarli, qué sé yo, canté con todo el país...
—¿Lo conoció a Gardel?
—No, no tuve esa suerte aunque nací en la zona del mercado de Abasto en Agüero y Zelaya, cerca de la casa de él. Después fui amigo de Armando Delfino, su apoderado. Un día, estaba actuando en un teatro, se me acerca y me dice: "Roberto, te quiere conocer la madre de Gardel". Entonces lo acompañé y la conocí.
—¿Cuál fue su mejor época?
—Sin duda, los cinco años que pasé con el maestro Di Sarli. Calcule que él me contrató cuando yo recién empezaba y todavía usaba pantalones cortos. A veces, cuando me daba vergüenza, le robaba un traje a mi hermano, de pantalones largos, gris a rayitas. Así anduve un tiempo, hasta que el maestro Di Sarli me compró mi primer traje en Los 49 Auténticos.
—¿Y no había problemas en que actuara un chico de pantalones cortos en confiterías?
—Cuando actuaba de noche, sí. Yo, para disimular, trataba de cantar medio escondido detrás del piano. Pero una vez, en la boîte Moulin Rouge, tocaron los dos timbrazos que indicaban que había llegado la taquería. Entonces, Di Sarli me tiró un sobretodo largo, que me llegaba hasta los pies y me hizo salir por una puerta de atrás. Después de eso, no actué de noche hasta que me compraron el traje con los pantalones largos.
—Usted habla de actuaciones nocturnas. ¿Las orquestas de tango ofrecían funciones durante las horas del día en aquella época?
—¡Claro! Antes el tango era cosa seria. Empezaba en el café Nacional a las 9 de la mañana y terminaba recién a la madrugada.
—De todas las cosas que se fueron perdiendo con el correr del tiempo en la vida de la ciudad, ¿cuál es la que usted más siente?
—Sin duda, la gran cantidad de clubes y bares que han cerrado sus puertas, especialmente los de la calle Corrientes. Aquellos locales, además de un reducto del buen tango, constituían una fuente segura de trabajo para muchos compañeros.
—¿Y el público varió de una época a otra?
—Yo me acuerdo de algunas actuaciones mías, por ejemplo en la audición radial Ronda de Ases, o los bailes de Marabú, que tenían un público numeroso y entusiasmado. En aquel momento actuaban casi simultáneamente duplas sensacionales, como la de Pichuco con Florentino, D'Agostino con Angelito Vargas, D'Arienzo con Alberto Echagüe y Di Sarli conmigo. Ahora hay menos público y un poco distinto. Algo menos de fervor. Aunque, en mis últimas actuaciones en un boliche, Cheyenne, de Martínez, el público me hizo acordar un poco al de antes. Creo que hay una especie de resurgir del tango.
—Usted nombró unos cuantos valores del pasado, ¿no surgen nuevos, de recambio?
—Sí, en la última hornada están Néstor Fabián, Alberto Marino y Marina Dorell, por ejemplo.
—¿Le gustaba más el tango de antes que el de ahora?
—Mire, a mí me gusta llegar al público. A veces, el público quiere el tango de antes, pero hay muchos temas nuevos que también llegan a la gente. Yo también voy a cantar esos nuevos temas. Tampoco hago distingos entre mi profesión de cantor y la de autor de temas. En los dos aspectos y a lo largo de mi carrera, lo que siempre me interesó fue estar en contacto con el público. Y fíjese que eso lo logré antes de ser profesional y cuando era un adolescente. En 37 años de actividad creo que logré bastantes cosas.
—¿Cómo fue su carrera de autor?
—Empecé a escribir temas después de unos 10 años de actuación como cantor, y esa actividad terminó siendo una de mis labores más trascendentes. Tuve muchos grandes éxitos y no me acuerdo ni del número de ellos ni de la mayoría de sus nombres. Le podría citar, por ejemplo, El clavelito, Déjame vivir mi vida, Manos adoradas, Soñemos, Calla, En el lago azul, Cómo nos cambia la vida, Romance del pueblo, El bazar de los juguetes, qué sé yo, un montón. Hasta hice varios boleros. Uno de ellos, La Luna y el Sol, de 1950, tuvo 199 grabaciones en todo el mundo. Fue un gran éxito internacional. En realidad, tengo que agradecer a todas las orquestas y a todos los cantores que constantemente me piden temas para interpretar.
—¿Está conforme con su trayectoria?
—Yo no estoy nunca conforme con lo que hago. Siempre trato de mejorarlo. De no haber sido por esa actitud de permanente crítica, posiblemente mi carrera no habría durado ni la décima parte de lo que duró.
—¿Cuáles fueron sus mejores éxitos a lo largo de su carrera?
—Curiosamente, los tangos que a mí más me gustaron y que más fueron pedidos por el público, por una serie de imponderables nunca los grabé. Ellos son Cambalache, Alma de bandoneón y Buenos Aires. También me gustó mucho A la luz de un candil, pero ése lo grabé varias veces.
—¿Cuál es su verdadero estilo?
—iMás bien romántico. Creo que debo ser el último romántico del tango.
—¿Y en la vida privada también así romántico?
—¡Mucho más!
Fuente:Revista Siete Días Ilustrados15.10.1973
jueves, 8 de febrero de 2018
Osvaldo Berlingieri
Nació el 20 de febrero de 1928. Pianista, director y compositor. Comenzó como pianista de la orquesta de Héctor Maure. Continuó en las de Domingo Federico, Edgardo Donato y Roberto Caló. Acompañó a Raúl Iriarte en su gira por Centroamérica. Luego se incorporó a la orquesta de Aníbal Troilo (1957). En forma paralela integró el trío Los modernos y el cuarteto Los notables del Tango (1959). En 1967 el trío formado dos años antes junto a Ernesto Baffa (PK) (bandoneón) y Fernando Cabarcos (contrabajo) se convierte en la Orquesta Baffa-Berlingieri (PK), acompañante de Roberto Goyeneche (PK) a fines de esa década. También fue colaborador de Héctor Stamponi (PK) en las grabaciones de Edmundo Rivero (PK), compartió un trío con Leopoldo Federico (PK) y, en 1989, editó con su propia orquesta el álbum Identificación. Sus obras son tocadas por orquestas de distintos lugares del mundo. Entre sus composiciones se destacan los instrumentales: Siempre otoño, A mis viejos, Contacto en Buenos Aires y Tiempo imaginario
Osvaldo Berlingieri fue un músico reconocido por sus cualidades artísticas que junto a un sector de admiradores y seguidores de un estilo y virtuosismo que lo ubican en la escuela pianística inaugurada por Osmar Maderna y continuada por Horacio Salgán. Tiene también otro sector que opinan que no tiene el yeite tanguero y de utilizar formas jazzísticas que desnaturalizan al género.
Falleció el 8 febrero 2015
Osvaldo Berlingieri fue un músico reconocido por sus cualidades artísticas que junto a un sector de admiradores y seguidores de un estilo y virtuosismo que lo ubican en la escuela pianística inaugurada por Osmar Maderna y continuada por Horacio Salgán. Tiene también otro sector que opinan que no tiene el yeite tanguero y de utilizar formas jazzísticas que desnaturalizan al género.
Falleció el 8 febrero 2015
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